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ESPERANZA DE TREGUA EN ARGELIA

La muerte acecha a las puertas de Argel

El Ejército argelino y las guerrillas integristas luchan en un amplio frente a sólo 10 kilómetros al sur de la capital

Vehículos calcinados, edificios destruidos, cables de teléfono cortados, postes eléctricos arrancados, innumerables controles policiales y patrullas del Ejército. Éste es el paisaje que se puede ver a lo largo de 60 kilómetros de carretera que rodean el sur del Gran Argel y que constituyen desde hace vanas semanas el eje principal de lucha entre el Ejército y la guerrilla integrista. Diríase que ha estallado la guerra al sur de Argel y a sólo 10 kilómetros del centro de la capital.Esta circunvalación, jalonada de feudos integristas ya míticos, es un paso estratégico, habitualmente utilizado por los activistas islámicos para dirigirse desde sus refugios inexpugnables en los contrafuertes del Atlas de Blida hasta sus objetivos en la capital. Las fuerzas de seguridad dicen estar decididas a contraatacar y a controlar la zona para impedir los paseos de los integristas. Llevan así más de dos años.

Este corredor lo configuran dos tramos de carretera, la Nacional 8 y la Nacional, 29, que nacen en el suburbio capitalino de Los Ecaliptus. Es el último barrio de Argel. En ese punto la realidad estalla con toda su convulsión y parece ingenuo hablar de guerra civil larvada. La primera muestra surge 100 metros después de haber atravesado el primer control de las fuerzas de seguridad, al pie de la carretera, donde permanece como un monumento el primer esqueleto calcinado de lo que un día fue un turismo.

En un recorrido de poco menos de 10 kilómetros, los que separan Los Ecaliptus de Laarba, el primer pueblo de la llanura de la Mitiya, se contabilizaban el sábado pasado al menos una docena de vehículos incendiados, entre los que se encontraban tres grandes camiones, un autobús de transporte de viajeros, así como camionetas y turismos. Son las últimas huellas dejadas por la guerrilla integrista, que en estos lugares suele disfrazarse de falsos controles policiales, aseguran los vecinos.

Los controles se levantan y difuminan con facilidad en medio del paisaje, una vez iniciado el crepúsculo y retirados los policías. En ocasiones conviven en la misma carretera verdaderos y falsos agentes de seguridad, aunque separados por varios kilómetros de distancia. Así que no es extraño escuchar de un gendarme la recomendación de conducir con cuidado porque "más allá parece que están controlando los integristas", según cuentan los citados vecinos.

Agentes verdaderos y falsos

Antes de llegar a Laarba (25.000 habitantes), las líneas telefónicas están ya cortadas. La entrada a esta población es un largo laberinto de púas, neumáticos de camiones y conos diseminados por el asfalto para frenar la velocidad de los coches. Desde la acera, sin acercarse a los vehículos, la policía trata de identificar a los viajeros. Pero nadie pide papeles.

En las calles de Laarba no hay prácticamente mujeres, ni hombres fumando, ni periódicos, ni quioscos. Sin embargo, allí se ha instalado una patrulla del Ejército: un viejo tanque ruso, otro más pequeño de origen egipcio y diversos vehículos todoterreno. Poco más adelante, yacen otros dos cadáveres: el de una de las centrales telefónicas más importantes de la región, que fue dinamitada el pasado mes de julio, y el de un puente sobre un río, cuyas obras están paralizadas. Los integristas dicen que esta ciudad es la capital de una "zona liberada". Para el Ejército, es una "zona infestada de terroristas".

A lo largo de los siete kilómetros que separan Laarba de Bugara (50.000 habitantes) aparece otro cementerio de vehículos atacados e incendiados, pero sobre todo hay camiones y maquinaria pesada de obras públicas.

En Bugara, sin embargo, todo el mundo recuerda lo que ocurrió el 20 de agosto, fiesta del Mulud y de los petardos, cuando durante seis horas la ciudad permaneció asediada por las explosiones producidas por la lucha entre el Ejército, y los grupos armados. Ese mismo día alguien quemó varios centros escolares.

Pero Bugara es, además, un símbolo de la barbarie, como lo demuestra lo acaecido una semana después de la fiesta del Mulud, cuando apareció en la ciudad un comando armado y, tras recabar la atención de los vecinos, juzgó y degolló en plena plaza pública a dos personas, a las que acusó de haber colaborado con las fuerzas de seguridad. Uno de ellos se resistió y tuvo que ser reducido a golpes antes de ser acuchillado. El otro "se acostó dócilmente sobre el asfalto y el verdugo le degolló con el mismo cinismo que al anterior", aseguraba un testigo.

La carretera sigue hasta Blida. Faltan aún 35 kilómetros. En Buinan el mismo escenario. Los mismos paisajes. Sólo que aquí el convoy del Ejército lo encabeza un blindado al que alguien ha colocado en casi todos sus orificios y ventanas pequeñas banderitas nacionales de papel. Como si fuera algo festivo. La escuela en Buinan el sábado, primer día de clase, aparece también custodiada por soldados. Es la respuesta oficial del Gobierno a los integristas, que pretenden paralizar la vida escolar.

No es una simple amenaza. El Instituto Nacional de Hidráulica en Soumaa, pocos kilómetros más allá, fue dinamitado y destruido la semana pasada.

Blida es la punta extrema de un mismo frente, que se inicio 60 kilómetros atrás. Es el escenario de las luchas constantes entre Ejército e integristas. Aquí nadie sabe cuántos muertos ha habido. Ni tampoco ha oído hablar del diálogo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de septiembre de 1994