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Tribuna:DEBATES¿LEGALIZACION DEL HACHÍS?

¿Es inocuo el cannabis?

La propuesta de debate sobre la despenalización del hachís, formulada recientemente por el secretario del Plan Nacional sobre Drogas, Carlos López Riaño, ha suscitado airadas declaraciones políticas pero no una discusión rigurosa sobre las drogas. La mayoría de los españoles no es partidaria de la liberalización de la venta de drogas. Pero las voces que se declaran favorables cobran fuerza ante el evidente fracaso de la lucha prohibicionista. En estas páginas, el profesor de neurología Alberto Portera Sánchez, el catedrático de Derecho Penal José Luis Díez Ripollés y el médico psiquiatra Carlos María Álvarez-Vara analizan distintos aspectos del problema.

En la mayoría de los países, los ministerios de Sanidad regulan cuidadosamente la indicación y comercialización de cualquier tipo de intervención supuestamente terapéutica aplicable a humanos o animales, sea un alimento, un fármaco o una técnica específica. Los criterios exigidos son muy estrictos con el fin de determinar la eficacia y, sobre todo, los posibles efectos contraproducentes a corto y largo plazo que muchas de estas intervenciones conllevan. Si los pertinentes ensayos controlados determinan que los efectos contraproducentes derivados de la utilización de un fármaco o droga de reconocida eficacia son mayores que los beneficios, su consumo debe ser cuestionado o rechazado si es recomendado o propuesto desde posturas no profesionales. Una vez establecidas las limitaciones de su uso -dosis, frecuencia y duración-, el médico debe ser quien indique su utilización y, más aún, se responsabilice de los resultados.Sorprendentemente esta actitud cautelosa no es ejercida por quienes, desconociendo sus efectos nocivos, utilizan las denominadas, "drogas de abuso" sin que exista ningún tipo de indicación terapéutica propuesta por un médico. En el caso concreto del hachís o de su principio activo el THC (tetrahidrocannabinol), es importante que el consumidor, para reducir os riesgos derivados de su uso, conozca estos efectos, sean inmediatos o tardíos. Aunque la intensidad y naturaleza de los síntomas inmediatos puede variar según la susceptibilidad individual y la concentración de cannabinol en cada dosis, en general el consumidor aprecia un cierto estímulo psicológico seguido de una euforia moderada y sensación, de bienestar que, subjetivamente, interpreta como un incremento de la calidad de sus actividades tanto mentales como físicas. Desgraciadamente, esta sensación inicial de recompensa o placer se asocia a percepciones anómalas de la realidad que pueden ser interesantes para quien la experimenta pero que impiden modular sus efectos si, en esas condiciones, ejecuta complejas actividades de alto riesgo (toma de decisiones, conducción de vehículos a motor, etcétera).

Esta primera fase placentera (embriaguez) se sigue de otra de tranquilidad, sedación o somnolencia (mucho más dura dera que la que se asocia a la in gestión de alcohol) y de una distorsión de la apreciación subjetiva del transcurrir del tiempo (intemporalidad). Todos estos síntomas o experiencias son consecuencia de la activación que el THC ejerce sobre los potentes sistemas de recompensa o placer existentes en el cerebro de los animales que la evolución ha encontrado para mejorar la supervivencia del individuo, (ejemplo: saciar el hambre y la sed) y la conservación de la especie (placer sexual) y que en los humanos han alcanzado una gran sofisticación.

En condiciones normales estos sistemas constituidos por numerosas agrupaciones de neuronas, se activan en presencia de estímulos ambientales a intracorporales. Para que las neuronas dialoguen entre sí y elaboren la respuesta placentera apropiada es necesaria la intervención de un delicado mecanismo de comunicación constituido por sustancias bioquímicas (neurotransmisores) sintetizadas por el propio cerebro que se acoplan a los receptores o antenas correspondientes localizados en los puntos de contacto existentes entre las neuronas (sinapsis). Estos delicados sistemas han evolucionado para que sus transmisores específicos los activen y no para permanecer durante millones de años en espera de que sustancias ajenas al organismo los estimulen. Una de éstas, el THC del hachís, tiene una estructura molecular semejante a la del neurotransmisor fisiológico, la anadamida, que le permite engañar a los receptores y producir respuestas placenteras correspondientes. Este procedimiento de conseguir recompensas a placer no es excesivamente fiable. En condiciones fisiológicas la cantidad de la anadamida que activa sus receptores está exquisitamente regulada según la intensidad del estímulo, inicial (deseo) para lograr la respuesta adecuada (placer). Este difícil cálculo es imposible cuando los receptores neuronales son estimulados excesivamente durante sucesivas inhalaciones de cannabis. La exquisita sensibilidad de los receptores se altera y las respuestas clínicas son imprevisibles, sobre todo en individuos con una especial susceptibilidad como son los adolescentes. Estos, sorprendidos, en lugar de recompensa habitual, deseada, pueden experimentar vértigos, reacciones de pánico, sentido de impotencia ejecutiva, confusión, ansiedad o depresión e ideas delirantes. En dosis altas pueden sufrir alucinaciones semejantes a las que produce el LSD (ácido lisérgico) y amnesia por alterarse, desordenadamente, la acción de dos neurotransmisores, la serotonina y la acetilcolina, respectivamente. En ciertas personas susceptibles, si consumen hachís con frecuencia creciente, se pueden desencadenar verdaderos estados psicóticos con falsas percepciones de la realidad y deterioro cognitivo.

El consumo habitual se puede traducir en abulia observándose una reducción de las rnotivaciones y cambios de la personalidad. Aunque la dependencia física es débil, aquellos consumidores habituales que posean un personalidad compulsiva o estén sometidos a situaciones ambientales que incrementen su ansiedad pueden iniciar una adicción al hachís o el paso al consumo sucesivo de otras drogas.

Es cierto que toda esta compleja sintomatología no se manifiesta en todos los consumidores y son muchos los ejemplos de individuos especialmente resistentes que controlan perfectamente tanto el consumo de cannabis como su interrupción sin síntomas de abstinencia. Desgraciadamente el número de personas susceptibles, particularmente entre los adolescentes, puede ser elevado. Por esta razón, los argumentoss que utilizan en favor del consumo quienes disfrutan del cannabis sin que desarrollen dependencia o síntomas adversos, no son aplicables al grupo porque, en éste, es muy difícil identificar a quienes poseen características genéticas específicas o han desarrollado su personalidad en ambientes especiales que les hacen susceptibles a la adicción.

Existen muchas otras alteraciones, bioquímicas que pueden modificar las funciones del cerebro y de otros órganos que obligan a la clase médica a informar a la sociedad para que se desarrolle una actitud defensiva general e individual en el caso de que las autoridades permitan la libre comercialización del hachís. Si esto ocurriera, esta liberalización no debería interpretarse como una notificación oficial de que el cannabis es inocuo. Así, los consejos médicos no merecerían la calificación ole información vacía de contenido o excesivamente alarmista. Si tal ambiente surgiese, la medicina preventiva, basada en directrices atendidas y cumplidas. dejaría de ser eficiente y el número de casos complicados aumentaría. Para protejer a los consumidores sería necesario que se dictasen normas de utilización y protección personal y se enumerasen aquellas actividades a evitar, como las actualmente vigentes para los consumidores de alcohol.

Alberto Portera Sánchez es miembro de la, Real Academia de Medicina y profesor de Neurología en la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de noviembre de 1994