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Tribuna:

Lenguaje político y lenguaje económico

Por cercanía geográfica, he tenido la ocasión de seguir en detalle la campañía de los candidatos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón y Joaquín Leguina. Además, ambos tuvieron a bien venir en este periodo a la Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS para dialogar exhaustivamente con los alumnos sobre sus programas y, más en general, sobre su weltans chauung, su concepción del mundo y de las cosas. Junto a Pascual Maragall y Miguel Roca, han sido los políticos más sugerentes de los últimos tiempos: sus intervenciones no han sido una mera yuxtaposición de palabras sin contenido, o de frases verborreicas y grandilocuentes, sino que han discutido ideas, intereses y soluciones concretas. De Gallardón hay que hablar con cuidado. En ambientes cercanos al PP se extiende la tesis de que todo el que opina de él lo hace en un afán analógico con Aznar; algo así como si, objetivamente, el nuevo presidente de Madrid fuese un submarino alternativo a la actual dirección de los conservadores. Pero, si uno cae en esta trampa, asistiríamos a una especie de autocensura y nunca podríamos analizar su acción y su pensamiento.Gallardón ha cruzado en esta campaña el territorio comanche del lenguaje tradicional de la izquierda,y ha profundizado en conceptos como la marginalidad, la exclusión social, el paro de larga duración, la desigualdad, la concertación con los sindicatos y la patronal, las privatizaciones no ideológicas (en la Escuela de Periodismo prometió la privatización de Telemadrid "a pesar de las resistencias incluso de gente de mi partido") la reindustrialización, etcétera.

Creo que algunos asesores de José María Aznar se trasladaron a París a seguir de cerca la campaña presidencial de Chirac. Pues bien, el que mejor ha asimilado el modo de ser chiraquiano ha sido Ruiz Gallardón. En Francia, el heredero de esta especie de cultura chiraquiana ha sido el primer ministro Alain Juppé, que esta misma semana escandalizó a los ortodoxos (especialmente a los provenientes del equipo de su antecesor, Balladur) cuando en una entrevista en la televisión anunció que estaba dispuesto a dejar que el déficit aumentase inicialmente, aun teniendo consecuencias negativas sobre el valor del franco, si ello le permite reducir la tasa de paro, que es el objetivo prioritario de su Gobierno. Parecía el primer Mitterrand.

Tampoco el discurso de Leguina debe olvidarse, aunque pase a la clandestinidad de la vida civil (lo cual no es probable, ni deseable). En el fragor de la batalla electoral publicó un libro, Defensa de la política, que corre el riesgo de pasar inadvertido. En él, además de desarrollar algunas de las tesis enunciadas en su anterior ensayo, Los ríos desbordados, aporta una definición amplia de la politiquería como alternativa espuria a la política ("la política trata de mejorar la vida colectiva, la politiquería no es sino una forma degradada e individualista de la política", y analiza la conversión del ciudadano en cliente, en votante al que es preciso convencer de la bondad del producto que se quiere vender y que aquél, el cliente, ha de comprar al depositar el voto en la urna. Ya se sabe, el cliente siempre tiene razón, y ese cliente "articulado -por mejor decir, desarticulado en multitud de organizaciones corporativas- tenderá a vender caro su voto trasladando a la política, y con ella al Estado, un problema multiforme de imposible solución presupuestaria que consistiría en dar respuesta económica a una cantidad imposible de demandas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de junio de 1995