Racismo al volante
Mi mujer, natural de Puerto Rico, vino a vivir a Madrid hace cuatro meses, después de casarnos. Llegó algo preocupada por el aumento de la xenofobia que se había observado en España, sobre todo tras el asesinato de la dominicana Lucrecia Pérez. "¡Tranquila!, esto no es Alemania", le aseguré.El pasado 25 de agosto, por desgracia, mi mujer sufrió la primera agresión verbal a causa de su condición de latinoamericana. Sucedió en el autobús número 32 de la Empresa Municipal de Transportes, que salía de la plaza de Benavente a las ocho de la tarde, y cuyo número de identificación es el 51.207. Ella apretó el timbre para solicitar la parada, pero el conductor siguió adelante. Cuando mi mujer le preguntó por qué no se había detenido, el energúmeno que estaba al volante respondió gritando que "no he visto a nadie que quisiera salir", como si ella hubiera apretado el timbre sólo para comprobar cómo sonaba. Ante las protestas de mi mujer, el chófer recurrió al argumento más sólido que le debió proporcionar su inteligencia: "Ya estoy harto de los sudacas, sois todos unos vagos; a ver si os marcháis todos". Si la reacción instintiva ante las quejas de un pasajero son los insultos racistas, me surge una duda y una preocupación: ¿suele descargar ese individuo sus frustraciones personales sobre la procedencia geográfica y étnica de los viajeros, o se trata de un eslabón más en una cadena que nos acerca peligrosamente a los peores sucesos de la Alemania reunificada? Espero que sólo sea lo primero, un hecho aislado, y que la EMT, una empresa de servicio público, destierre las actitudes racistas de sus empleados y abra sus autobuses a todo el mundo.-
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