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Tribuna:ALEMANIA, 50 AÑOS DESPUÉS.

Completar el eje París-Bonn

La conmemoración esta semana del fin de la II Guerra Mundial, con la capitulación hace 50 años del nazismo alemán, es una ocasión propicia para analizar el papel de Alemania en la Europa de fin de siglo, ver cómo ha asumido su ominosa herencia histórica, cuál es resultado de las profundas transformaciones vividas y sobre qué valores se asienta la construcción de su futuro en el marco europeo, en el que ocupa un lugar predominante. En estas páginas, el ex ministro alemán Han Dietrich Genscher, el ministro de Exteriores polaco, WIadislaw Bartoszewski, y el analista francés Maurice Duverger ofrecen su visión del pasa do y el presente del gigante alemán.

En 1945, una Alemania deshonrada, destruida, arruinada, fue dividida en cuatro zonas bajo control de los Aliados y vió cómo se reducía su territorio. Pero pocos días después de la capitulación del 8 de mayo, Churchill telegrafiaba a Truman diciéndole que un telón de acero separaba los territorios ocupados por el ejército rojo del resto. Desde el momento de su victoria, la gran alianza estallaba en una guerra fría. EE UU lo aprovechaba para dominar nuestro continente, haciendo pesar sobre unas naciones aisladas y debilitadas una tutela que el Plan Marshall hacía irresistible por necesaria para vivir y reconstruirse. Esto me llevó a publicar en la primera página de Le Monde del 9 de septiembre de 1947 un artículo, "No existe Europa sin Alemania", que escandalizó.En él definía una estrategia que haría posible escapar a esa dominación de EE UU: "En lugar de reconstruir Europa sin reconstruir Alemania o reconstruir por separado Alemania y los otros pueblos de Europa, anquilosados en sus viejos egoísmos nacionales, hay que reconstruir Alemania y Europa conjuntamente, en el marco de un federalismo progresivo". Sólo en tomo a tal alianza se podría crear un conjunto capaz de contrarestar el poder de EE UU. Y hablaba de una cooperación industrial en la que ya se mencionaban los elementos de la comunidad del Acero y del Carbón ideada por Monnet en 1950. Creada en 1952, la CECA puso punto final a la guerra. Hasta entonces Alemania e Italia. eran enemigos a los que se ayudaba a volver a la democracia. Desde entonces, eran socios de Francia y del Benelux en una Comunidad que no distinguía entre vencedores y vencidos. Desgraciadamente, esa cooperación igualitaria se vió perturbada por un error monumental: el intento de prolongar demasiado deprisa la CECA con una Comunidad Europea de defensa (CED).

El director de Le Monde, Hubert Beuve-Méry, dijo entonces acerca del Pacto Atlántico, firmado el 4 de abril de 1949 entre EE UU y los estados europeos, que ponía el germen del rearme alemán. Los franceses no estaban preparados para aceptarlo, sobre todo porque no se sentían amenazados por la URSS, ya que la disuasión atómica impedía cualquier tentativa de ésta de invadir Europa Occidental. Gran Bretaña rechazó desde el comienzo esta nueva Comunidad y sus fuerzas militares. Francia debería dividir las suyas en pequeños contingentes bajo el mando de la OTAN, es decir de EE UU: nuestros soldados se convertían en una especie de tropas coloniales. Alemania debía plegarse a las mismas reglas, pero había logrado el derecho al rearme. En suma: Londres no perdía nada, Bonn ganaba todo y París perdía lo esencial.

La batalla de la CED, que causó iracundas polémicas durante tres años en Francia, frenó enormemente la construcción europea iniciada por la CECA, y sobre todo, empujó a Alemania del Oeste a convertirse en aliado incondicional de EE UU, arrastrando con ella a Italia y al, Benelux. Se iba así hacia una Europa estadounidense que prácticamente sólo rechazaban los débiles gobiernos de la IV República francesa, que sólo podían frenar un poco esta evolución. Todo cambiaría con la vuelta del general De Gaulle al poder en 1958. Hasta entonces era adversario de las Comunidades Europeas, precisamente a causa de su americanización. Pero una vez que dotó a su país de un gobierno fuerte constató que podía influir en la orientación de Europa, y que le interesaba hacerlo. Cambió, pues, de actitud respecto a la Unión. Reforzó la Comunidad Económica desarrollando la política agraria común, aceptando el tratado de fusión de las Comunidades de 1965, acelerando la unión aduanera y la puesta en marcha de aranceles comunes desde 1968. Poco a poco su alianza con Adenauer fue desarrollando la pareja franco-alemana que se convirtió en el motor de la UE. Se comenzó a calificar, no sin exageración, a Alemania de gigante económico y enano político. En cualquier caso, este país aportaba a Francia parte de su fuerza productiva y monetaria y recibía de ella parte del poder político del general y de sus sucesores. Este sistema se mantuvo cerca de 30 años.

El hundimiento de la URSS y de sus satélites no lo ha destruido pero lo ha alterado profundamente. Libre de la amenaza militar de los soviéticos, reforzada por la incorporación de la RDA, la nueva Alemania tiende a convertirse en un gigante económico y un gigante político. Pero sólo lo será si el resto de Europa lo quiere. El eje París-Bonn sólo estará desequilibrado si Francia se limita al papel de consorte de Alemania en la Unión. ¿Se acordará el nuevo presidente francés, discípulo del general De Gaulle, de que su maestro veía en. esa Unión la palanca del poder de su país? De Gaulle dotó a Francia de las instituciones sólidas que necesitaba. ¿Hará Chirac lo mismo con la UE?

¿Verá la necesidad de una cooperación más estrecha con Italia, España, con la Europa meridional y la oriental? ¿Completará el eje franco-alemán con cierto coqueteo con Gran Bretaña? Después de todo, el día que Bonn, París y Londres se pongan de acuerdo sobre una moneda única, toda la Unión les seguirá. La construcción de una fuerza de defensa europea también exigirá un acuerdo de los tres grandes. Francia podría ser el dirigente si su presidente declarara que la violación de la frontera oriental de la Unión, que la se para de la ex-URSS, puede provocar la di suasión nacional. Esta tendría un peso equivalente al del Bundesbank. La UE debe convertirse en la única potencia gigante de Europa, un equivalente de EE UU, si no queremos ver abatirse sobre el mundo el apocalipsis de 1914-1945.

Maurice Duverger es presidente del directorio del Instituto de investigación sobre las Instituciones y Culturas de Europa, de París.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de mayo de 1995