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Tribuna:

Un epitafio

La confusión de los apocalipsis personales con los colectivos es un rasgo característico de cansancio, de vejez, de una vejez que no siempre tiene que ver con los años. Cuando Jordi Pujol -un hombre que siempre fustigó duramente la tentación apocalíptica de algunos políticos- advierte a los españoles del peligro de una confrontación civil, está trasladando al interior de la sociedad una zozobra que nunca debió salir de sí mismo. Una zozobra que no es explicable, solamente porque por vez primera en toda su carrera haya tenido que afrontar la dureza. de una oposición política, e incluso cultural: al fin y al cabo, y desde 1980, Pujol ha sido el líder político español menos vulnerado e, incluso, su máximo riesgo de estos años, el asunto Banca Catalana, acabó volviéndose contra los que lo habían desencadenado. Pero su zozobra no tiene sólo que ver con esta situación inédita. Tiene que ver, y mucho, con la soledad. Desde su elección como presidente, Pujol sólo ha tenido en su entorno tres hombres con peso político: Miquel Roca, Macià Alavedra y Josep Maria Cullell. El futuro político de los dos últimos es -para decirlo con amabilidad- completamente incierto. En cuanto al primero... en fin, tantos años de desconfianza política no se zurcen fácilmente.Ahora, días de recuento, cuando su partido acaba de celebrar con desaliento su fundación, Pujol evalúa con extrema inquietud qué quedará al final de todo eso. Conoce -ha leído mucho- el amarguísimo epitafio que Gaziel -el periodista, el maître a penser de la burguesía catalana dictaba sobre la herencia de Cambó y del conjunto de hombres que fundaron la Lliga Regionalista: "Políticamente, ideológicamente, no han dejado nada; económicamente, todos se han enriquecido". No es la herencia que querría para sí y para su movimiento, obviamente: en su concepción esencial de la vida, de la patria, no hay otro apocalipsis mayor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de noviembre de 1994