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Tribuna:

¿Seguro?

En incómoda coincidencia, aparecen en el mercado de la credulidad los datos de Amnistía Internacional sobre la supervivencia de la tortura en los subsuelos del Estado demócrata español y la protesta de familiares, allegados, intelectuales y políticos catalanes sobre los malos tratos recibidos por algunos de los implicados en la sorprendente razia de Terra Lliure, que más parece gran liquidación por rebajas de fin de temporada. Casi sin tiempo para investigar sobre la verdad del informe o de las protestas, el fiscal general ha declarado que en España casi no se tortura y los casos conocidos son perseguidos, y el director general de la Guardia Civil ha acusado a los detenidos de Terta Lliure de mentir y a uno de ellos de autolesionarse, sin otro motivo aparente que crearle problemas al señor Roldán.Resulta tan asquerosa la simple posibilidad de que un Estado democrático torture que las almas sencillas tienden a rechazar la simple sombra de sospecha sobre esa posibilidad. Además está Garzón por medio, el juez de la buena prensa, y en los tiempos que corren en algo y en alguien hay que creer. Al margen de la evaluación desde una perspectiva política preolímpica y admitiendo el derecho del juez Garzón a no contar con otra lógica que la judicial, los hechos y los actos son los hechos y los actos, y algunos detenidos denuncian malos tratos, así como grotescas estrategias de registro y algún que otro caso de ocultación de "retención". Veremos lo que queda de este globo cuando se deshinche, pero de momento queda el terror que empieza a inspirarme un director general de la Guardia Civil con una fe ciega en la obediencia democrática ciega de todos, absolutamente todos sus subordinados, incapaz de preguntarse qué puede llevar a un detenido a la autolesión como no sea forzar por sí mismo el límite de desesperación al que le están llevando los otros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de julio de 1992