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Tribuna:

De Dostoievski a los hermanos Marx

Un principio de Dostoievski, y un final de los hermanos Marx. Lo que comenzó el lunes como cenit de la lucha entre la luz y las tinieblas en la segunda revolución soviética acabó en farsa el miércoles cuando los aspirantes a golpistas abandonaron el poder y la dignidad, escapando a toda prisa en dirección al aeropuerto.Con este intento de establecer una junta KGB-militar para gobernar una superpotencia nuclear, el Comité Estatal de Emergencia ha demostrado, incluso a sus propios miembros, que ya no es 1964. La sorpresa ante este descubrimiento parece haber inducido a los golpistas a anunciar la recuperación milagrosa de Mijaíl Gorbachov.

En octubre de 1964, una decisión del partido comunista fue suficiente para forzar a Nikita Jruschov a abandonar el poder. El peso de la maquinaria del partido y el miedo que inspiraba bastaron para que las palabras se convirtieran inmediatamente en hechos, como un mago que pronuncia las palabras mágicas y hace desaparecer a un secretario general ante los ojos del mundo.

Los sabuesos del KGB que organizaron la destitución de Gorbachov parecían convencidos de que las reglas de Moscú, en vigor durante 30 años, seguían dominando en la Unión Soviética. No siguieron los pasos que los militares africanos (y los amigos de Bush en el Politburó de Pekín) saben que hay que seguir en estos casos, como, por ejemplo, cerrar los aeropuertos internacionales, desconectar las comunicaciones internacionales y proceder a la toma física de las sedes de los medios de comunicación. El Comité Estatal de Emergencia creyó que una pequeña demostración de fuerza y su pronunciamiento serían suficientes.

No tuvo en cuenta cuánto había disminuido el miedo al partido, e incluso al KGB, gracias a los cambios iniciados en la era Gorbachov. Los golpistas tampoco vieron cuán fuerte era la legitimidad popular establecida por el líder ruso, Borís Yeltsin; el alcalde de Leningrado, Anatoli Sobchak, y los medios de comunicación modernos e independientes.

Los conspiradores permitieron que Bush transformara su inclinación por las conversaciones telefónicas con sus homólogos políticos en un arma que podría volverse contra ellos. La llamada telefónica de Bush al presidente de la Federación Rusa desencadenó otras por parte del primer ministro británico, John Major, y del presidente francés, François Mitterrand. Los líderes occidentales que anteriormente mostraron cautela o rechazo ante Yeltsin de pronto estaban ansiosos por llegar a su corazón antes de que lo hiciera el KGB.

Pero, a pesar de su grotesco final, el fracasado golpe cambiará la historia soviética a la vez que refleja los cambios que ya han tenido lugar. La realidad esencial es que las repúblicas a las que Gorbachov permitió desarrollarse constituyeron los polos de resistencia al intento de tomar el Kremlin. Lo que Gorbachov estaba dispuesto a dar a las repúblicas en la forma de una mayor soberanía, ellas se lo ganaron esta semana sin él.

Los líderes de Georgia utilizaron el golpe para ganarse el reconocimiento internacional de la independencia de su república y para hacerse con el control de las fuerzas policiales. Estonia proclamó su independencia, y Moldavia, su intención de abandonar la Unión si el golpe triunfaba.

Pero, obviamente, Yelsin es quien más ha ganado. Al hacer fracasar el golpe, el presidente de la Federación Rusa se ha establecido como el líder político más fuerte y popular de la Unión Soviética. Gorbachov será restaurado en el poder, igual que fue restaurada en Francia la dinastía de los Borbones -como meras figuras y encantadas con su papel-. Gorbachov se ganará la compasión, pero Yeltsin gana poder.

Yeltsin rescató a Gorbachov de sus propios ayudantes. Los golpistas han destruido la autoridad de Gorbachov, que es lo que pretendían. Pero se la han transferido a Yeltsin, que era el verdadero blanco de este golpe.

La forma en que Yeltsin, sus seguidores y los líderes occidentales se unieron para evitar que el reloj diera marcha atrás es digna de alabanza. Como parece haber tenido un final feliz, es tentador pensar que el episodio resolverá de una vez por todas la situación en la Unión Soviética y pondrá al país en el camino hacia la democracia y la recuperación económica. Los más optimistas incluso podrían llegar a decir que esta intentona golpista del KGB demuestra que el mundo industrializado ha superado al menos los días de las ocupaciones leninistas y el envío de tanques a la plaza como medio para resolver las disputas políticas.

Pero el colapso económico soviético y los otros legados de más de 70 años de dictadura sugieren que el intento del Comité Estatal de Emergencia por hacerse con el poder podría ser sólo un asalto más del combate. A menos que Yeltsin pueda llevar a cabo una purga y alejarles del poder real, los halcones convencidos podrán sacar de este final conclusiones muy diferentes a las de los que se sienten animados por él.

El descubrimiento por parte de los conspiradores de que ya no es 1964 significa que esta clase de golpe no se repetirá. Los golpistas no han podido -o no han querido- en esta ocasión romper los huevos que necesitaban para la tortilla. Gorbachov y Yeltsin tienen ahora que hacer frente al peligro de que, en caso de haber una próxima vez, los golpistas disparen primero y lo anuncien después.

Jim Hoagland es periodista estadounidense especializado en cuestiones del Este de Europa. Copyrihgt The Washington Post.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de agosto de 1991