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Tribuna:

La digestión

Toda esta porquería a la que ahora acercamos las narices con la obscenidad del niño que huele su propia caca no es más que el final de un proceso digestivo. No se puede comer tanto y tan mal como en los últimos años, y pretender que las deposiciones consecuentes sean normales. De otro lado, a estas alturas ya sabemos que la cárcel, más que un lugar para la rehabilitación, es el retrete del cuerpo social. Allí van a parar los excedentes del proceso digestivo. Cuando están muy llenas, se tira de la cadena y en paz. Mientras los excrementos que caen al otro lado de las rejas tengan el aspecto que esperamos de ellos, no pasa nada. Lo malo es cuando al analizar las heces se encuentran pedazos enteros de comida sin digerir.En tal caso, o los alimentos eran de mala calidad o los jugos digestivos del cuerpo no funcionan. A la cárcel, por ejemplo, no se puede llegar con el disfraz de doctor honoris causa intacto sin que eso produzca alarma social. Los jugos digestivos están precisamente para convertir la fruta más bella del universo en una caca. Lo raro sería que la fruta nos digiriera a nosotros, y a lo mejor es eso lo que está pasando, que- nos asomamos a la cárcel para ver la textura de la última secreción y resulta que lo secretado tiene mejor aspecto que el cuerpo secretor. Hay mucha gente que, antes que en la cola del paro o en una oficina siniestra, de aprendiz, preferiría estar en Alcalá-Meco, jugando al mus con Conde y Romaní o discutiendo asuntos de Estado con Julián Sancristóbal, mientras en la puerta de la prisión hacen cola, para verte, ex ministros, diputados, cámaras de televisión y, en. fin, gente importante.

Así que habría que tirar de la cadena cuanto antes; lo que pasa es que la tienen ellos, igual que el mango de la sartén. Menos mal que no eran una banda organizada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de enero de 1995