Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Guerra El Salvador

LOS COMBATESdel domingo en la capital salvadoreña han alcanzado las proporciones de una verdadera guerra: barrios ocupados por los guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), la universidad bombardeada, las residencias del presidente y de otros gobernantes asaltadas. Nunca, en 10 años de guerra civil, la guerrilla habían lanzado una operación de tal envergadura. Con la implantación del toque de queda y el estado de sitio y con la suspensión de garantías constitucionales -que de hecho no existen desde hace mucho tiempo-, la respuesta del Ejército no se hará esperar. Tampoco, muy probablemente, la de los grupos paramilitares, los siniestros escuadrones de la muerte.

¿Cómo se ha llegado a esta situación, cuando en septiembre pasado se firmó en México un acuerdo entre el FMLN y el Gobierno (representado por los ministros de Justicia y de Presidencia) para proseguir las negociaciones, en presencia de observadores eclesiásticos, para la búsqueda de una solución pacífica? Una de las principales causas de los fracasos en la negociación radica en el propio Gobierno salvadoreño. Porque, aunque el presidente Cristiani manifiesta un talante moderado, sectores influyentes de su partido y del Ejército sólo quieren una solución militar. Son, entre otros, los responsables de los cientos de asesinatos -entre otros, el de monseñor Romero- cuyos autores nunca son descubiertos porque tienen la protección de sectores del poder, militares y civiles. La tesis de estos sectores ultras es que la guerrilla tiene cada vez menos fuerza: es "un toro herido al que hay que dar la puntilla", dijo el jefe de la aviación, general Bustillo.

Esos sectores han utilizado su gran influencia para poner trabas a las negociaciones recurriendo a todos los métodos. Son sin duda los responsables del atentado que el pasado 31 de octubre hizo saltar por los aires la sede de la principal central sindical, causando 10 muertes. El hecho conmocionó al país, y el FMLN anunció que suspendía su presencia en la mesa negociadora. El entierro de las víctimas se convirtió en una manifestación gigantesca, lo que vino a confirmar que existe un amplio movimiento popular que desea paz y democracia.

El argumento de que la ofensiva del FMLN es una respuesta a aquel atentado y una demostración de fuerza para obtener mejores condiciones cuando se vuelva a la mesa de negociación no es convincente. La guerra civil de El Salvador no tiene solución militar, eso lo sabe bien la propia guerrilla. Por otra parte, el ataque, lejos de ahondar las diferencias entre la moderación de Cristiani y los sectores de su partido que organizan los escuadrones de la muerte, tiene un efecto contrario. Es cierto que la vía de la negociación es muy dura en las condiciones de El Salvador. Pero es la única posible.

Las secuelas internacionales del ataque son asimismo muy negativas: en EE UU, ayuda a la extrema derecha, contraria a las soluciones de paz, ya sea en Managua o en El Salvador. Por otra parte, las acusaciones, formuladas por Cristiani, de que el sandinismo envía armas al FMLN abren una nueva brecha entre presidentes centroamericanos, cuyo acuerdo es esencial para respaldar las elecciones de Nicaragua.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de noviembre de 1989