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Tribuna:ITALIA 90

El monte de las vestales

Se llega al monte Berico -a casi 60 kilómetros de Verona- en peregrinación. Según su propio nombre indica, se trata de un lugar lo bastante elevado como para que a nuestros jugadores no se les derrame el contenido cerebral más que sobre unas pocas vacas que no se lo contarán a nadie. Es una ceremonia algo costrosa, ésta que muestra a más de un centenar de periodistas ascendiendo con la segunda puesta y el flato contenido, para acabar ante Luis Suárez, preguntándole si a alguno de los nenes les duele la rodilla y Suárez contesta sí pero no, pero todo lo contrario, en un alarde que ni Oppenheimer tratando de esconderle a un científico ruso la fórmula de la bomba atómica.En el hotel Michelangelo, que se alcanza sobrepasando un monasterio, estas musculosas vestales consagradas al dios Fútbol, con virginidad de un mes incluida -aunque en algunos casos han venido las esposas, lo cual no añade morbo al deporte pero sí al matrimonio-, descienden momentáneamente de su retiro para responder a los periodistas, que como movimiento previo han escrito en un impreso el nombre del jugador al que cortejan. Entonces se produce una de esas escenas conmovedoras en que todos rodean al ídolo.

"Todo esto forma parte del ritual", dice Miguel Pardeza, que no sólo piensa sino que, además, no juega -sin que quepa deducir que lo segundo es consecuencia de lo primero-, porque a estas alturas todavía no le han sacado al campo. Sobre las concentraciones: "Es el gran debate que preside siempre los Mundiales, cuál debe ser el ambiente ideal para una concentración larga. Yo soy, partidario de que el futbolista siga con su vida normal, la que sea. Siempre se habla, pero acaba imponiéndose el continuismo". Está de acuerdo en que el fútbol soporta demasiadas cargas ajenas al deporte: "Lo peor del Mundial es que hay una excesiva tensión, que perjudica el juego y a los futbolistas. Es un grave error creer que un partido de fútbol es algo más que jugar por un resultado. Creo que hay motivaciones oscuras, sublimaciones extrañas, una magnificación que no acabo de comprender".

El hecho de no haber estado en activo hasta ahora se lo toma con filosofía, "aunque la condición inexcusable de un futbolista es jugar. Yo pienso que, en fútbol, el que no juega no existe. Es duro, pero es así. Claro que los partidos son irrepetibles, pero creo que cada jugador tiene el suyo en su momento. Si juegas, si eres, tarde o temprano tienes esos encuentros, que son como cosa del destino. A unos les toca en el Mundial, y a otros les puede tocar en Cádiz. Así que no hay que preocuparse".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de junio de 1990