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Otra vez

Hay temas que aun antes de abordarlos ya te producen un entumecimiento en la punta de los dedos tecleadores y una congoja de ánimo. Porque son problemas que te parece haber discutido demasiadas veces, y tan evidentes en su gravedad y en la urgente necesidad de solución que piensas que ya deberían estar resueltos hace muchos años.Uno de estos asuntos es el del aborto. Se hizo una ley y resultó una pifia. Porque el articulado ya era en sí alicorto y medroso, pero luego resultó además lastrado por esa caterva de violentos censores de .la moral ajena, por el peso muerto de los reaccionarios. Por esos niños imberbes que nada saben aún del sufrimiento y que siguen reuníéndose de cuando en cuando ante las clínicas para gritar insultos y tópicos mostrencos. Y así, abortar en España es a menudo una odisea.

Habrá que volver a repetir que el aborto es un recurso último siempre penoso y a menudo tremendo. Las mujeres que ahora pedimos la ampliación de la ley del aborto somos quienes mejor sabemos el trauma que conlleva. Pero por eso hay que liberarlo del castigo social y proteger legalmente a las mujeres para que puedan ejercer un derecho elemental: ser dueñas de su propio destino. Y en cuanto a esos abstrusos y manipuladores argumentos de los antiabortistas sobre el alma humana de un puñado de células, ¡por favor!, seamos serios. En fin, si los hombres parieran, todo estaría arreglado. No hay más que ver lo que sucedió hace poco en Estados Unidos con los embriones que un matrimonio había congelado. La pareja se divorció, y el hombre, contra la voluntad de su mujer, quiso deshacerse de los embriones. ¿Y qué creen ustedes que sucedió en esos Estados Unidos últimamente tan puritan os, donde hay en marcha una feroz cruzada contra el aborto? Pues que simplemente los tiraron.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 26 de junio de 1992.