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Tribuna:

La palabra del Estado

El ejercicio del poder sin reglas es un hecho rarísimo. Sobre todo cuando unos hombres se relacionan con otros para el ejercicio de cualquier actividad. El entramado normativo de un grupo de salteadores es condición ineludible de su existencia misma y, aún más, de su subsistencia.La regla más elemental de cualquier grupo, regular o irregular, grande o pequeño, seductor o repugnante, es que los pactos deben ser cumplidos. Basta con sentarse delante del televisor, y encenderlo, para comprender, al cabo de poco rato, que las mafias no funcionan sin respetar esa regla, y los admirables Estados también. Unos códigos son secretos, escritos o no, hasta pavorosos. Otros se promulgan con solemnidad y están envueltos en apoteosis dignificadoras y santificadoras, y aparecen como el camino de la felicidad social. El cumplimiento de los pactos es, siempre, la raíz de la estabilidad, de la credibilidad entre los partícipes, de la seguridad en el desarrollo de la función.

Es tentación implacable de quien tiene que cumplir pactos la de hacer matizaciones a la hora de aplicarse a la tarea, y de escalonar esos matices en función de la posición relativa de poder o necesidad. El poderoso puede así pertrecharse de distingos y sutilezas en la praxis para no cumplir de manera tan precisa, o, sencillamente, incumplir sin tantas explicaciones, que hay gente que cree que puede (y a veces puede) pasarse de tales delicadezas para abusar.

También el Estado, a pesar de su imprescindible existencia para que podamos vivir en paz y saber a qué atenemos, está sujeto a la servidumbre de la tentación, o, si se quiere, quienes en cada momento le ponen cara, y manos, y cabeza, y decisión. En materia de deudas, pongo por caso, un Estado que se precie es un cumplidor fino de su deuda pública, por la cuenta que le trae; un pagador serio de sus deudas con instituciones de crédito, extranjeras y aún nacionales; a veces un mediocre ejemplo de fiel cumplimiento del pago a organismos internacionales, con frecuencia paga mal a proveedores nacionales o extranjeros, y con más frecuencia todavía paga tarde y mal a acreedores por subvenciones varias a los que somete más o menos a vejaciones procedimentales, a su vez más o menos reglamentarias.

Pero, al fin, tiene que ser preferentemente cumplidor, aunque renuente en ocasiones, de los pactos, especialmente, por extraño que parezca, si estos pactos son al margen de la ley. Si se piensa bien, cuando el Estado se salta las reglas, precisamente por razón de Estado, por razón vinculada a la raíz misma de su existencia y funciones, es cuando más tiene que cumplir las otras reglas, las que operan mientras las del Boletín Oficial quedan para collage decorativo; y, entre ellas, la de cumplir lo pactado, en este caso, al margen, o en contra, o fuera de la ley, La tragedia de lo actuado así es que obliga más, incluso, que lo legal; el Estado, y sus servidores o manijeros, tiene que actuar así sin que se sepa, pues otra de las condiciones de su subsistencia creíble es que aparezca como más legal que nadie; ¿no es la sustancia misma de la ley?. Por eso, cuando se desmanda, el Estado o sus servidores o manijeros pueden ser fácilmente extorsionados; luego a cumplir.

Así que hay que pedir comprensión. Tanto lío con excarcelaciones de más o de menos, y más o menos disfrazadas, y más, o menos de acompañamiento, cuando puede estar en cuestión la palabra, el pacto del Estado. La historia del asunto que tanto da que hablar queda un tanto oscura, pero quizá no se ha enterado la gente de que hasta los rateros pueden gozar de la eximente de estado de necesidad; cuánto más los manijeros del Estado. Aquí hablamos de cosas muy serias. De la seguridad, del honor, de la palabra del Estado. Un poco de discreción. Hagámosles más llevadera la carga de procurar nuestro bienestar. Si todo lo que hacen es por nuestro bien, ¿vamos a ponemos puntillosos?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de septiembre de 1994