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Tribuna:

Cultura

Conozco a una mujer de 62 años que nunca tuvo la oportunidad de estudiar y que el año pasado empezó a ir a la escuela: esto es, a uno de esos centros de educación permanente de adultos. Son gratuitos y dependen del ministerio; dan cursos de EGB, de alfabetización, de formación profesional. E incluso cursillos de arte o de literatura. Mi amiga está aprendiendo a hacer cuentas, a escribir correctamente; disfruta estudiando y ambicionaba conseguir algún día el título de graduado escolar. Pero no podrá hacerlo, porque, por lo visto, estas escuelas van a desaparecer. Mejor dicho, se van a convertir en otra cosa: en centros tutoriales para la educación a distancia, que es un tipo de enseñanza para adultos que el ministerio quiere potenciar: "Y la formación a distancia está muy bien, sí, pero no sirve para la gente que se encuentra en los primeros niveles educativos", se lamenta uno de los profesores del centro de mi amiga. Toda esta palabrería, lo sé, suena muy funcionarial, aburridísima: centros tutoriales, niveles educativos... Pero por debajo de estas frases tan grises hay una muchedumbre del color de la carne, hombres y mujeres cuya única oportunidad para aprender, para crecer interiormente, tal vez para cambiar de vida, son estos modestos y eficaces centros para adultos. En el de mi amiga hay más de 500 alumnos: y eso que éste es un año bajo de asistencia. ¿De verdad van a cerrar las clases del centenar de centros de este tipo que el ministerio posee en el país? ¿De verdad les parece rentable ahorrarse la miseria que seguramente pagan a los profesores? Luego, eso sí, hablamos mucho todos de cultura y organizamos festivales rutilantes con despendolados presupuestos. Pero para una vez que hay algo que de verdad funciona, por poco dinero y calladamente, vamos y nos lo cargamos. Será por eso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de abril de 1993