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El Papa pide en el Parlamento Europeo que los 'doce' se abran al Este

ENVIADO ESPECIALEl papa Juan Pablo II dirigió ayer en Estrasburgo un discurso a los miembros del Parlamento Europeo, reunido en sesión extraordinaria, en el que subrayó la importancia actual de la construcción de Europa, condenó los integrismos religiosos e ideológicos, pidió la apertura de Europa a los países del Este y afirmó que "sólo Dios es el fundamento de los valores que permiten fundar una sociedad libre".

El presbiteriano norirlandés lan Paisley, pastor protestante y diputado europeo, intentó impedir al Papa pronunciar su discurso levantando un cartel en el que se le acusaba de anticristo. Paisley fue inmediatamente alejado por fuerzas de seguridad del hemiciclo, mientras continuaba gritando: "Yo no creo en tu infalibilidad, yo te acuso como anticristo".Juan Pablo II, en un discurso más bien severo y contradictorio, aceptó la distinción de "dar al César lo que es de César y a Dios lo que es Dios", afirmando que "todos los imperios del pasado que intentaban instaurar su predominio con la fuerza de la constricción y la política de la anexión han fracasado". Y añadió: "Nuestra Europa será la de la libre asociación de todos los pueblos y de la puesta en común de las múltiples riquezas de su diversidad".Pidió el papa Wojtyla que la Europa de los doce no se encierre en sí misma, que se abra a los países del Este y que, más aún que en el pasado, "consagre recursos y energías a la gran tarea del desarrollo de los países del Tercer Mundo". Pero, dirigiéndose al presidente del Parlamento, Juan Pablo II le preguntó que cómo se puede concebir hoy una Europa unida sin "una dimensión trascendente". Y explicó que desde que en Europa surgieron las corrientes de pensamiento moderno, que "poco a poco" dijo el Papa, "han alejado a Dios de la comprensión del mundo y del hombre", existe una lucha en tre dos visiones opuestas que alimenta, dijo, "una tensión constante entre el punto de vista de los creyentes y el de los factores .de un humanismo agnóstico y a veces incluso ateo".

Los primeros, continuó diciendo el Papa, "piensan que la obediencia a Dios es la fuente de la libertad", cuya consecuencia ética es que los creyentes aceptan sólo principios y normas de comportamiento que derivan de la autoridad de Dios y no "del arbitrio de las modas o de sus propios intereses mudables".

Al contrario, los segundos, es decir, los agnósticos 0 ateos, "habiendo suprimido todo tipo de subordinación a Dios, consideran al hombre como el principio y el fin de todas las cosas, y la sociedad, con sus leyes, sus normas y sus realizaciones, como su obra soberana". Y añadió: "La ética no tiene otro fundamento que el consenso total y la libertad individual, ni otro freno que el que la sociedad considera que debe imponer para la salvaguardia de los otros".

Frente a tal diversidad de puntos de vista, la función más elevada de la ley es, dijo el Papa, la de "asegurar en igual medida a todos los ciudadanos el derecho de vivir de acuerdo con sus conciencias y de no contradecir las normas del orden moral natural reconocidas por la razón".

Pero, recordando al Parlamento Europeo que ha sido del cristianismo de quien la Europa moderna ha mamado los principios fundamentales que regulan hoy su vida pública, afirmó que "después de Cristo no es posible ya idolatrar una sociedad con grandeza colectiva devoradora de la persona humana", porque ningún proyecto de sociedad podrá jamás establecer el reino de Dios, es decir, la perfección sobre la tierra, ya que los mescanismos políticos suelen desembocar en las peores tiranías y las estructuras que las sociedades le dan no valen de modo definitivo ni pueden procurar por sí solas todos los bienes a los cuales el hombre aspira".

El Papa condenó también la tentación de integrismo que tuvo la cristianidad latina medieval de "excluir de la comunidad temporal a los que no procesaban su propia fe". Y con los ojos puestos probablemente en Jomeini, afirmó que dicho integrismo religioso que no sabe distinguir entre la espera de la fe y de la vida civil practicado aún hoy en otra realidad, aparece incompatible con el espíritu propio de Europa, tal como fue caracterizado por el mensaje cristiano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de octubre de 1988

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