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Tribuna:

Paripé

Escenario: una farmacia española de lo más normal, con los escaparates y las estanterías repletos de productos adelgazantes, medias antivarices, laxantes naturales, cosmética hipernutritiva, potitos, patitos de goma, sonajeros, fajas ortopédicas, champúes y cremas suavizantes, humidificadores de ambiente, pulseras magnéticas, zapatitos de bebé, extractos de caviar anticelulítico, vibradores para masaje corporal, pendientes antialérgicos, zapatillas para pies planos, plantillas antisudores, desodorantes leales, colonias y extensores para afirmar los pechos, entre algún que otro medicamento.Tema: la sospecha. La persona que está detrás del mostrador puede pensar que la persona que llega para hacerse la prueba de la rana quiere abortar a continuación. Y la persona que quiere abortar a continuación de hacerse la prueba de la rana sospecha que la persona que está detrás del mostrador sospecha que quiere abortar después de hacerse la prueba de la rana. Esta última, entre tanto, permanece en la trastienda, con el anca en vilo. ¿Qué hacer?

Hay que entrar disimulando. Ella -la que entra- debe hacerlo tricotando alegremente, y, a ser posible, acompañada por dos amigas que también sonríen con esperanza:

-Uno del derecho, uno del revés -canturrea- Embarazada, ¡ay, qué ilusión!

Amigas (a dúo):

-¡Ay, qué ilusión! ¿Será una nena, será un varón?

Acto seguido, mientras la interesada solicita el test como al desgaire, las tres se enzarzan en una amena charla sobre los preparativos para el bautizo, nombres elegidos, y así. Incorporar un hombre a la comedia suele dar mucha credibilidad.

Y sí no cuela, siempre se puede tener el bebé, meterlo en una bolsa de basuras y arrojarlo a un vertedero. En las farmacias venden unos estupendos desinfectantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de mayo de 1991