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Editorial:

Movilización sin precedentes

EL ENVÍO por EE UU a Arabia Saudí, y a la zona del golfo Pérsico, de unidades navales, aviones y tropas aerotransportadas indica, seis días después de la invasión de Kuwait, un giro hacia una actitud mucho más radical en la aplicación de las sanciones acordadas por el Consejo de Seguridad de la ONU, que decretó el cese de toda relación comercial o económica con Irak, y en particular la prohibición de comprar petróleo a dicho país. Esta resolución, que no tiene precedente por la amplitud de las medidas consideradas, fue tomada con el voto a favor de los cinco miembros permanentes (EE UU, URSS, China, Francia y Reino Unido), y con la sola abstención de Yemen -que más tarde rectificó- y Cuba.Los temores de que, ante la agresión iraquí, la comunidad internacional se limitase, como en otros casos, a reaccionar con condenas verbales, no se han confirmado. Si en relación con Suráfrica la política de sanciones económicas sólo surtió efecto a largo plazo, en el caso actual hace falta lograr un bloqueo que sea operativo de modo rápido y que obligue a Irak a considerar que sus planes agresivos están condenados al fracaso. Un bloqueo de tales características supone, de modo casi necesario, medidas militares para reforzar a los países que pueden verse en situación peligrosa como consecuencia de su aplicación. Es obvio, por ejemplo, que Arabia Saudí, al cortar el oleoducto que sirve para la exportación del petróleo iraquí, corre un serio riesgo de ser atacada por Irak.

Esas medidas militares son esenciales, asimismo, para indicar de modo inequívoco al agresor que no podrá salirse con la suya. Por ello, el envío de las unidades de EE UU se encuadra en la lógica de los acuerdos adoptados por la ONU para imponer un bloqueo económico al agresor. Al mismo tiempo, es particularmente importante la participación en esa acción de países árabes directamente interesados, así como, junto a otros miembros de la OTAN, de la URSS, uno de cuyos navíos contribuye a reforzar el bloqueo. Gesto que no podrá pasar inadvertido para el mundo árabe en su conjunto.

Esta unidad sin precedentes se explica por los intereses vitales para la economía mundial que están en juego. La comunidad internacional no está dispuesta a que esos intereses dependan de la voluntad de alguien como Sadam Husein. Alguien que ha llegado a la cumbre del poder en su país traicionando y asesinando a muchos de los aliados que le acompañaron en las diversas etapas de su vida política. Tuvo un pacto con los comunistas y luego les persiguió ferozmente y ejecutó a gran parte de sus dirigentes. Lo mismo hizo con sectores progresistas de su partido, el Baaz. Con el pueblo kurdo, en cuyo seno existía un fuerte partido democrático, aplicó métodos aún más salvajes, incluyendo el empleo de gases tóxicos contra aldeas indefensas. Tampoco tuvo reparos en utilizar el arma química en la guerra contra Irán. Se trata de un dictador implacable y astuto cuya megalomanía no conoce límites. El lenguaje exaltadamente populista, antiimperialista, con que a veces trata de ennoblecer su ambición, y ahora de justificar la invasión del emirato de Kuwait, constituye un sangriento sarcasmo a la luz de sus actuaciones concretas, dentro y fuera de su país.

Pero Sadam Husein es también, y no es posible olvidarlo, el fruto de la política ciega aplicada por numerosos países de Europa occidental -incluida España- y por la URSS, que durante el largo conflicto con el Irán de Jomeini, y en nombre de un dudoso principio del mal menor, le han sostenido diplomáticamente y, sobre todo, le han suministrado armas, incluso de alto nivel tecnológico, hasta convertir a su ejército en uno de los más poderosos del mundo.

Ello pone de relieve no sólo la importancia en esta etapa de un control mucho mayor sobre el comercio de armas -en lo posible, con medidas homologadas a nivel internacional-, sino el problema de las nuevas condiciones de estabilidad en un mundo en el que la bipolaridad ha dejado de funcionar. La ilusión de que la cooperación entre la URSS y EE UU iba a abrir una etapa de paz universal no ha tardado en esfumarse. Hoy es obvio que en diversas zonas de mundo pueden estallar conflictos armados al margen de los deseos o intereses de EE UU y de la URSS. Esta realidad exige reforzar los organismos internacionales, y en primer lugar la ONU, dotándoles de una mayor capacidad de intervención práctica en los conflictos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de agosto de 1990