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La ciudad de los poetas

Españoles y latinoamericanos siguen prefiriendo París para escribir sus versos

Con el cabello empapado y los ojos fuera de las órbitas, Francisco Carrillo recitaba sus poemas desde un estrado situado ante la estatua de Saint Placide, en el centro de la plaza parisiense del mismo nombre. La voz de este malagueño de 46 años se escuchaba por encima del océano de paraguas con los que la audiencia intentaba resguardarse del chaparrón. Ocurrió en junio, y al recordarla, Carrillo encuentra en esta historia motivos para hacer poesía y para hacerla en París. La capital francesa sigue siendo una meca para los poetas españoles y latinoamericanos.

En la plaza de Saint Placide, las inclemencias del. tiempo no impidieron que, una vez concluidas las intervenciones de los poetas invitados, subiesen al estrado diversos espontáneos para recitar sus obras bajo la lluvia. La ocasión lo merecía: se trataba del mercadillo de poesía que organiza anualmente el Ministerio de Cultura francés. Durante tres días fue posible adquirir libros de versos en francés, griego, alemán, español, italiano y, signo de los tiempos, hasta lituano. Autores y editores de muy diversas procedencias tuvieron ocasión de conocerse, y los primeros, de leer sus versos. Uno de ellos fue Francisco Carrillo.París no es el corazón mundial de la literatura que fue en el periodo de entreguerras y en los años cincuenta, pero su atractivo para los escritores extranjeros sigue siendo extraordinario. París es la total libertad de expresión, el cosmopolitismo, la hermosa ciudad que rejuvenece cada medio siglo, los museos, las exposiciones y los conciertos, los vendedores de libros antiguos de los muelles del Sena, la literatura convertida en noticia de primera página.

Así la ve Abel Robino, nacido en Pergamino (Argentina) hace 38 años. En París, este pintor y poeta vive obsesionado por encontrarle un sentido a su arte. Su mirada penetrante es, sin duda, heredera de los tres años durante los que estuvo desaparecido en su propio país. "Los actos y pensamientos humanos", dice, "son absolutamente relativos". Eso explica que Robino destruya prácticamente todo lo que escribe; su propia evolución le impide encontrar una sola obra que responda plenamente a sus deseos iniciales.

París sigue siendo la acogida calurosa al fugitivo de la opresión. Con la publicación de Cadáveres, una diatriba antimilitarista, Néstor Perlongher se convirtió en un escritor prohibido en el Buenos Aires dictatorial y admirado por los intelectuales de su país. Hoy, en París, a sus 41 años, este tímido de aspecto frágil combina la poesía con la antropología.

Hace unos meses, Octavio Paz fue el encargado de entregar en Madrid el Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe, que recayó en Bernardo Schiavetta, escritor bonaerense de 42 años. Schiavetta vive en París y el despacho de su casa alberga una impresionante biblioteca, en la que conviven libros de poesía y de psiquiatría. Es esta última actividad la que le permite ganarse el pan en la capital francesa.

Poesía anónima

Schiavetta cree que en Argentina existe un gran resentimiento contra todos los que salieron del país por parte de los que no se atrevieron o no pudieron hacerlo. Él, por el contrario, siente un cierto orgullo de su exilio voluntario.

En el París de Francisco Carrillo resuenan todavía los ecos de Mayo del 68, "esa gran utopía juvenil expresada por la consigna la imaginación al poder". "A mí", recuerda, "me impactó mucho la poesía anónima que se podía ver entonces escrita en cada uno de los muros de esta ciudad". Carrillo, testigo de la revuelta, efectuó una traducción y recopilación de aquellos poemas, pero nunca pudo publicarla en España, que en aquel entonces era la de Franco.

No era la primera vez que Carrillo se encontraba con este tipo de problemas. En 1966 había sido prohibida la edición de un libro antológico titulado Doce jóvenes poetas españoles. Su poema El pueblo con Machado fue la causa del conflicto. En aquella ocasión, sin embargo, la censura fue burlada gracias a una habilidosa maniobra del editor Carlos Barral.

Barral imprimió cinco libros en los que el poema en cuestión de Carrillo había sido sustituido por otro menos polémico. Barral los presentó a la censura y obtuvo la luz verde. Luego, la verdadera edición volvió a incorporar El pueblo con Machado. "Los censores", explica Carrillo con ironía, "no compraban precisamente libros de poesía".

A los escritores en castellano les resulta difícil acceder a las capillas que controlan el mundo literario francés. A pesar de ello, Perlongher se muestra optimista, porque en París, dice, "por lo menos podemos publicar". "En Latinoamérica", prosigue, "el monopolio editorial ha convertido la imprenta en un negocio apoyado exclusivamente en los libros más vendidos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de agosto de 1990