Apocalipsis
¿Seguro que llegamos a 1993? Vivo en una ciudad demasiado alegre y confiada sobre la que de pronto se ciernen los caballos del Apocalipsis. Por aquí ha cabalgado la princesa Ana de Inglaterra con su fina nariz metida en los ijares equinos por si captaba el hedor de la peste. Mientras la princesa Ana utilizaba sus reales narices para tan duro menester, doña Pilar Brabo metía las suyas en los entresijos de las centrales nucleares catalanas, que huelen a improvisación y a kilovatio hora carísimamente barato. Y por doquier, hombres y mujeres de la lluvia olisquean pantanos vacíos y horizontes de sequedad, mientras sus bolígrafos redactan presagios de restricciones de agua, años cuarenta.Milenarismo puro, dirán los optimistas, persuadidos de que nos esperan 10 años de especulación sobre la catástrofe. Pero lo peor que le puede ocurrir a alguien con manía persecutoria es que le persigan de verdad, y la peste equina avanza por un túnel de silencio, las centrales nucleares no tienen bomberos nucleares, los pantanos se secan. No quiero dejarme llevar por la ola de superstición que nos invade, pero a veces presiento un castigo de Dios en las proximidades de la declaración del impuesto sobre la renta de las personas físicas, esa hora de la verdad en la que has de decidir tepor la Iglesia o por doña Matilde y su Ministerio de Asuntos Sociales. Tentado estoy de poner la crucecita en el casillero de la Iglesia si a cambio recibo ciertas seguridades sobre la peste equina, las centrales nucleares y la sed. No he olvidado que Dios lo puede todo, pero que nunca se compromete ante notario y que incluso se molesta ante las inversiones interesadas. Pero ¿y si probáramos? ¿No le habremos ofendido con todas las prepotencias conmemorativas de 1992? Al fin y al cabo, "Él es Alfa y Omega, el que vive por los siglos de los siglos pese a haber muerto, y sobre todo el que tiene las llaves del infierno y de la muerte" (Apocalipsis, versículo 18).
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