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Editorial:

La mancha del tránsfuga

No le va a ser fácil al PSOE de Aragón limpiar la mancha original que ha emborronado su acceso al Gobierno de esa comunidad autónoma. El voto del diputado tránsfuga del Partido Popular (PP), Emilio Gomáriz, ha desvirtuado y sumido en la sospecha una iniciativa democrática como es la moción de censura para cambiar el signo de una mayoría gobernante.Sin embargo, antes de rasgarse las vestiduras de manera un tanto precipitada y hasta hipócrita, como algunos han hecho, hay que delimitar y examinar críticamente las causas que provocan este tipo de situaciones nada beneficiosas para el sistema. Sin duda, el responsable del uso torticero de su voto, del fraude hecho a sus electores con el apoyo a una opción política distinta, es el diputado que no respeta tan elementales reglas de comportamiento político. Pero algún tipo de reflexión autocrítica debería haber provocado también en el PP el hecho de que un diputado elegido en sus listas se haya comportado de ese modo, si se tiene en cuenta que el transfuguismo suele ser, al margen de las ambiciones personales de quienes lo ejercen, un síntoma inequívoco de la existencia de serios problemas en los grupos o coaliciones que lo sufren. En lugar de ello, los dirigentes conservadores se han limitado a lanzar invectivas moralizantes contra los beneficiarios de la situación.

Hay que estar muy limpios para poder blandir con credibilidad argumentos de carácter moral en la política. Y es dudoso que lo esté un partido que pujó en el bochornoso espectáculo de la subasta del voto del diputado tránsfuga Nicolás Piñeiro e intentó la compra del voto del diputado de IU Miguel Ángel Olmos en su frustrada moción de censura para desalojar a los socialistas del Gobierno de la Comunidad de Madrid en 1989. O el precedente del caso Calviá, en el que dos militantes del PP intentaron sobornar a un edil socialista para ganar una moción de censura en el Ayuntamiento mallorquín.

Tampoco los socialistas aragoneses pueden hacerse los inocentes, como si el voto tránsfuga que les ha permitido acceder al Gobierno de Aragón hubiera caído del cielo. Si se decidieron a presentar la moción de censura contra la coalición gobernante del PP y del Partido Aragonés Regionalista (Par) es porque pensaban ganarla, y ello sólo era posible con la seguridad de ese voto. Aunque nada delictivo haya habido en el concurso de ese voto y sólo el convencimiento de que con él se servían mejor los intereses de Aragón, como adujo en su defensa el diputado tránsfuga, los socialistas aragoneses deberían haberse abstenido de promover una moción de censura que, por más justificada que pudiera estar, necesitaba de tan discutible compañía.

Con su actuación, además de contaminar su futura acción de gobierno con sospechas de ilegitimidad, los socialistas aragoneses han restado credibilidad a los propósitos de limpieza política enunciados por su secretario general, Felipe González, durante la última campaña electoral. Aunque se nieguen a admitirlo, el gobierno que van a ejercer en Aragón está basado también en votos que no les corresponden y cuya concurrencia se ha realizado violentando flagrantemente la voluntad de quienes los emitieron. De ese modo se facilita la perpetuación de la impresentable figura del tránsfuga en el escenario político y se da alas a quienes, elegidos en las listas cerradas y bloqueadas de un partido, persisten en conservar el escaño en caso de diferencias, e incluso lo ponen al servicio de una opción política distinta en lugar de renunciar voluntariamente a su mandato. Esta última es la única actitud decente para el elegido, además de la más respetuosa para los electores, por más que la ley, que no admite el mandato imperativo, ampare el derecho a conservar el escaño. Ésa debía haber sido la decisión del ex diputado popular aragonés Gomáriz.

Ciertamente, el comportamiento del diputado tránsfuga es responsabilidad suya, pero los socialistas aragoneses también tienen la propia en el afianzamiento de este tipo de conductas políticas nocivas para la democracia. Los problemas que justificaban el cambio de rumbo político en Aragón son graves: ingobernabilidad, conflicto permanente en el seno de la coalición PP-Par, gestión errática... Hay otros modos más limpios de hacerlos frente que la oscura concurrencia del voto de un fugado del partido contrario.

Los socialistas aragoneses no deberían olvidar que el declive del PSOE gallego se inició cuando accedió al Gobierno de Galicia con el voto tránsfuga del ex diputado aliancista José Luis Barreiro. No son casos iguales, pero en algo se parecen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de septiembre de 1993