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Crítica:TEATRO

Zorrilla y el romanticismo por naturales

El rey don Sebastián, de Portugal, desapareció en la llamada batalla de los tres reyes, de Alcazarquivir; se mantuvo la leyenda de que estaba vivo y oculto esperando el momento de redimir su país del dominio de Felipe II. A este fenómeno histórico de la suposición del regreso de un salvador se le ha dado el nombre de sebastianismo (no lo recoge la Academia; está en algunos diccionarios de Espasa-Calpe y en el Larousse de historia universal).En España se fijó la leyenda en un pastelero de Madrigal al que se juzgó y ejecutó por impostor; pero pudo ser que se le matara precisamente por ser el monarca legítimo. Hubo novelas, obras de teatro: Traidor, inconfeso y mártir fue la aportación de Zorrilla a la leyenda; y al romanticismo de después de Larra, quizá el mejor. Su Tenorio es una de las grandes obras de la literatura española de todos los tiempos. Esta otra es menor: menos ripioso su verso, menos impetuosa su acción; menos romántica, por decirlo así, con lo cual pierde.

Traidor, inconfeso y mártir

De José Zorrilla (1849), revisada por José María Rincón. Intérpretes: Charo Vázquez, Raquel Abella, Julio Tejela, Belén Martín, Encarna Gómez, Luis Prendes, Juan Carlos Naya, Fernando Delgado, Félbi Navarro, Yolanda Arístegui, Manuel Gallardo, Emilio Traspas, Vicente Haro, Roberto Noguera, Pedro García. Escenografía: Gil Parrondo. Figurines: Artiñano. Música: García Segura. Dirección: Gustavo Pérez Puig. Teatro Español, 13 de mayo.

Gustavo Pérez Puig, al representarla ahora en la versión póstuma de José María Rincón -muerto hace un mes-, tiende también a reducir su romanticismo; a una cierta naturalidad, a hacer el verso coloquial y directo. No estoy seguro de si eso es bueno o malo. Resalta, en cambio, una creación de personaje que Zorrilla intuyó: ese rey / pastelero burlón, humorista ante el tormento y la muerte, incrédulo, con un amor oscuro y una vida misteriosa, que llega a producir el efecto de que no es humano. Un tipo moderno.

Verso sonoro

Es lógico que Zorrilla no llegase más allá y que Pérez Puig tampoco deba acentuarlo. Pero ese aventurero (con algo de Don Juan, aunque no en lo amatorio) es lo que más parece (a mí, al menos) en esta versión. Naturalmente, Zorrilla no tiene en cuenta la historia real del pastelero, ni respeta ese gran misterio (en una confesión póstuma, le hace declararse rey), ni le importa nada más que construir una obra de teatro con las características necesarias de la época, con las situaciones bien estudiadas y con el verso sonoro; con resonancias de su propio Tenorio en algunas situaciones (la llegada a la posada de sucesivos embozados) y en algunos versos. No es una obra desdeñable, aunque ignoro qué sentido puede tener representarla hoy.Queda dicho que el director ha dado tono moderado a la obra y, por tanto, a los actores; y añadido que los mayores del reparto -Prendes, Fernando Delgado, Félix Navarro- tienen más calidad en el verso y la apostura, que Manuel Gallardo juega bien la gallardía y el incógnito de su personaje, y que entre todos recuperan esta obra olvidada en los escenarios (probablemente, por la inutilidad de su representación).

Gustó al público, tan municipal, del estreno, y el director Gustavo Pérez Puig y sus colaboradores en una puesta en escena sin riesgos ni aventuras salieron a saludar con los intérpretes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de mayo de 1993

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