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Todos, contra Kabul

En Occidente le llaman el Jomeini afgano. Gulbudin Hekmatiar, de 42 años, es el líder de una de las facciones del Hezb-i-Islami, partido que se dividió después de la invasión soviética, en diciembre de 1979, precisamente porque su extremismo no encajaba entre los ancianos dirigentes del partido. "Apoyamos a cualquiera que luche contra el régimen de Kabul y ayude a los muyahidin a instalar un Gobierno islámico en Afganistán", afirmó ayer Hekmatiar sin negar ni admitir su participación en el intento de golpe de Estado.Hekmatiar es la bestia parda de Kabul. Casi podría decirse que, cuando se pretende asustar a un niño o más bien a una mujer, por aquello de que el integrismo de Hekmatiar las apartaría nuevamente de la sociedad, se les dice: "¡Cuidado, que viene Gulbudin!". Es por ello que el Gobierno de Najibulá le responsabiliza de todos sus males.

En las filas del Gobierno afgano, como en las de la guerrilla, se siente el cansancio de más de 11 años de guerra. Pero las diferencias ancestrales de las distintas tribus que de una forma más o menos abierta se han convertido en lo que en Occidente se consideran partidos políticos impiden la formación del Gobierno de coalición que la castigada y mermada población civil ansía.

Hekínatiar se niega a la más mínima colaboración no sólo con el régimen de Kabul, sino con los seguidores del ex monarca Zahir, e incluso con los otros seis partidos suníes de la alianza guerrillera afgana, de la que él mismo forma parte.

Este dirigente religioso, convencido de estar en posesión de la verdad del islam, se convirtió en el brazo derecho del asesinado presidente paquistaní Mohamed Zia Ul Haq, que vio en este joven impetuoso el hombre con el que sería fácil formar una barrera infranqueable de fe -Irán, Afganistán, Pakistán- A la muerte de Zia, en 1988, Hekínatiar perdió gran parte de su respaldo internacional, ya que hasta entonces sus hombres recibían más de la mitad de la ayuda norteamericana que entraba a través de Pakistán y que, supuestamente, debería de haberse repartido a partes iguales entre los siete partidos de la alianza suní. A pesar de ello, sigue teniendo una gran influencia, ya que su partido es el único con una organización moderna y un auténtico aparato de propaganda.

Retirados los soviéticos de Afganistán, los partidos de la alianza han perdido el aliciente de la lucha conjunta y esta misma pérdida les ha convertido en grupúsculos con menos posibilidades de vencer a un Ejército que ha tenido un entrenamiento soviético.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de marzo de 1990