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Crítica:CINE

La sombra de Satán

Warlock representa una variante curiosa de lo que podríamos llamar la demonología cinematográfica contemporánea, esa modalidad del cine de horror que coexiste con otros campos narrativos, como el de aventuras o el cine negro. Es evidente que lo diabólico es una simple referencia narrativa y que no es necesario creer en el príncipe de las tinieblas para entrar en el juego que se nos propone, porque basta una mera adhesión circunstancial a las convenciones del género, en las que su figura es fundamental, para saborear cada relato.En una época en la que muchos encuentran más cómodo, y menos comprometido, hablar de la muerte de Dios que de su existencia, no deja de ser curiosa la proliferación de numerosísimas historias inventadas que presuponen la realidad -y la omnipotencia- del diablo.

Warlock, el brujo

Guión: D. T. Twohy. Efectos especiales: Carl Fullerton y Ned Martz. Dirección: Steve Miner. Intérpretes: Julian Sands, Lori Singer, Richard E. Grant. Estreno: cine Imperial.

El guionista, D. T. Twohy, ha urdido una intriga hábil en la que la búsqueda del libro que podrá destruir la Tierra se une, con una cierta coherencia, a las persecuciones del verdugo-héroe, casi un cazador de recompensas extraído del spaguetti-western.

Aunque no siempre los materiales son abundantes y ricos es justo reconocer que en Warlock se juega con los planteamientos habituales con comedimiento, de acuerdo con las esperanzas del aficionado, que ya sabe, más o menos, lo que va a encontrar.

Los intérpretes encajan bien en el tono que exigen estas películas y, junto a Lori Singer, de espléndida fotogenia, destaca el actor británico Julian Sands.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de julio de 1990