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Crítica:TEATRO

El verso que escapa

Entre la leyenda y la historia, la figura del infante don Fernando de Portugal llegó al tiempo de Calderón con un valor sublime: cautivo de los moros, que pedían Ceuta por rescate , prefirió el martirio y la muerte por malos tratos que una ciudad cristiana cayera en manos de infieles. Calderón se precipitó sobre este suceso, que tan bien le servía para su concepto del mundo, y lo bordó en el El príncipe constante. La religiosidad y la santidad de Fernando se acentúan en esta versión de Martín Recuerda y González Vergel con el radiante ascenso del semidesnudo personaje a la proa de una nao, mientras su cuerpo lacerado yace en tierra. Calderón trabaja con prudencia este drama: no hay malos ni buenos, los moros no son infames, la nobleza del guerrero está por encima de su religión o de su raza y, en realidad, el contraste dramático y teatral está entre los buenos comportamientos de los nobles y el del infante, que es sublime. O que tiende a la santidad. La virtud de la constancia en la creencia, pese a la variación de la suerte personal o de las circunstancias en torno, es también muy frecuente en los caracteres enterizos de lección moral del teatro calderoniano.Se dice que esta obra no se representa desde su tiempo (1639), aunque ha tenido una larga vida de publicaciones, comentarios y exégesis, y algunos la consideran no sólo como un compendio de Calderón sino de la gran literatura europea. Podía haber esperado un poco más para ser representada en mejores condiciones, que no en estos bolos de verano, al aire libre, aunque ello sirva para dar lugar a la buena representación de Pedro María Sánchez, que ofrece una figura y una voz donde la debilidad y la aparente blandura contrastan felizmente con su fortaleza de ánimo: declama y actúa dentro de la tradición romántica, muestra otra vez que el verso clásico se puede decir -y aún se puede decir mejor-, como lo hace Carmen de la Maza con su tradición y oído o Carlos Ballesteros con su costumbre. Cuando pueden, estos actores escapan a la dirección de ese verso que impone González Vergel: el rengloneo, la lentitud, la rotura del sentido por la suma o resta de palabras de unas oraciones a otras. La misma fastidiosa lentitud contiene la acción, la lleva a veces a la cámara lenta para simular batallas, y el brío que Calderón puso en su meditación se pierde. Añade unas parcas confundiendo el sentido católico del libre albedrío calderoniano con lo implacable del ideario grecorromano. Hay otros añadidos verbales, pero, en general, el lenguaje está bien trasladado y su belleza no se perdería si estuviera bien dicho y bien rimado entre los personajes de la obra. Los aplausos arreciaron para Pedro María Sánchez, cuyo éxito venía ya cantado por su interpretación de Mérida.

El príncipe constante

De Pedro Calderón de la Barca, versión de Martín Recuerda y de González Vergel. Intérpretes: Pedro María Sánchez, Carlos Ballesteros, Carmen de la Maza, Carlos Mendy, José Antonio Ferrer, Fernando de Juan. Escenografía y figurines de José Hernández. Dirección de Alberto González Vergel. Veranos de la Villa, patio del Conde Duque, 23 de agosto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 26 de agosto de 1988

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