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CARTAS AL DIRECTOR

Luigi Nono y los otros

Ha muerto Luigi Nono. Como era de esperar, su desaparición no ha merecido ni siquiera una llamada en la portada de EL PAÍS.Pero no le culpo. Nono, trascendente en su arte, el musical, vivía en lo que en España sigue siendo, se quiera o no, un gueto cultural: la creación sobre el pentagrama. EL PAÍS ha medido con luciferina exactitud el espacio que merecía la triste noticia. Esto es, unas pocas líneas. El pecado de Nono, como el de otros muchos creadores, era el no ser popular. Posiblemente también, el no haber perecido víctima de ese ramalazo vírico que, como se afirmaba con amarillenta bellaquería esta vez sí en portada, aunque no en este rotativo, parece ser que tiene preferencia por el, al parecer, goloso campo de cultivo de la intelectualidad española.

Este ingenuo pero a la vez terrible cerco tiene consecuencias perversas. El creador, a sabiendas de que hoy, más que nunca, lo que no se conoce no existe, se siente tentado a entablar alianzas perniciosas. Verbigracia, el tándem De Pablo-Foix. Nunca hubiera soñado el compositor vasco, para su ópera Ku, una cobertura periodística como la que se ha dispensado a su última obra. Ha dado, al parecer, con la piedra fillosofal. Pero ¿a qué precio?

Se trata sencillamente de advertir que el Guernica tiene música, su música. Mientras que en nuestros hogares hispánicos, con mayor o menor esnobismo, instalamos reproducciones de grandes obras de la pintura contemporánea (Picasso, Saura, Chagall ... ), las discotecas caseras ignoran todo aquello relacionado con el dodecafonismo, detenidas en el tiempo de Mahler, Beethoven, Bach...Hay que acelerar el tiempo de la música en España y detenerlo justamente en nuestro días. ¿Sabrían que hoy vive un músico del talante sintético de Bach y al que ya se le compara en Europa en su trascendencia? Se llama Luciano Berio, compañero de fatigas musicales y compatriota precisamente de Luigi Nono. Hace unas semanas estrenó en Madrid su última obra, todo un acontecimiento musical que, al igual que la presencia de nada menos que Kristof Penderecki el pasado marzo en Valencia, fue despachado, luciferinamente también, con unas líneas en EL PAÍS.

¿A quién le extrañará, pues, que el único programa de y sobre música clásica de TVE haya terminado su periplo horario coincidiendo con el telediario de la tarde? No cabe mayor desprecio para los pocos que lo disfrutaron.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de mayo de 1990