Editorial:
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Internacionalismo bancario

NO DEJA de sorprender que sea el único banco de dominio familiar de los grandes españoles el que se presente como el más empeñado en internacionalizar la base de sus accionistas. Tras la reciente admisión a cotización del Banco Santander en la Bolsa de Tokio, donde ha colocado un 0,7% de su capital, subyace una pretensión menos ligada a la captación de recursos que a las supuestas rentas que el registro en los principales mercados bursátiles implica.Antes que en la japonesa, ese y otros bancos españoles habían obtenido su admisión en las principales bolsas europeas y en la de Nueva York, pero el volumen de transacciones en sus respectivos títulos ha sido siempre de escasa significación, a diferencia con lo ocurrido con las tres grandes empresas españolas no financieras que cotizan en esos mercados: Telefónica, ENDESA y Repsol. En este caso, la presencia del Santander en Tokio, especialmente activa, queda revalorizada por el hecho de que apenas una docena de bancos europeos opera en la bolsa japonesa.

El carácter de esa internacionalización del accionanado de la banca española contrasta con su limitada actividad internacional. No deja de llamar la atención que, paralelamente al intenso proceso de apertura al exterior de la economía española en los últimos años, el conjunto del sistema bancario haya seguido manteniendo una orientación casi exclusivamente doméstica, al tiempo que se mantenían los impedimentos a la homologación operativa de las entidades extranjeras en el mercado español y se dosificaban las entradas adicionales.

El mero contraste de la evolución seguida en los últimos años por los activos y los pasivos exteriores del conjunto de la banca frente a los de los restantes agentes económicos españoles, si bien sigue poniendo de manifiesto su clara primacía en ambos conceptos, ilustra con su descenso ese menor dinamismo internacional. Aunque parcialmente pueda atribuirse a las cautelosas respuestas adoptadas frente a la crisis de solvencia en los países latinoamericanos, esa caída refleja también la cómoda posición competitiva de que ha disfrutado nuestro sistema bancario en un mercado doméstico prácticamente cautivo.

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La denominada "segunda entrada de la banca extranjera" (primera desde la guerra civil), autorizada en 1978, contribuyó decisivamente a la modernización del sistema financiero español, a pesar de las fuertes restricciones que condicionaban la orientación de las actividades de estas entidades foráneas y encarecían notablemente sus pasivos. Su presencia en el negocio convencionalmente conocido como banca de empresa permitió una rápida difusión de las innovaciones financieras y la consiguiente reducción de algunas de las ineficiencias de nuestro sistema bancario. Con todo, esas limitaciones reguladoras, aún vigentes, orientadas a mantener a salvo de esa competencia ampliada el negocio al por menor y las consiguientes posibilidades de captación de pasivos a bajo precio, han seguido constituyendo un obstáculo importante para la necesaria competencia de este sector.

El escenario de un mercado único europeo, en el que habrá que garantizar la completa libertad de establecimiento para los bancos comunitarios y sus servicios, ha empezado a anticipar algunos de sus efectos, en forma de una oferta más competitiva en algunos productos y de una mejor remuneración a los recursos demandados, en un número creciente de entidades bancarias españolas. El cautelar proceso de aprendizaje de lo que ha de ser un sistema competitivo exige hoy la progresiva homologación de sus líneas de actuación con las de sistemas bancarios más abiertos y, en definitiva, el abandono de esa suerte de nacionalismo bancario practicado hasta la fecha.

Después de los problemas de imagen que el sistema financiero español ha padecido en los últimos tiempos, no deja de ser una esperanza su apertura al exterior, lo que conlleva obligatoriamente dosis de transparencia y de competitividad muy positivas.

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