Cara y cruz del éxito
A mitad de actuación, Miguel Bosé se desprendió lentamente de su chaquetilla. Acto seguido comenzó a remangarse la camisa, y las jovencitas que llenaban el coso de Las Ventas iniciaron su particular recital de chillidos histéricos, que para sí hubieran querido los Beatles de su mejor época o la Rita Hayworth de Gilda. Fue en ese instante cuando Bosé se enfrentó a su particular cara y cruz.La cara es su carisma y atractivo para un determinado tipo de público y su voluntad para superar lo evidente, intentando elaborar una música sofisticada, a veces por encima de sus posibilidades. La cruz es que, a pesar de esta voluntad, parece obligado a satisfacer los elementales deseos de sus fans incondicionales, y por ese lado hace agua. Miguel Bosé es un profesional que lleva años buscando una línea propia, que desde 1985, con el disco Bandido, adquirió mayor madurez y deseos de proyección internacional.
Miguel Bosé
Miguel Bosé (voz), Enzo Feliciati (teclados), Stefano Malone (teclados), Mitchell Lawrence (guitarra), McRae Warren John (bajo), Alan Childs (batería), Arturo Soriano (saxo), Andrea Bronston (coros), Adriana Kaegy (coros). Plaza de Toros de Las Ventas. Madrid, 6 de septiembre.
En esta búsqueda debe enfrentarse a unas facultades poco favorables como cantante, que en el concierto de Madrid bordearon la frontera del desafine en los temas de sentido más enérgico, como Jonás y la ballena. Por el contrario, en las canciones lentas y de tiempo medio -Sevilla, Que no hay, Partisano-, donde su voz se adentra en tesituras más graves, Bosé sale airoso del trance y alcanza una expresividad ausente en buena parte del concierto.
Como bailarín, uno de los principales puntos de enganche de sus incondicionales, su estilo recoge aspectos del ballet clásico y resulta personal, aunque saturado de almidón. El espectáculo resulta excesivamente artificial y marcado por la pose. La coreografía de Adriana Kaegy es vulgar y aumenta la superficialidad de un concierto profesional y correcto, pero sin alcanzar la emoción por via musical. Sus músicos de acompañamiento, arrinconados a un lado del escenario, tienen sus elementos más enérgicos en el trío guitarra-bajo-batería, aunque el protagonismo de Bosé difumina el sentido de grupo.
El largo concierto -dos horas y cuarenta minutos- tuvo un final apoteósico, con una hora de bises, ante el delirio del público femenino, que aclamó a su ídolo hasta la extenuación. Coreó masivamente antiguas canciones -Linda, Te amaré- y demostró que el cantante como ídolo está por encima de su música. Miguel Bosé es el objeto del deseo, y lo demás es secundario. En esta compleja y agradable disyuntiva -ha vendido 100.000 ejemplares de su último disco- se mueve el cantante, afrontándola con resultados irregulares, aunque su afán de superación le permite mantener una indiscutible dignidad en el escenario.
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