Tribuna:EL FOLLETÍN DE EDUARDO MENDOZA / 3Tribuna
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Sin noticias de Gurb

Día 11 (continuación)10.30. Ingreso en el calabozo de una comisaría. En el mismo calabozo hay un individuo de porte astroso al que me presento y pongo al corriente de las vicisitudes que han dado conmigo en aquel lugar inicuo.

10.45. Disipada la desconfianza inicial que los seres humanos sienten por todos sus congéneres sin excepción, el individuo con quien la suerte me ha unido decide entablar diálogo conmigo. Me entrega su tarjeta de visita, que dice así:

JETULIO PENCAS

Agente mendicante

Se echa el tarot, se toca el violín, se da pena

Servicio callejero y a domicilio

10.50. Mi nuevo amigo me cuenta que lo han trincado por error, porque él en su vida ha abierto un coche para llevarse nada, que pidiendo se gana la vida muy bien y muy honradamente, y que los polvos que la policía le decomisó no son lo que dicen ellos que son, sino las cenizas de su difunto padre, que Dios tenga en su gloria, que precisamente ese día se proponía aventar sobre la ciudad desde el Mirador del Alcalde. A continuación añade que todo lo que acaba de contarme, sobre ser mentira, no le servirá de nada, porque la justicia en este país está podrida, por lo cual, sin pruebas ni testigos, sólo por la pinta que tenemos los dos, a buen seguro nos mandan al talego, de donde saldremos ambos con sida y con pulgas. Le digo que no entiendo nada y me responde que no hay nada que entender, me llama macho y añade que la vida es así y que la madre de un cordero es que la riqueza en este país está muy mal repartida. A modo de ejemplo cita el caso de un individuo, cuyo nombre no retengo, que se ha hecho un chalet con 22 retretes, y agrega que ojalá le sobrevengan cagarrinas a dicho sujeto y los encuentre todos ocupados. A continuación se sube encima de un catre y proclama que cuando vengan los suyos (¿sus retretes?) obligará al citado individuo a hacer sus deposiciones en el gallinero y repartirá los 22 retretes entre otras tantas familias acogidas al subsidio de paro. De este modo, sigue diciendo, tendrán con qué entretenerse hasta que les den un puesto de trabajo, como prometieron hacer. A continuación se cae del catre y se abre la cabeza.

11.30. Un miembro de la Policía Nacional distinto del miembro antes citado abre la puerta del calabozo y nos ordena seguirle con el objeto aparente de comparecer ante el señor comisario. Amedrentado por las admoniciones de mi nuevo amigo, decido adoptar una apariencia más respetable y me transformo en don José Ortega y Gasset. Por solidaridad, transformo a mi nuevo amigo en don Miguel de Unamuno.

11.35. Comparecemos ante el señor comisario, el cual nos examina de arriba abajo, se rasca la cabeza, declara no querer complicarse la vida y ordena que nos pongan en la calle.

11.40. Mi nuevo amigo y yo nos despedimos a la puerta de la comisaría. Antes de separarnos, mi nuevo amigo me ruega le devuelva su apariencia original, porque con esta pinta no le va a dar limosna ni Dios, aunque se ponga unas pústulas adhesivas que le dan un aspecto realmente estomagante. Hago lo que me pide y se va.

11.45. Reanudo mis pesquisas.

14.30. Todavía sin noticias de Gurb. A imitación de las personas que me rodean, decido comer. Como todos los establecimientos están cerrados, menos unos que se denominan restaurantes, deduzco que es ahí donde se sirven comidas. Olisqueo las basuras que rodean la entrada de varios restaurantes hasta dar con una que despierta mi apetito.

14.45. Entro en el restaurante y un caballero vestido de negro me pregunta con displicencia si por ventura tengo hecha reserva. Le respondo que no, pero que me estoy haciendo un chalet con 22 retretes. Soy conducido en volandas a una mesa engalanada con un ramo de flores, que ingiero para no parecer descortés. Me dan la carta (sin codificar), la leo y pido jamón, melón con jamón y melón. Me pregunta qué voy a beber. Para no llamar la atención, pido el líquido más común entre los seres humanos: orines.

16.15. Me tomo un café. La casa me obsequia con una copa de licor de pera. A continuación me traen la cuenta, que asciende a pesetas 6.834. No tengo un duro.

16.35. Me fumo un Montecristo del número dos. (2) mientras pienso como salir de este aprieto. Podría desintegrarme, pero rechazo la idea porque a) eso podría llamar la atención de camareros y comensales y b) no sería justo que sufriese las consecuencias de mi imprevisión una gente tan amable, que me ha invitado a una copa de licor de pera.

16.40. Pretextando haber olvidado algo en el coche, salgo a la calle, entro en un estanco y adquiero boletos y cupones de los múltiples sistemas de lotería que allí se expenden.

16.45. Manipulando las cifras por medio de fórmulas elementales obtengo la suma de pesetas 122 millones. Regreso al restaurante, abono la cuenta y dejo 100 millones de propina.

16.55. Reanudo la búsqueda de Gurb por el único método que conozco: patearme las calles.

20.00. De tanto caminar, los zapatos echan humo. De uno de ellos se ha desprendido un tacón, lo que imprime a mi paso un contoneo tan ridículo como fatigoso. Los arrojo de mí, entro en una tienda y con el dinero que me ha sobrado del restaurante me compro un nuevo par de zapatos menos cómodos que los anteriores, pero hechos de un material muy resistente. Provisto de estos nuevos zapatos, denominados esquís, inicio el recorrido del barrio de Pedralbes.

21.00. Concluyo el recorrido del barrio de Pedralbes sin haber encontrado a Gurb, pero muy gratamente impresionado por lo elegante de sus casas, lo recoleto de sus calles, lo lozano de su césped lo lleno de sus piscinas. No sé por que algunas personas prefieren habitar en barrios como San Cosme, de triste recuerdo, pudiendo hacerlo en barrios como Pedralbes. Es posible que no se trate tanto de una cuestión de preferencias como de dinero.

Según parece, los humanos se dividen entre otras categorías, en ricos y pobres. Es ésta una división a la que ellos conceden gran importancia, sin que se sepa por qué. La diferencia fundamental entre los ricos y los pobres parece ser ésta: que los ricos, allí donde van, no pagan, por más que adquieran o consuman lo que se les antoje. Los pobres, en cambio, pagan hasta por sudar. La exención de que gozan los ricos pueden venirles de antiguo o haber sido obtenida recientemente, o ser transitoria, o ser fingida; en resumidas cuentas, lo mismo da. Desde el punto de vista estadístico, parece demostrado que los ricos viven más y mejor que los pobres, que son más altos, más sanos y más guapos, que se divierten más, viajan a lugares más exóticos, reciben mejor educación, trabajan menos, se rodean de mayores comodidades, tienen más ropa, sobre todo de entretiempo, son mejor atendidos en la enfermedad, son enterrados con más boato y son recordados por más tiempo. También tienen más probabilidades de salir retratados en periódicos, revistas y almanaques.

21.30. Decido regresar a la nave. Me desintegro ante la puerta del Monasterio de Pedralbes, con gran sorpresa de la reverenda madre que en aquel preciso momento salía a sacar la basura.

22.00. Recarga de energía. Me dispongo a pasar otra velada en solitario. Leo una entrega de Lolita Galaxia, pero esta lectura, tantas veces hecha en compañía de Gurb, a quien siempre debía explicar los pasajes más picantes, porque a bobalicón no hay quien le gane, en lugar de distraerme me entristece.

22.30. Harto de dar vueltas por la nave, decido retirarme. Hoy ha sido un día cansado. Me pongo el pijama, rezo mis oraciones y me acuesto.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 02 de agosto de 1990.

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