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Tribuna:

La rueda de la sospecha

Hay un riesgo que va más allá del ámbito de lo político en el actual encanallamiento de la política, o de la imagen canalla que de ella se está ofreciendo: la creencia de que las cosas no pueden ser de otra manera y de que además, sea de la mano de unos o de otros, todo continuará necesariamente igual. Uno de los peores efectos del desprestigio de la vida pública es su efecto contaminante, su capacidad para absorber complicidades en todos los sectores de la sociedad a través de un poderoso juego de espejos que transmite, multiplicándolas, imágenes de mentira y acusación. El entero horizonte queda, finalmente, ocupado por tales imágenes.Lo curioso es que esta atmósfera crea, por así decirlo, un estilo que acaba impregnando cualquier manifestación, un estilo de la sospecha que parece aconsejarnos dividir el mundo en dos bandos: el de los sospechosos y el de los que sospechan. Naturalmente, cualquier ciudadano supone que pertenece a este último grupo con el derecho, además, de suponer asimismo que el resto de los ciudadanos forma parte, o puede formar parte en el futuro, del primero. Ésta es la consecuencia delirantemente peligrosa de aquel estilo: instauran una auténtica cultura de la sospecha, círculo vicioso en el que se entra con facilidad pero del que resulta, luego, casi imposible escapar. Por eso, el principal daño de la corrupción no es la corrupción en sí misma -por dañosa que ésta sea-, sino su capacidad para liberar la fuerza incontrolable de la sospecha.

La impunidad que durante mucho tiempo ha tenido, y sigue teniendo, la corrupción está, como es sabido, en el fondo del escenario. Corruptos y corruptores (éstos casi invisibles todavía) actúan como siniestras sombras chinescas que se proyectan sobre la entera representación. Pero la obra que se representa trata de la sospecha, y los espectadores asisten a ella con una mezcla de hastío y complacencia. Lo que ven en el gran guiñol de la vida pública es una cadena ininterrumpida de intrigas, conspiraciones, silencios culpables e inocencias increíbles. Instalados ellos también en la cultura de la sospecha, los espectadores, con razón o sin ella, desconfían, de cada conducta, de cada gesto. El espectáculo asquea, pero asimismo suscita una morbosa atracción en la que es fácil identificar el gusto por lo obsceno y, a menudo, el resentimiento contra villanos que antes, estúpidamente, habían sido elevados a la categoría de héroes.

En este sentido, la gravísima responsabilidad de los políticos profesionales, a los que se confía buena parte del funcionamiento democrático, es haber incubado, o no haber sabido aplastar, el huevo de la serpiente. No importa si la mayoría de los políticos es honesta; lo que importa es que esta mayoría ha sido impotente para demostrar que la política era honesta. No se trata, por tanto, al menos en primera instancia, de un problema moral sino de un problema político. Los corruptos, al apropiarse de bienes que no les corresponden, cometen un delito por el que deben ser juzgados y castigados. El mal es infinitamente mayor, sin embargo, cuando una casta se apropia de la vida pública usurpando derechos y provocando dejaciones. Vistos como casta, los políticos, honestos o no, han acabado apareciendo ante los ojos de la sociedad como los principales gestores de la sospecha.

También han sido su caja de resonancia: a través de ellos la sospecha ha ido expandiéndose en todas direcciones, hasta alcanzar, en los últimos tiempos, instancias consideradas hace poco intocables y casi innombrables. Crecida monstruosamente, la serpiente amenaza a todos y a todo. Con ella, como no podía ser de otra manera, han aumentado asimismo los portavoces de la sospecha: los poseedores de certezas en un mundo domina do por la incertidumbre. Esto ha generado un inaudito tráfico de informaciones, en el que se pasa, sin transición, de la confidencia velada a la noticia explosiva y de ésta a deducciones en las que es difícil distinguir qué hay de alarmante y qué de grotesco La falta de transparencia en la que se han amparado los poderes políticos -y, no lo olvidemos, los económicos- ha dado lugar a la actual sensación de opacidad dominada por lo implícito y lo secreto. Este proceso es, desde luego, temerario porque alimenta una suerte de esquizofrenia entre lo que aparenta ser y lo que se sospecha que es, entre los mecanismos de la de mocracia y los mecanismos de la conjura: cualquier ciudadano puede dudar hoy, del poder efectivo de los gobiernos, parlamentos, partidos, etcétera, y, como contrapartida, suponer que es en camuflados grupos de presión y conspiración donde reside el auténtico poder.

Esta esquizofrenia de la vida pública ha abonado el terreno de una ambigüedad generalizada que encuentra, eco diario en los medios de comunicación. Reconozcámosles a estos el mérito de haber combatido la opacidad y la corrupción. El que ello haya sid así confirma el encastamiento de los políticos: ninguno de los gandes escándalos de los últimos años ha sido denunciado, al menos originariamente, desde la política, sino desde el periodismo. Pero, junto con esa función beneficiosa, algunos medios de comunicación han terminado convirtiéndose en los más eficaces propagadores de la cultura de la sospecha. Víctimas de la misma enfermedad que dicen haber diagnosticado estos medios -capitales, en cuanto detentan la máxima jerarquía en el tráfico de informaciones-, se hacen sospechosos por la unilateralidad de sus sospechas. Cotidianamente, periódicos, radios y televisiones nos ofrecen una amalgama en la que los sinceramente indignados se mezclan con los profesionales de la indignación, especie esta última floreciente que desde sus tertulias y columnas dispara, con machacona reiteración, sus dardos demagógicos.

A medida que avanza la rueda de la sospecha se hace cada vez más complejo identificar el rumbo de los conductores. Todo parece quedar aplastado bajo su peso. Aceptar su avance indefinido, con esa simbiosis de repugnancia y delectación con que ahora lo hacemos significa adentrarnos en el embrutecimiento de consecuencias imprevisibles. La mínima prudencia aconseja detener este avance. Conseguirlo exige, sin embargo, un coraje que por el momento no se vislumbra. Exige, en primer lugar, mirar hasta el fondo y tocar fondo para que salga a flote el sucio subsuelo en el que se enraiga la sospecha y la responsabilidad culpable de sus cultivadores. Pero, paralelamente, para que esta mirada no sea sólo implacable, sino también fecunda, es necesario elevar el punto de mira proporcionando una radical autocrítica de la democracia. Que haya individuos bajo sospecha no pone en peligro la libertad. El peligro es máximo, no obstante, cuando una sociedad sospecha de sí misma.

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de noviembre de 1994