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Tribuna:

El precio de mirar

En San Sebastián de los Reyes, dos hermanos adolescentes casi matan a otro niño, parado delante de su casa, con el astil de un pico porque vieron que los miraba. Otra vez, una muchacha miró sonriente a un mozalbete que, ipso facto, la apuñaló.Se entiende que en cada zona de Madrid, según la hora, hay que mirar de manera distinta. Calles asépticas por la mañana rozan de noche el Código Penal. Un mirón mañanero mosquea: lo normal es que esté al loro de otra cosa. Los mirones de tarde -quienes sostienen la mirada- son los de verdad, porque producen reacciones imprevisibles en la gente que se nota observada. Por eso, el precio de la mirada oscila: echar una mirada en Tirso de Molina te adentra en el mercado de la China, aunque los orientales consideren de malísimo gusto mirar a quien te habla. Sacar los ojos en Capitán Haya, si eres varón, te cuesta un sueño, y si mocita, un mal repaso. Mirar de tarde a dos colegas con peligroso objeto te regala un susto.

Escucho a los maestros del distrito el ruego de "¡mirad!" con el fin de hacer eficaz la clase ante el parvulario de este otoño, y me recuerdan al político andaluz cuando le dijo en junio a su rival castellano aquel "mire usted" reiterativo en vísperas electorales, igual que dos amantes acostumbran a hacerse la prueba de los ojos. Sí. Mucho insistir en que se mire, pero en el fondo en esta capital no trae cuenta mirar, en el fondo incomoda ser mirado: cajeras, políticos y amantes colocan la pestaña en el billete, el documento y el relato, respectivamente, para que no te digan eso de "usted qué mira o es que tengo monos en la cara" de nuestra vieja tradición: los ojos que no ven evitan el sentir.

Así que en otoño se lleva más y mejor mirar de lado que de cara (como miran los niños y unos pocos amantes que aún no han caído en delatores parpadeos). Por eso habría que preguntar por qué mirar aquí cuesta a veces un asalto y sentir una mirada encima pasa a considerarse sinónimo de mal de ojo; por qué un cruce de ojos ha de desembocar en un juzgado, y no por la puerta de nupcias.

Si Sartre, el filósofo de los bellos ojos desenvainados, comentó que el mirar hace consciente la presencia del otro, hoy mirar en Madrid a todo riesgo pasa por convencer a quien se cruza en tu camino de que no está enfilado por tus ojos o resignarse a usar gafas de ciego y ver sin que te vean mirar. Si los ojos se huyen en Madrid porque mirarse degenera en antesala de degüello, sólo los gatos de Madrid podrán enamorarse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de octubre de 1993