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LA REVOLUCIÓN ISLÁMICA, DE LUTO

Jomeini, todo el poder para el islam

Clérigo, político y hombre, una misma personalidad atormentada

La muerte del ayatolá Jomeini en Teherán en el atardecer del pasado sábado, a consecuencia de un paro cardiaco que se produjo tras una intervención realizada para detener una hemorragia gástrica, abre un paréntesis de incertidumbre sobre el futuro de Irán y del Próximo Oriente. Su biografía muestra las sombras y las luces del hombre que desalojó del poder al sha Reza Pahlevi, edificó un régimen republicano islámico, libró una guerra de ocho años contra Irak y desafió al mundo con una política inquietante cuya continuidad, o sofocamiento, se libra hoy en Teherán y en el exilio político iraní, en un combate por el poder del que casi nadie excluye la efusión de sangre.

, Sayed Ruholá Musavi Jomeini era gran ayatolá del islam shií, linaje del profeta Mahoma y Guía de la Revolución islámica de Irán. Su vida estuvo siempre rodeada por el luto y el aura atormentada que rodea a los shiíes, la secta islámica establecida en Irán que aguarda la culminación de los tiempos con el retorno al mundo del duodécimo imám, Mahdi, oculto desde la Edad Media tras desaparecer en una cripta de la ciudad de Samarra.

Jomeini nació en la ciudad de Jomein, en el interior de Irán, en la primavera de 1900, en el seno de una familia profundamente religiosa de la estirpe del profeta Mahoma. Su padre, Mustafá, ayatolá shií, murió a los 42 años a manos de los esbirros de un señor feudal, Mozafaredín, cuando Jomeini contaba cinco meses de edad. A los quince años murió su madre y, casi al mismo tiempo, una anciana tía adorada por el joven Ruholá que le crió de niño.

Su vida quedó marcada por la orfandad y la muerte de otros familiares cercanos. Tal vez por ello Jomeini fue en su adolescencia apodado Indi (indio), por sus meditaciones continuadas y su rostro atormentado por una tristeza profunda y oscura que conservaría siempre.

Tras realizar estudios primarios en su ciudad de origen, Jomeini mostró desde entonces inclinación por los estudios religiosos islámicos, en los que muy pronto destacó junto al gran ayatolá Abdul Heri.

A partir de entonces y durante casi cuarenta años, su vida transcurrió plenamente dedicada a los saberes islámicos, si bien su constante atención por la política se arraigaba en la tradición shií de oposición, no siempre en descubierta, a los regímenes dictatoriales y al colonialismo.

Poco después de culminar sus estudios inciales se traslada a la ciudad santa de los shiíes iraníes, Qom, 140 kilómetros al Sur de Teherán, donde prosigue sus estudios junto a los grandes ayatolás Burujerdi y Sadr. De esta etapa arrancan sus avances en estudios coránicos, que le aproximan a posturas doctrinales cada vez más enfrentadas al poder imperial de Mohamed Reza Pahlevi.

Comienza su exilio, la tercera parte de su vida, primero en Turquía, luego en Najaf, la ciudad santa de los shiíes en Irak. Allí pasó catorce años.

La biografía política del gran ayatolá (ayatolá al Ozma) Ruhollah Jomeini ha discurrido en paralelo a la transformación del Islam shií, de la cual él fue uno de los principales adalides. Con un arrojo fuera de lo común, protagoniza en Irán las corrientes dinamizadoras que hacen salir al Islam en Oriente Medio y a la corriente mayoritaria del shiísmo de anteriores actitudes de adaptabilidad o ignorancia respecto a los poderes establecidos.

Las reservas morales a la participación del clero en la política directa desaparecieron tras los cambios doctrinales por él preconizados, que habían venido acompañados por otro igualmente crucial. La idea paradisíaca islámica, que remitía al otro mundo la consecución de la felicidad plena, dió paso a una concepción mucho más terrenal, si no del placer, sí de la necesidad de la lucha contra el sufrimiento y las penalidades en el mundo.

Jomeini dió a sus seguidores, bajo el manto del Islam shií actualizado, la fe, la confianza y la voluntad militante de luchar contra el sha, encarnación material y próxima de Satán para el anciano ayatolá. Satán sería luego el imperio estadounidense, el baasismo iraquí, los wahabitas saudíes y todos aquellos poderes que lucharon por apagar las llamas que en Teherán, Ispahan y Qom consumían con un ardor irresistible los corazones de miles de jóvenes dispuestos al martirio tras escuchar el mensaje nasal, profundo e inquietante de Jomeini.

Su voluntad de poder se vió siempre unida a una frialdad implacable hacia aquellos que consideraba enemigos del Islam, a quienes no dudaba en mandar al patíbulo. Para lograrlo contó siempre con colaboradores totalmente fieles como Asadollah Lajevardi, durante años jefe de la cárcel de Evín, en Teherán, donde miles de opositores muyaidines, comunistas y fedayines desfilaron ante los piquetes de ejecución. Como el ayatollah Gilani, que no dudó un ápice a la hora de mandar fusilar a dos de sus hijos enfrentados al régimen.

Odiado por unos, adorado por otros, temido por todos, Ruholla Jomeini basó su poder en algo que opera sobre el inconsciente colectivo de los shiíes: la creencia en que el anciano imam era, a modo de Juan Bautista, quien abría los caminos y anunciaba la llegada del Mahdi redentor. Creyó siempre en sus palabras, por encima del dolor y de la sangre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de junio de 1989