Hungría pluralista
LA VIDA política de las naciones se mueve en ocasiones a golpe de poderosos símbolos; éstos se convierten en detonantes, en encarnaduras de procesos, de desarrollos mucho más complejos a los que simbolizan con la instantaneidad y la magia del mito. Y pocos países europeos han desarrollado una concepción tan consistentemente simbólica de su propia historia como Hungría.Desde la insurrección de 1848, encabezada por Lajos Kossuth, hasta el fin de la I Guerra Mundial, Budapest no cesa de pugnar por un acomodo cada vez más próximo a la independencia en el seno del imperio vienés. Tras el turbulento período de entreguerras, en el que Hungría se convierte en virtual satélite de la Alemania nazi, el triunfo aliado en 1945 da pronto paso a un nuevo Estado sobre el que la mediatización se ejerce esta vez desde Moscú. Por ello, la última gran insurrección húngara, la del comunismo nacional del que se hace portavoz Imre Nagy en 1956, aplastada por los tanques soviéticos, se ha erigido en el símbolo de la búsqueda de una nueva y auténtica independencia nacional.
Durante esas más de tres décadas, la sociedad húngara, bastante a semejanza de la española durante el franquismo, ha conocido un proceso de maduración democrática a contrapelo de las pretensiones del poder; y esa democracia, que por razones de coyuntura exterior e interior no fue posible durante los años de independencia formal entre 1919 y 1939, sería verosímilmente viable ahora si el camino emprendido por el propio ordenamiento comunista que dirige Karoly Grosz y anima su ministro de Estado, Imre Poszgay, llevara hasta sus últimas consecuencias la aceptación del multipartidismo. Esa declaración adquiere, por otra parte, un formidable valor simbólico al coincidir con el levantamiento de la excomunión política contra la insurrección de 1956, que deja ya de ser una contrarrevolución para aceptarse como levantamiento popular. Si aquello fue un levantamiento, aunque no necesariamente acertado en sus consecuencias, como se matiza ahora, lo que entonces se pretendía, un régimen democrático aunque de estructura socialista, pasa a ser posible en el futuro.
Está claro que esa aceptación del multipartidismo es ambigua si no en la letra sí al menos en el espíritu, en la medida en que no todos los que tienen que hacerla realidad la entienden de igual forma. Nadie piensa en el partido comunista húngaro que eso equivalga a establecer a marchas forzadas un sistema político de corte occidental. En un Estado en el que los mecanismos de la economía siguen siendo básicamente socialistas, donde el aparato del poder lo ostentan los funcionarios del partido y en el que la vecindad oriental se halla rigurosamente vigilada por una Unión Soviética cuyos intereses estratégicos retienen un núcleo fundamental inmutable, sea Stalin o Gorbachov quien gobierne, el partido tendrá todos los triunfos en la mano para seguir gobernando solo o en cómoda coalición durante un plazo de tiempo indefinido.
Con todo, sería malo para Hungría, pero sobre todo malo para Europa, la del Atlántico a los Urales que cartografió De Gaulle, no entender, no apoyar y no defender desde todos,los rincones del Viejo Continente ese espasmo de libertad que retumba en Budapest. La victoria de Imre Poszgay, el gran impulsor de la reforma democrática, ha sido duramente peleada, y nada garantiza el éxito final de su esfuerzo. La era Kadar, la de cauta liberalización que comenzó tras el colapso de la insurrección y concluyó con el relevo del veterano dirigente en 1988, ha tocado verdaderamente a su fin con la nueva visión de los sucesos de 1956. Con ello se reanuda una etapa de reconquista nacional como las que marcaron la sublevación de Nagy en 1956 y la de Kossuth en 1848.
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