Adaptación cansina
Billy BathgateDirector: Robert Benton. Guión: Tom Stoppard. Fotografia: Néstor Almendros. Música: Mark Isham. Intérpretes: Dustin Hoffman, Loren Dean, Nicole Kidrnan, Bruce Willis. Estreno en Madrid: Pléyel, Excelsior, Multicines Picasso.
De un tiempo a esta parte, la imagen de la mafia tradicionalmente mostrada por el cine americano ha ido dando paso a reflexiones de mayor calado, a caleidoscópicas aproximaciones a un mundo ciertamente cruel, pero dotado de un complejo código de honor y unas normas de conducta sanguinarias pero peculiares.
El último eslabón en la cadena de filmes sobre la mafia lo aporta el otrora brillante y respetado Robert Benton, figura clave en el cine americano de los ochenta, hoy confinado a una situación incómoda por los reveses sufridos por sus últimos trabajos, especialmente Nadine, su película anterior. Billy Bathgate tiene, sobre el papel, una brillante nómina de profesionales empleados: desde el checobritánico Tom Stoppard, uno de los más dotados guionistas europeos, hasta el oscarizado Néstor Almendros, por no hablar ya de sus bazas mayores, la pareja Hoffman / Willis, más el agregado de la emergente Nicole Kidman.
Así las cosas, Benton se propone la adaptación de la novela de E. L. Doctorow, escritor apasionante que ha hecho de la reconstrucción histórica y de la memoria personal el principal motivo de su producción literaria, con resultados siempre brillantes. Pero a pesar de tan inobjetable e incluso envidiable nómina de empleados, lo cierto es que Billy Bathgate se queda siempre decididamente lejos de lo que cabría esperar de tal despliegue de talento. La acción del filme se sitúa en los años de la Depresión y gira alrededor de un gánster tan notorio como Dutch Schultz, muerto a manos del astro emergente del crimen organizado, el despiadado Lucky Luciano.
El filme explota el gran hallazgo de la novela, que no es otro que el desplazar todo el protagonismo hacia un hombre de improbable historicidad, el B. B. del título, un hijo de la miseria proletaria que sólo aspira a ingresar en la nómina del capo Schultz. Inocente hasta el fin, Billy será una suerte de cronista involuntario no ya de la gloria del hampón, sino de su triste, incomprensible decadencia. Sus ojos testimonian todo el absurdo y la brutalidad del submundo maficiso, aunque, paradójizamente, el suyo sea un destino del todo inopinado.
Toda la peripecia de Billy es mostrada con una notable frialdad, casi con desgana. Se diría que la única preocupación de Benton y de sus colaboradores es la de hacer creíble (como en la novela) el espacio fisico, la recreación de los turbulentos treinta, y no el retrato moral que indudablemente debe proponer el filme. Así, Schultz aparece como un ser frío, una especie de burócrata del crimen, más preocupado por los honorarios de sus abogados que por el negocio mismo, o por la infaltable Jemme fatale que hereda, es un decir, de un traidor al que da cumplido paseíllo final y que compartirá fugazmente con Billy. Tampoco parece preocupar mucho a Benton la tensión dramática que debe necesariamente alimentar, de ahí que la película aparezca a ratos cansina e incluso reiterativa.
Lo único destacable en este filme irregular y desangelado es su impecable factura técnica, en especial el decisivo trabajo de fotografía de Néstor Almendros.
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