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Entrevista:

Cristóbal Halffter, la vanguardia de los sesenta

El compositor lamenta la incomprensión en España a los autores musicales contemporáneos

ENRIQUE FRANCO, El próximo 24 de marzo celebra Cristóbal Haiffter sus 60 años. Nació en 1930, casi año central de la generación de 1.931, como Luís de Pablo, Manuel Castillo, Rogello Groba y la un día sensacional soprano María de los Ángeles Morales, y pertenecía a una esplendidad familia musical española. Desde el pasado julio, tras la muerte de su tío Ernesto, Cristóbal es el solo Haffter, circunstancia que ha aumentado su representación responsabilidad. Halffter es uno de los creadores más brillantes de su generación y ha desarrollado una amplia labor en la composición, la pedagogía musical y la dirección de orquestas en España y el extranjero.

"Siento una íntima sensación de soledad, una especie de orfandad musical. Rodolfo y Ernesto significaron mucho para mí, incluso más de lo que ellos mismos podrían suponer. Que coincidiera o no con sus postulados estéticos resulta secundarlo, y si las estrechas relaciones que mantuve con ellos podían adoptar a veces la forma dialéctica de la discusión, me parece ahora irrelevante".Pregunta. ¿Se acaba, entonces, la dinastía Halffter, al ser usted, a título individual, su único superviviente?

Respuesta. ¡Quién sabe! Mi hija María y mi hijo Pedro son músicos: flautista la primera, violonchelista el segundo. Y ya tengo algún nieto balbuceando música, lo que me hace pensar que, en todo caso, los Halffier de mañana serán intérpretes y no compositores.

P. Las seis décadas que pronto cumplirá significan una alta madurez y debían significar al mismo tiempo la instalación de su ya amplia obra en el ánimo del gran público. Me temo que ni en su caso ni en el de sus congeneracionales se ha producido esa instalación. Han logrado prestigio, están en las historias y lexicones internacionales, lucen la medalla académica -usted, De Pablo, García Abril, Bernaola-, pero...

R. Por supuesto: de tiempo y de frecuencia en la audición. De hecho, el cambio ya se ha producido, y el escándalo que provocaron nuestras primeras partituras sería hoy impensable. Muchas de ellas se dan habitualmente en el extranjero y aquí dentro de los ciclos normales de las grandes orquestas, y son recibidas con aplauso en ocasiones, con tanto aplauso como el dedicado a las obras-mito del pretérito. Insisto en que el caso español resulta diferente. Todo marcha aquí con mayor lentitud, por un fenómeno de desconocimiento. Pensemos que autores actuales que hasta sufren, quizá injustamente, la adjetivación de conservadurismo, como Werner Henze, han pasado al repertorio en cualquier parte mientras aquí apenas se programan.

P. ¿No hay mejoría alguna? ¿No se estrenan cada temporada muchas obras nuevas de autores de su generación y de las que la siguen?

R. ¡Quién lo duda! Pero la mayoría de esas primeras audiciones tienen lugar en cielos y festivales especializados, ante un público adepto, cuando menos, al hecho de lo nuevo. Es lo que viene denominándose el gueto de la música contemporánea, su jaula de oro, pero jaula al fin. El gran público ha perdido, tiene dormido o le han narcotizado el gusto por lo nuevo, que constituye, como estudió Ortega, uno de los más fuertes atractivos de la experiencia estética.

P. Quizá fuera equivocado suponer que cuanto dice funcionaria a modo de constante en nuestra vida musical. Arbós y Pérez Casas, con la Sinfónica y la filarmónica, estrenaron proporcionalmente mucho más de lo que hoy se estrena, a pesar de tratarse de sociedades privadas que apenas tuvieron subvención considerable hasta los últimos años de la monarquía de Alfonso XIII. Ahora existen orquestas estatales, comunitarias o municipales, así como actividades fuertemente subvencionadas.

R. Sin embargo, nos siguen representando ante el gran público, aquí y fuera de aqui, los autores de siempre, y hasta se exporta a importantísimos: Festivales internacionales nuestra zarzuela de los años treinta. Estoy en desacuerdo, como es público y notorio, con tal política. Bien conoce la que siguen las orquestas radiofónicas en Francia, Italia, Alemania, Austria Polonia. Lo de aquí, a su lado, es algo mínimo. Tampoco la Nacional opera de distinta, manera, y hasta se ha creado el falso supuesto de que su misión es cultivar la denominada gran música (que a veces no lo es tanto). No es raro leer comentarios críticos en los que, como elogio, se dice de una obra que "se escucha sin sobresalto". Esto me subleva. Creo vigente aquello de que "el arte es convulsivo o no es", y en. cualquier caso, me parece que no debe confundirse la función musical con un sillón de orejas, tan cómodo, burgués y confortable

La Orquesta Nacional

P. La convulsión surge de improviso, pero no por lo musical, sino por la crónica de sucesos de lo musical, bien se trate de la mal denominada. espantada de López Cobos o de la votación sospechosamente uncánime de la Orquesta Nacional de España (ONE) a la propuesta de su nombre para su dirección artística. Alguna huella habrá dejado en usted semqiante suceso.

R. La de la tristeza. Cree) que me he encontrado en medio de un matrimonio que se lleva mal: el ministerio y la ONE. Los profesores que la forman, a los que respeto profesionalmente lo que se merecen, acaso no han sabido comprender lo que el ministerio quería de mí. y de mi función. Se trataba, en resumen, de renovar los viejos usos, de romper con la rutina programática y el encasillamiento, de despertar en nuestro público la conciencia de su tiempo, que está, se quiera o no, para bien o para mal, en los músicos de hoy, no en Beethoven. La actitud de la ONE me ha producido extrañeza, y es obvio que por ahora imposibilita cualquier colaboración mía con ella. Algo parecido sentí, hace ya muchos años, cuando intenté aires de renovación desde la dirección del conservatorio. Tuve que dejarlo por imposible, pero no sin tristeza. Desde el punto de vista de mi carrera, fácil es entender que superó ya hace tiempo el ámbito local y nacional. Lo digo sin vanidad, porque es una realidad: seguiré dirigiendo, como hasta ahora, los programas que aquí no puedo dirigir con las orquestas de Suiza, Francia, Austria, Alemania, Italia o Bélgica.

P. Su 60º aniversario tendrá reflejos especiales en esa actividad de compositor y director.

R. Viena me dedica la jornada el mismo día de mi cumpleaños con un monográfico dedicado a mi música de cámara, en el que estrenará Canciones Al-Andalus y un programa con la Orquesta de la Radio con dos obras mías y una de Falla. En Hannover daré a conocer el Preludio a Némesis. Dirigiré otros conciertos en Berlín, Düsseldorf, Hannover y Baden-Baden. Aquí se estrena mi Concierto para cuarteto de saxofones y orquesta, en el que trabajo, y la Fundación Paul Sacher organizará una exposición de obras autógrafas mías de su propiedad y lanzará un precioso catálogo. Tengo actuaciones en Turín con la RAI, en París con la Nacional y en el conservatorio de la capital francesa, en el que daré un curso de dirección de mis obras. En Madrid, el Festival de Otoño proyecta un concierto monográfico, aparte de otro que daré con la Sinfónica, patrocinados por la Comunidad y en los que se estrenan mi versión del Fandango, de Soler, para violonchelos, y la Quinta sinfonía de Tomás Marco.

Un gran reto

P. Tenemos ante nosotros el ya célebre año 1992. Ya se sabe: descubrimiento, Juegos Olímpicos y capitalidad cultural europea de Madrid. ¿No son posibilidades, sea o no convencional su origen, dignas de aprovecharse de una forma inteligente para la música?

R. Más aún: me parece que España tiene para esa fecha un verdadero reto. Se me ocurre pensar que, bien y profesionalmente apoyada, la música podría quedar tan alta o más que el deporte. Inmediatamente una reflexión se impone en mi ánimo: ¿hemos de pasar la vida, por los siglos de los siglos, cantando las glorias del pasado para sentirnos tan satisfechos como si fueran obra nuestra? Creo que no. Es preciso continuar, crear, imaginar y enseñar a todos que España no es una gran conmemoración. Después de 1992 o antes -quiero decir tras el tiempo en que vivimos- deben quedar signos suficientes para que en el 2092 celebren lo que nosotros hicimos, sin necesidad de volver de nuevo a Colón. De lo contrarío quedará patente nuestra inanidad como empresa colectiva, ya que lo que nadie puede evitar, ni de ello cabe vanagloriarse colectivamente, es la hazaña individual: aquí surge un Albéniz, un Falla, contra viento y marea; allí alcanza un escritor o un científico con nombres y apellidos un Nobel. Nuestra historia es triste e insolidaria frente a los protagonistas de cultura. Ahí está Manuel de Falla. Hoy se trata y lleva su nombre como el de un mito, se subvencionan homenajes, conciertos, ediciones, se chupa rueda de su prestigio, pero ¿cómo vivió? ¿Es que no tuvo que salir a estrenar, a editar y a cobrar derechos al extranjero? Ahora todo es bambolla y populismo, pero no se intenta una edición crítica de la obra de Falla, con todo y devengar cada año muchos millones en derechos de autor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de enero de 1990