La tarta de la Villa
El otro día, paseando por la ya casi inexistente parte antigua de Madrid, llegué a la plaza de la Villa y vi con sorpresa que ha surgido del suelo una tarta de flores.El gusto es, en gran medida, información. Es formación. ¿No le chirría a quienquiera que haya decidido tal adorno la disonancia entre el anacrónico caleidoscopio floral -quintaesencia del peor gusto victoriano- y la sobriedad castellana del extraordinario entorno arquitectónico de la plaza?
¿Habrá que recordarle a nuestros ediles que una plaza es espacio? Espacio configurado por un entorno arquitectónico, en este caso único: la torre de los Lujanes, la casa mudéjar, la casa de Cisneros y la casa de la Villa, obra de Gómez de Mora. Espacio que no necesita ser llenado con nada porque queda desvirtuado.
El contenido de ese espacio es el hombre y su acción. Las plazas humanas, hechas a escala humana y para uso humano -como es el caso de la plaza de la Villa- son el lugar para el encuentro, son el espacio civil por excelencia. ¿Temen acaso nuestros ediles algún Fuenteovejuna?
Por favor, dediquen el esfuerzo, el tiempo y el dinero al mantenimiento de los jardines de Madrid, pero la plaza de la Villa, ¡virgencita, que se quede como estaba!- historiadora de Arte y paisajista.


























































