Yo, Claudio
Hace una semana escribíamos desde Sevilla sobre la apoteosis de Claudio Abbado y los Filarmónicos Vieneses (EL PAÍS, 9 de septiembre), que anteayer se ha repetido en Madrid con el mismo programa, salvo la propina, que aquí fue la obertura Leonora III, de Beethoven. En la Sinfonía opus 100, militar, de Haydn, y en la Primera, de Mahler, todo resultó como en la Maestranza, aunque me parece que el maestro, a la vista de la acústica del auditorio madrileño, moderó un poco los tiempos, lo que revela su agudeza de oído.Desde el comienzo de su carrera -Abbado dirigió en Madrid en 1965, el mismo año de su primera actuación con la Filarmónica de Viena por invitación de Karajan-, el director milanés pareció absolutamente seguro de su camino y de las bases que sustentarían su estilo. Incluso las expresó en palabras con rara precisión cuando escribió: "El proceso creador de una interpretación no es sino el resultado final de una larga prospección a través de la obra que se interpreta. Difícil es decir en dónde se sitúa el límite entre la inteligencia, el instinto y la intuición, pero creo indispensable el dominio del instinto". No cabe más resumida lección acerca de la interpretación entendida como proceso creador.
El instinto de Abbado tiende hacia la naturalidad. Así, su transparente y expresivo análisis de Haydn o su concepto supermusical y cotidiano de su Mahler. Con Abbado, el profesor Freud, el mismísimo Adorno y sus largas proles, tantas veces enojosas, ingresan en el paro para ceder su puesto a la pura música, quizá porque sus vivencias de esa trascendencia de lo vienés que es Mahler en su Primera sinfonía proceden de los días juveniles en los que, junto a Zubin Mehta, hacía coro en la capital austríaca. Quizá también porque siente como vida y no como especulación filosófica ese ir y venir de lieder, aires de danza y temillas suburbiales que Mahler somete a original unidad narrativa para coronarlos en soberbias explosiones lírico-patéticas.
Hay aire, mucha luz, perspectivas y alta cantabilidad en el Mahler de Abbado, quien, desde hace años, ha cumplido la curva decisiva en el desarrollo de una personalidad artística que va del evidente talento a la afirmación, con potencia creativa, del maestro de hoy. Antes era el nuevo y gran Abbado, de la saga de los Abbado, músicos de Italia; hoy, desde el podio y sin pedantería vanidosa, parece airear una divisa: yo, Claudio. Poco hay que detallar sobre la Filarmónica vienesa, una leyenda hecha historia y mantenida, a través del tiempo, por los herederos de la mejor tradición sinfónica europea, rigurosa, viva, cantarina y ágil, con la que Claudio Abbado se identifica plenamente o al contrario. Tanto monta.
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