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LAS VENTAS

El Inclusero explica qué es torear

La estocada de El Inclusero al cuarto toro valió una oreja. Quienes comentaban por lo bajito que seguramente la había cobrado por casualidad, incurrían en maliciosa murmuración. Cierto que El Inclusero es un pinchauvas de mucho cuidado, hasta toricida -como le gritó un aficionado de pro desde la andanada en el toro anterior-, pero esa estocada al cuarto, fue redonda, entera y verdadera. Por una vez que se decide a matar -tal cual procedía, después del toreo finísimo que había explicado-, no lo iba a hacer a medias. Así que se fue detrás de la espada, vació como Dios manda y hundió el acero por el hoyo de las agujas.El toro tuvo larga agonía y el público aterido se ponía en pie para aplaudir su casta y la torería del diestro también. El público aterido ya no parecía tan aterido en aquella hora solemne que había marcado el toreo bueno con un alegre repiqueteo de campanas. Quien repicaba era, naturalmente, El Inclusero Largos años ausente de Las Ventas por causa de esos desamores que suelen tener los empresarios con los toreros que torean de verdad (a los ventajistas, en cambio, les ponen piso) volvió sólo para enseñar qué es torear.

Cabral / El Inclusero, Aranda, Herrera

Cuatro toros del conde de Cabral, con trapío y bien amados, 1º noble, 2º manso, 3º y 5º con genio; dos sobreros, en sustitución de dos toros de Manuel Sánchez Cobaleda, inválidos, de esplédida estampa (uno, impresionante cornalón, otro berrendo en colorao): 4º de Diego Garrido, con cuajo, comicorto, noble; 6º, de Cortijoliva, bien presentado, inválido, pastueño. El Inclusero: tres pinchazos bajos, bajonazo -aviso con retraso- y dos descabellos (silencio); estocada (oreja). Raúl Aranda. aviso antes de entrar a matar; pinchazo, estocada corta atravesada y descabello (algunas palmas); pinchazo y bajonazo (silencio). Juan Herrera, que confirmó la alternativa: pinchazo y estocada corta trasera ladeada (silencio y sale a saludar); pinchazo y estocada ladeada (silencio). Plaza de Las Ventas, 28 de octubre. última corrida de la temporada. Un quinto de entrada.

O eso pareció. Porque después de estilizar el lance de la chicuelina en.un quite, pudo montarle a ese cuarto toro un faenón vibrante, de muchos pases provocadores de grandes alborotos y en cambio prefirió ir instrumentándolos lentamente, bien medidas las distancias, variando las suertes según fuera cambiando la embestida del toro, marcando los tiempos con ostentación técnica y con la gallarda apostura que un torero clásico adopta para ejecutarla.

Si de algo pecó la faena de El Inclusero fue de rematar demasiado cerca de la cadera los muletazos, quizá porque esa era su enseñanza del toreo reunido. Pero hubo algunos de antología. Sus trincherillas, al toro desorejado y al que no se dejó desorejar -el segundo; un descastado animal-, para encontrar el modelo, sería necesario remontarse a los tiempos de don Antonio Bienvenida, a quien recordó.El Inclusero en muchos pasajes de sus faenas.

¡Cómo huele a torero!", voceó, desde el tendido siete, otro aficionado de pro. La afición estaba encandilada con El Inclusero. La afición consistía en prácticamente todo el mundo, pues al coso únicamente se habían acercado los cabales y se vio que no eran muchos. Un par de miles, mal contados. Se habían acercado con el temor de que no hubiera función. Había llovido durante todo el día en Madrid, hacía frío, el cielo estaba encapotado, azotaba el viento, y la bandera que se alza sobre los tejadillos del coso fiameaba hacia dentro, lo cual -dicen los expertos en meteorología taurológica madrileña- anuncia devastador meteoro.

Con tiempo la mitad de malo (o la cuarta parte de malo, según aficionados veteranos), la anterior empresa, que capitaneaba Manuel Chopera, habría suspendido. En cambio, esta empresa -que capitanean los hermanos Lozano y Manuel Cano-, no suspende, y esa es una garantía. Corrida anunciada, corrida dada -salvo que diluvie-, como debe ser.

Es una garantía paia la afición y también para los toreros, principalmente aquellos que buscan su oportunidad. Los tres la buscaban ayer. La buscaba Juan Herrera, que ha estado mucho tiempo inactivo, y se le notó. El hombre no aguantaba ni una sola embestida, y eso que las de su lote resultaron pastueñas. Raúl Aranda es otro de los diestros olvidados por las empresas, que practican un toreo serio. No lo pudo explayar, porque le correspondieron toros con genio y empeoró las cosas su empeño en prolongar los trasteos. Si no llega a enviarle Marcelino Moronta, que presidía, un aviso en su primero, aún estaría allí pegando pases. Y si sigue pegando pases, la afición se habría quedado sin ver el toreo puro de El Inclusero, cuyo turno le correspondía después. O sea que, por una vez y sin que sirva de precedente, la afición le debe al señor Moronta unas copas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de octubre de 1990