Un niño de 13 años mató a su amigo con una piedra porque se metía con él

Juan José Ferrer desapareció un día del pasado agosto con apenas 10 años. Algunos vecinos le vieron aquella tarde con sus amigos, los hermanos Nano y Richi. Tras un año en que la policía no lograba alumbrar una sola pista, un niño de 13 años se confesó culpable espontáneamente ante los monitores de una acampada donde participaba en Castillo-La Mancha. Los educadoreds acudieron a los agentes y todos fueron al descampado, donde, tal como el chiquillo confesó, se hallaba el cadáver de su amigo. Le había matado con una piedra porque se burlaba de él y de su hermano pequeño.

FRANCISCO PEREGIL, El presunto niño homicida confesó que no podía soportar que Juanjo le arrojara a cada momento, durante casi todos los días, insultos como el de que él y su hermano no tenían madre. "Algunas burlas que nos parecen de risa a los mayores", indicó un policía cercano al caso, "para los chiquillos cobran mucha importancia. Lo que ha cometido es muy grave, pero supongo que el chaval ha debido de pasarlo muy mal hasta que estalló y les contó todo a los monitores".Los agentes encontraron el cuerpo sobre las diez de la noche del pasado domingo, a pocos minutos de su casa, entre la M-40 y el barrio de San Fermín, a la altura del kilómetro 6,200 de la autovía de Andalucía, según publicó ayer Abc. Tanto la víctima como su presunto agresor vivían con los respectivos abuelos. Juan José Ferrer nació el mismo día en que su padre moría en accidente de tráfico. Su madre adelantó el parto y al, poco tiempo le abandonó, según la versión de su abuela, Carmen Agudo Benítez, de 62 años, que fue quien pidió la tutela del chiquillo.

La abuela, limpiadora de ministerios y, cines como el del Palacio de la Prensa, lloraba en el hombro de su hija ayer. Y la hija de la abuela, tía de Juanjo, María del Carmen, 27 años y ojos claros, se mostraba segura de que había sido "el Nano" quien mató a su sobrino. Juanjo tenía ocho tías y un tío, pero fue María del Carmen quien más le trató, junto con la abuela.

Mutismo policial

Todos los familiares de Juanjo se afanaban ayer por denunciar la poca información que les había suministrado la policía. Se enteraron por este periódico de que un menor se había declarado culpable. "A nosotros", explicaba la tía, María del Carmen, "nos dijeron que podía tratarse de un accidente, que ya nos darían más datos en septiembre. A eso no hay derecho. Si le hubiera pasado al hijo de un policía lo tratarían de otra forma. ¿Qué pasa? ¿Que porque somos gente humilde y trabajadora no nos merecemos el mismo trato que los demás? Casi ningún periodista se había interesado por el niño, y ahora vienen todos de golpe".

Fuentes policiales indicaron que ese retraso en la información se determinó como medida preventiva ante posibles represalias contra los niños y sus familiares.

Cuando los informadores preguntaban a María del Carmen y sus hermanas por la madre de Juanjo, respondían: "Ésa es una drogadicta feriante, sabe Dios dónde andará. Al enterarse de que había desaparecido el crío vino aquí diciendo 'mi niño, mi niño...', pero no volvimos a saber nada de ella".

José Alonso, el conserje del colegio República de El Salvador, donde se hallaban matriculados los tres niños (Juanjo, Nano y Richi), explicó ayer que Juanjo era muy travieso, que se le notaba la falta de unos padres, que andaba siempre subiéndose a las alambradas y a las cisternas, pegando a otros chiquillos. "Yo le tenía aprecio al chaval. Un día me dio mucha pena porque me preguntó: '¿Usted está casado?'. Le dije que sí. '¿Y tiene hijos?'. También le dije que sí. '¿Y mujer?'. 'Claro que sí, hombre', le contesté. Y el pobre me preguntó: '¿Y se quieren?'. Cuando le respondí que sí, el chavalillo se quedó callado".

En cuanto a la personalidad de Nano, el conserje explica que se trataba del típico niño que lograba involucrar a los demás y quedarse al margen de los problemas. "Y es guapo el muchacho, muy guapo. El Nano tiene 13 años, pero un cuerpo de hombre, con muy buena percha". Un familiar de Juanjo relató anoche que Nano se delató en la acampada cuando otro niño se peleó con él. Nano le dijo: "No me cabrees, que he matado a otro y te puedo matar a ti".

Nano y Richi viven con sus abuelos en el quinto piso de una casa con patio interior recién pintado en blanco y azul, baldosas que se levantan al andar, ladrillos a la vista y puertas abiertas todo el día para que corra el aire. La puerta de la casa de Nano era una de las pocas cerradas. No había nadie allí. "Se los ha llevado la policía en un taxi", explicaba un familiar del niño muerto, "porque saben que si continúan en el barrio les puede pasar algo malo, porque la gente está con nosotros. Alguien que mata a un crío de 10 años puede hacer lo mismo con otro más pequeño".

El chiquillo desapareció el pasado 8 de agosto. Nano y Richi fueron a buscarle a casa para dar una vuelta. Los hermanos llamaron a su abuelo tiempo después para que acudieran a recogerlos al barrio de San Fermín. Ni el abuelo ni los niños supieron decir dónde estaba Juanjo. "Eso es muy raro", se quejaba ayer un tío de Juanjo, "porque si yo me voy con usted, y de repente no me vuelven a ver más, usted tiene que saber en qué momento me ha visto por última vez".

Los familiares de Juan José creen que alguna persona adulta ayudó a los chiquillos a enterrar el cadáver. Mientras insistían ayer en que la autopsia ha de hacerse rápido, y mientras se quejaban de que la ausencia de Juanjo no había causado el revuelo que otras desapariciones de niños con más dinero, la abuela, Carmen Agudo, miraba con sus ojos verdes a todos y lloraba a ratos aturdida por la llegada de una noticia que todos intuían desde hace muchos meses.

Llamadas anónimas

Durante el tiempo transcurrido, las tías del niño muerto recibieron llamadas anónimas de otros niños que les informaban de que Juanjo se encontraba en el hipermercado Pryca, o que lo tenía un hombre escondido en un sótano y que le maltrataba todas las tardes, o que andaba con un feriante. Precisamente ésta fue la explicación que dio a la familia el supuesto adivino Rappel, quien les cobró por ello 12.000 pesetas. La abuela del chiquillo se ha gastado más de 100.000 pesetas en visitar a decenas de videntes que aseguraban ver con vida al niño.

Algunas vecinas de Nano se arremolinaban ayer en tomo a María del Carmen diciendo que desde que desapareció Juanjo no dejaron a sus hijos jugar con Nano. Los comentarios se disparaban conforme hablaba la gente con la tía del fallecido. "A lo mejor", imaginaba María del Carmen, "les dijo a sus asesinos 'no me matéis, dejadme ver a mi abuelita". "Eso que ha hecho tiene que estar bien castigado", apostillaban algunas madres.

La pena más grave que puede asignarse en España a un muchacho menor de 16 años es la de dos años en un centro de reforma. La jurisprudencia española ha conocido varios casos en que algún adolescente se libró de al menos dos años de cárcel por homicidio frustrado al cometer el delito varios meses antes de cumplir los 16 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 27 de julio de 1993.

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