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DESAPARECE UN REVOLUCIONARIO DEL TEATRO

Tadeusz Kantor no volverá jamás

El artífice del 'teatro de la muerte' fallece en Cracovia a los 75 años

El autor, director de escena, pintor, escenógrafo y figurinista polaco Tadeusz Kantor, nacido en Wielopole en 1915, falleció en la madrugada de ayer en Cracovia a causa de un infarto de miocardio. Europa occidental le había descubierto en 1975 con su espectáculo La clase muerta, con el que abrió su ciclo denominado teatro de la muerte. En 1989 presentó en España la obra que fue considerada como su testamento teatral, No volveré jamás, resumen de toda su trayectoria. Considerado un auténtico revolucionario de la escena, llevó el teatro a sus límites. En el momento de su muerte preparaba Hoy es mi cumpleaños, que pensaba presentar en París con su compañía Cricot 2.

"El teatro es una actividad que se sitúa en las fronteras extremas de la vida, allí donde las categorías o los conceptos pierden su razón y significado: donde la locura, la fiebre, la histeria, el delirio, la alucinación, son las últimas trincheras de la vida". Son palabras de Kantor con motivo de la presentación de su penúltima creación, ¡Que revienten los artistas! . Pero Tadeusz Kantor no dejó nunca de reventar. Nacido en 1915 en Wielopole, en la religiosa y fantasmal Cracovia estudiaría pintura y escenografía con Karol Frycz, amigo y admirador de Gordon Craig, un hombre de teatro que influiría decisivamente en su instinto teatral. Desde 1945 y durante 15 años diseñó el vestuario y los decorados de casi un centenar de espectáculos. En plena ocupación nazi creó en Cracovia un teatro clandestino, el Teatro Independiente, con el que empezó a practicar un nuevo realismo, sobre textos de Slowacki y Wyspianski.En 1955 fundó el teatro Cricot 2, que le acompañaría, bajo su férrea y minuciosa vigilancia, durante toda su trayectoria artística. Según Denis Bablet, Kantor denuncia con su compañía "la institución donde tiene su sede un teatro caduco y los academicismos que ya sólo sobreviven a base de estimulantes. Se burla de todo el sistema de normas burocráticas que pretenden programar la creación, la empresa teatral y sus mecanismos y los plazos que imponen para la creación de espectáculos, bajo el sistema de temporadas y repertorios". Kantor pretende un "estado de tensión" permanente que le permite mantenerse alerta contra la esclerosis.

Desde El pulpo, de Witkiewicz, alternó sus producciones teatrales con la creación pictórica. En 1960 publicó su Manifiesto del teatro informal, que inicia una serie de proclamas que intentan atrapar conceptualmente algo que se produce sólo en el escenario. "Después de l955", señaló Kantor en una entrevista, "he hecho mucho arte informal,es decir, automatismos y serialismos, cultivando la materia, el gesto espontáneo, la casualidad, todos los elementos del arte informal". Encerraba a sus actores en espacios ínfimos, les estimulaba a emplear todos los sonidos que expresa el organismo humano ("escupitajos, balbuceos, como la materia bruta en la pintura de Dubuffet"), para después llegar al lenguaje: "No debéis pronunciar el texto de modo académico, sino simplemente como los hombres en la vida".

En 1962 realiza sus primeras series de embalajes y escribe un nuevo manifiesto, Embalajes, que constituye una de las bases teóricas de su trabajo, al que seguirá al año siguiente el Manifiesto del teatro cero. Después de haber alcanzado los límites de lo informal (el teatro de Kantor es un denodado trabajo en el filo), busca la vida vegetativa y depresiva, camina en el vacío. De esta etapa es El loco y la monja. A este periodo le seguirá el teatro-happening ("el happening es único, irrepetible, es un acontecimiento en la calle, una catástrofe... ", dirá), que aplicará en La gallina acuática, de Witkiewicz.

Con el teatro imposible avanza en la estética de la negación, que ejemplificará en Las graciosas y las monas. El desenlace lógico vendría con su último tramo artístico y vital. La muerte se conviertió en el argumento central de sus últimas apuestas: La clase muerta (1976); Wielopole, Wielopole (1980), que sobrecogió al público madrileño en 1981 al darse de bruces con un revolucinario del teatro casi completamente desconocido aquí; ¡Que revienten los artistas! (1985) y No volveré jamás (1985), que ha terminado por convertirse en su mejor y más despojado epitafio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de diciembre de 1990