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Tribuna:GATOMAQUIAS

Canta y no llores

Los ecos de una voz doliente y rota rebotaban en las galerías del metro cabalgando sobre esquemáticos acordes de una guitarra metálica y desafinada. Al fondo del túnel, solicitando el óbolo de los apresura dos viajeros, un cantautor desgreñado, de barba hirsuta y expresión famélica, voceaba su estribillo reivindicativo parafraseando el Andaluces de Jaén de Miguel Hernández y Paco Ibáñez: "Madrid, levántate brava / sobre tus grandes solares; / no vayas a ser esclava / de las fuerzas Populares".Según me iba acercando, la figura del cantor se me hacía cada vez más familiar. Al pasar a mi lado, una señora que venía en dirección contraria corroboró mis impresiones diciéndole a su amiga: "Fíjate bien, te digo que es Barranco, el pobre; lo mal que lo tiene que estar pasando ese muchacho". No llegué a tropezarme con él, no tuve oportunidad de depositar unas monedas en la funda abierta de su guitarra. Un compañero del cantor, apostado en las cercanías, había dado el agua, la voz de alerta, avisando de la llegada de dos fornidos vigilantes del Metropolitano que me adelantaron a todo correr con las porras desenfundadas en la persecución del intruso. Visto y no visto, Barranco había recogido sus bártulos y su colecta y había desaparecido camuflándose entre la multitud.

Ya unos segundos antes me había parecido reconocer en el vendedor que ofrecía la revista La Farola, publicación de los sin techo, apostado en la boca del metro, a un ex parlamentario socialista de la autonomía madrileña, pero no pude cerciorarme de su identidad porque llevaba gacha la cabeza y los ojos protegidos por unas gafas de sol. Eran demasiadas coincidencias, señalaba yo a mis compañeros de tertulia en un café de Malasaña unos minutos más tarde. No había sido el único en darme cuenta; Roberto contó que esa misma mañana había visto a un amigo suyo, ex consejero autonómico, cantando La muralla junto a las obras de la plaza de Oriente. Luego José Luis apareció con un ejemplar de Macadam, otro periódico de los sin hogar, dedicado por su vendedor, un amigo suyo que hasta hace poco había ocupado un escaño en la Asamblea de Madrid. En el periódico figuraba un virulento artículo de opinión, firmado bajo el seudónimo de Pepe el Sociata, en el que se instaba a los socialistas madrileños a tirarse a la calle, a realizar trabajo de base para recuperar la confianza del electorado al mismo tiempo sacarse unas pesetillas extras que paliasen la indefensión económica en la que habían quedado, tras ser expulsados de sus cargos y sus puestos. por la marea de los populares.

La tertulia noctámbula se fue enriqueciendo con nuevos datos sobre el extraño fenómeno, no todos fiables. Nadie creyó, por ejemplo, al cantamañanas de Julio cuando afirmó solemnemente que había visto al mismísimo Alfonso Guerra enseñando los rudimentos del antiquísimo arte de los trileros a un par de colegas madrileños defenestrados, en una acera de la Gran Vía. Por mayoría desechamos también el cuento de que varios ex consejeros autonómicos se dedicaban ahora a la venta de pañuelos en los más céntricos semáforos, y atribuimos a la casualidad el parecido entre un hombre estatua que llamaba la atención con su inmovilidad en la plaza del Callao y el ex alcalde de una localidad cercana a Madrid. Avanzada la noche, y con ella el desparpajo etílico de los tertulianos, las informaciones sobre el despliegue callejero de los socialistas madrileños, se fueron haciendo cada vez más inverosímiles. Alguien habló de un coro formado por miembros de la FSM que hacían música andina disfrazados de aborígenes del altiplano junto a la Puerta del Sol; otro dijo haber visto a un conocido político municipal haciendo juegos malabares en Preciados con media docena de pelotas, y el bocazas de Julio fue objeto de un fenomenal abucheo cuando, sin cortarse lo más mínimo, declaró que había sido abordado en la calle por el ex consejero de Economía de la Comunidad que pretendía. sacarle 500 pesetas para pagarse la pensión.

A las tres de la madrugada llegó Perico, que es abstemio y hace mucho tiempo que abandonó la droga, asegurando que un tipo que le sonaba mucho estaba interpretando al organillo La Internacional en la plaza del Dos de Mayo. Las opiniones estaban divididas, la polémica crecía y la tertulia se dividía en dos bandos: los que acusaban a los socialistas de hacer competencia desleal a los artistas y vendedores callejeros y los que, comprendiendo su dramática situación, apoyaban este retorno a su histórica condición de "parias de la Tierra" y de "famélica legión".

La opinión más extendida consideraba que, en todo caso, se trataba de una ejemplar penitencia para los cuadros de un partido que en el ejercicio del poder se había olvidado de los oprimidos y menesterosos dejándose deslumbrar. por los fastos del enriquecimiento rápido, el pelotazo y la corrupción.

Moralejas y moralinas para todos los gustos se propagaron entre la combativa asamblea, despotricaron los vengadores justicieros y se apiadaron los justos y compasivos. Guiñaban ya las luces de la sala, manejadas por el encargado para advertir del próximo cierre ante la indiferencia general, cuando se abrió la puerta y una figura tímida y encorvada se dirigió hacia nuestra mesa, semioculto el rostro por una docena de capullos envueltos en celofán. "Nos ha tocado la china", dijo Julio, pensando que se trataba de otra sonriente y callada vendedora oriental, de las que abundan en la noche, pero, cuando descubrió su faz para mostrar su mercancía, un silencio de cripta se impuso al bullicio general.

No era ni vendedora ni oriental; entre las flores embalsamadas emergieron las faccionescontraídas en una mueca que intentaba ser sonrisa, del ex presidente Leguina, en actitud oferente, con una rosa en el puño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de junio de 1995