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Acerca del estado de la nacion

No, no puedo estar de acuerdo con la afirmación de que nosotros, los alemanes, seamos "una nación que en realidad ya no quiere serlo" (como dijo recientemente el historiador Christian Meier, de Múnich). Es cierto que algunos intelectuales llevan bastante tiempo tratando de convencemos para que renunciemos voluntariamente a nuestra identidad nacional, diciéndonos que es anacrónica, tratando de convencernos de que renunciemos a la unidad de la nación en aras de la paz, afirmando que, de todas formas, el deseo de unidad no era sincero.Pero estos inteligentes liberales de izquierdas sólo hablaban en nombre de algunos de su especie, que -como puede comprenderse a la vista de nuestra historia- tenían dificultades para identificarse con su propio pueblo. Es un hecho que los alemanes -ya sea en Leipzig o Weimar, al este o al oeste de la puerta de Brandeburgo, en Hamburgo o Heidelberg- nos sentimos miembros de la nación común, por los mismos motivos que los polacos o los húngaros, los estones, letones o lituanos, o los franceses, holandeses o británicos.

Sí, es verdad: el Estado-nación no puede ser considerado, ciertamente, el máximo valor, pero sigue siendo una necesidad psicológica en toda Europa. Donde las naciones están integradas en Estados existe un peligro para su libertad y para la paz.

Cuando cayó el muro, el 9 de noviembre de 1989, y se vislumbró la unidad de la nación, casi todos los alemanes sintieron una profunda felicidad no conocida en lo que iba de siglo, y el sentimiento fue similar cuando el 3 de octubre de 1990 quedó sellada la reunificación.

Hoy, un año después, debemos preguntarnos qué hemos hecho hasta ahora de nuestra felicidad. ¿Estamos en el buen camino para la unidad interna? ¿Hemos invitado a nuestros vecinos a participar sin preocupaciones de nuestra felicidad? Es imposible contestar sinceramente a estas dos preguntas sin expresar importantes dudas.

Tanto en nuestra dirección política como en nuestra opinión pública falta la conciencia de las repercusiones europeas de nuestra unificación estatal. Tenemos más vecinos que los otros pueblos de Europa, por eso nos es especialmente dificil convivir con todos ellos en concordia. Casi todos nuestros vecinos recuerdan no sólo la megalomanía del lcáiser Guillermo II, sino, sobre todo, los crímenes cometidos durante las conquistas de Hitler.Por ello, tanto la Comunidad Europea como la OTAN han tenido desde el principio no sólo la función de garantizar la seguridad frente a la Unión Soviética, sino también la seguridad frente a Alemania mediante la vinculación de la República Federal, que contaba entonces con 50 millones de habitantes. Hoy, la Alemania unificada tiene una población de 75 millones, pronto quizá 80 millones de personas, cerca de vez y media más que Francia, Italia o el Reino Unido, el doble que Polonia y cinco veces más que Holanda. La desconfianza hacia Alemania crece, aunque de momento no se exprese públicamente.

Y nosotros hemos dado pie a ello en más de una ocasión. Comenzó el 29 de noviembre de 1989, cuando el canciller Kohl presentó públicamente su plan de 10 puntos para la reunificación alemana sin ningún tipo de consulta previa con el presidente Mitterrand. Continuó cuando trató de aplazar hasta el último momento el reconocimiento legal de la frontera polaco-alemana. Ambos errores apenas fueron criticados en Alemania, pero los daños en Francia y Polonia fueron significativos. Los gestos simbólicos en cementerios Militares o en Auschwitz no sustituyen a una política. Francia y Polonia continúan siendo -por motivos históricos y geográficos- nuestros vecinos más importantes. Los disturbios antipolacos en el Oder envenenan las relaciones entre Alemania y Polonia, y más todavía lo hace la palabrería ilusoria sobre una función de puente con la Unión Soviética, o Rusia, para Alemania. Y las enormes ayudas financieras a Moscú no sólo irritan a los polacos, sino también a los franceses y a otros europeos.

Nuestra diplomacia de talonario hacia diferentes puntos cardinales despierta deseos que no podemos hacer realidad. También provoca envidia y fomenta la preocupación por nuestra fuerza económica. La reciente vinculación, hecha por Kohl, de la unión monetaria europea a la unión política de la Comunidad Europea (como si el futuro banco central europeo no tuviera que ser precisamente independiente de las instituciones políticas) no puede sino levantar sospechas de que en realidad no queremos una moneda común, sino una posición dominante del marco alemán y de las instituciones financieras alemanas -una especie de segundo Japón a finales de los noventa- "No es extraño que los socios europeos de Alemania estén confusos y preocupados" (Ralf Dahrendorf).

Otros ejemplos del descuido y soberbia de Bonn, si bien menores, son nuestras cambiantes posiciones que ponen en peligro la solidaridad europea, como ha ocurrido en la guerra contra Irak o la guerra entre serbios y croatas. La indecisión de Bonn en lo que atañe al futuro del Bundeswehr (Ejército alemán) contrasta muy negativamente con la brillante iniciativa de Bush para el desarme parcial unilateral.

Cuanto mayor es el peso de la República Federal en comparación con nuestros socios, con tanto mayor cuidado debemos movemos. ¡Nada sin nuestros socios, todo lo posible junto con ellos! Sólo la acción común con Francia y Polonia puede superar las reticencias y preocupaciones.

El balance interno después de 365 días muestra, en palabras del político alemán oriental Wolfgang Thierse, "...un miedo creciente a la pérdida del propio... nivel material, social, de civilización y de cultura en el Oeste..., una sensación generalizada de agobio.... miedo a un futuro abierto..., inseguridad existencial en el Este". Como el canciller Kohl sigue propagando un optimismo irresponsable y promete un éxito inmediato y fácil, la desilusión ha comenzado a aparecer en la gente del Este y del Oeste.

Habría sido mucho mejor, y en cualquier caso una obligación moral, haber apelado el 3 de octubre de 1990 a la solidaridad de los alemanes occidentales, haberles dicho que tenemos ante nosotros una década de restricción y decir a los ciudadanos del este del país, con la misma claridad, que les espera una década de difícil adaptación. Todavía no es tarde para esta sinceridad en ambas direcciones. ¿Por qué no un gran inventario sincero -algo que ha faltado hasta ahora en las agen-

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Acerca del estado de la nación

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das- "acerca de¡ estado de la nación", junto con claras directrices para el año próximo? En 1992 podría, por primera vez, interrumpirse la recesión de la economía en los nuevos lánder para dar paso a un pequeño crecimiento: ¿qué hace falta para ello?, ¿qué hace falta en la Administración, la justicia, las universidades?

Los occidentales deben oír del Gobierno federal lo que están haciendo mal. La autosuficiencia de los occidentales degrada en ocasiones a los orientales a ciudadanos de segunda categoría. "Las personas que vienen a dar lecciones son sumamente impacientes y arrogantes, y aparecen junto con numerosos delincuentes y personajes dudosos" (Christian Meier). No podemos permitir la falsa impresión de que en lugar de la dictadura de un partido existe ahora la "dictadura del dinero" (Dieter E. Zimmer). Tampoco tenemos derecho a reprochar a los alemanes que vivieron sin interrupción bajo dictaduras entre 1933 y 1990 el haber sido "engañados y desinformados" (Richard Schróder). Nuestros tribunales no pueden dejarse llevar por la "justicia de los vencedores". La hipocresía occidental a veces es repugnante. Klaus von Dohnanyi tiene razón: deberíamos abandonar nuestros aires de superioridad frente a antiguos nazis o comunistas, deberíamos mirar hacia delante.

El "derecho moral a la representación única por parte de Alemania occidental" (Robert Leicht) no tiene razón de ser. Querer quitarles a las mujeres de los nuevos länder las regulaciones de plazos y su capacidad de decisión es una insolencia. El intento de quitarles a las enfermeras orientales los años de servicio que se ganaron a fuerza de un trabajo tan duro como el suyo fue denigrante en exceso, me avergoncé de mi propio sindicato.

Y si hace meses que los políticos y los medios de comunicación ya no proporcionan ayuda práctica a los refugiados políticos, por la masiva malversación de la Constitución, mientras la televisión no para de emitir cada noche programas en los que abundan la violencia y los asesinatos, no hay por qué extrañarse, pues, de que se produzcan reacciones extremas. Y dado que el extremismo de izquierdas está actualmente desacreditado, las emociones se vuelven hacia el extremismo de derechas, desde Hoyerswerden hasta Bremen.

El que crea que sólo los alemanes del Este tienen algo que aprender se equivoca. ¡También los alemanes del Oeste tienen, que cambiar! Sólo si ambos avanzamos al encuentro del otro llegaremos a ser una nación en cuerpo y alma, como declararon desear en 1989 los manifestantes en Leipzig. Por supuesto, no deja de ser verdad que los alemanes del Este tienen mucho que aprender. A ellos les esperan aún muchos años difíciles. ¡Pero ésa es justamente la razón por la cual nadie debe herir su amor propio y su orgullo!

La ley, en el artículo 1 de la Constitución, que insta a no vulnerar la dignidad del hombre, no sólo tiene vigencia para el Estado, sino para todos, tanto para la prensa como para la televisión y los políticos. Hace poco, un periódico tan importante como el Frankjúrter Allgemeine Zeitung exhortaba a los alemanes del Este a que "no olvidaran y desplazaran la libertad... que obtuvieron tan de repente", al tiempo que les reprochaba que se comportaran de manera "muy llorosa y alemana". Pero tanta arrogancia para con los alemanes del Este no es menos contraproducente que la insoportable frase que se formuló hace unos años en un texto sobre la así llamada Streitkultur (cultura del enfrentamiento), según la cual "la SED y la SPD no ponían en duda su mutua existencia". Cuanto más se empeñen nuestro aparato publicitario y nuestra política interior en poner en primera plana a figuras tan efímeras como Schalck-Godlowski o Wolf, o el despido necesario de personas que desde su posición en la Stasi (policía del Estado) u otras instituciones de la antigua RDA habían puesto en apuros a otras personas, más oscureceremos el verdadero tema crucial.

Ya nos previno proféticamente hace una generación Kurt Schumacher, en su último discurso público: "La reunificación alemana "sólo puede llevarse a cabo a través de un esfuerzo común y una aceptación conjunta del riesgo por parte de todas las regiones alemanas"; además, Schumacher había advertido con insistencia del peligro que suponía negarle la solidaridad humana a los alemanes del Este, una solidaridad "a la que tenían derecho".

El estado de la nación está infinitamente mejor de lo que ha estado nunca desde 1933: todos los alemanes son libres; todos son iguales ante la ley; nosotros hemos votado a nuestro Gobierno, y podemos votar a otro; no tenemos por qué temer ninguna violencia estatal; nuestro nivel de vida es, en general, más elevado que nunca; no nos vemos amenazados por ningún peligro externo. Al mismo tiempo, existen considerables peligros en nosotros mismos que tenemos que reconocer y a los que tenemos que enfrentarnos. Para ello precisamos de un mayor grado de solidaridad, tanto dentro de nuestra nación como por parte de nuestros vecinos en Europa. No hay ninguna razón para tener miedo, pero tampoco para sentirnos indebidamente satisfechos.Helmut Schmidt fue canciller de la República Federal de Alemania. En la actualidad es editor de Die Zeit.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0004, 04 de octubre de 1991.

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