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Crítica:'ROCK'

La sencillez y el exceso

El norteamericano Bruce Springsteen es un carismático prestidigitador de multitudes, que tuvo en Madrid a más de 60.000 almas girando en torno a la punta de su dedo. A lo largo de las tres horas y cuarto que duró la música, cualquier leve movimiento de su mano, cualquier guiño o insinuación tuvo una repercusión inmediata en los espectadores. Springsteen logró la mayor catarsis colectiva que ha vivido Madrid en su ya larga historia de conciertos de rock.

El mayor atractivo del cantante radica en el desarrollo de su espectáculo para alcanzar el increíble grado de comunicación que logra con su público. Partiendo de la nada, con el caldo de cultivo que proporciona un público predispuesto y entregado de antemano, creó un clima creciente elevándolo a estado catárquico, para finalmente, como un moderno flautista de Hamelin, llevarse con él la locura y dejar a todos colgando de un suspiro, sumidos de nuevo en la realidad cotidiana. Es lo que Juan Gil-Albert llama "lo fugaz sin mácula", aplicado a la música.

Bruce Springsteen y la E Street Band

Novillos de José Luis Pereda: de aceptable presentación y mansos, excepto el sexto. Antonio Posada: vuelta y ovación (aviso). Antonio Punta: oreja y tres vueltas con petición. Antonio Pérez 'El Onubense': vuelta (aviso) y oreja.Plaza de la Merced. Jueves 4 de agosto. Segunda corrida de las fiestas colombinas.

Bruce springsteen (voz, guitarras), Roy Bittan (teclados), Danny Federici (teclados), Nils Lofgren (guitarras, coros), Gary Tallent (bajo), Max Weinberg (batería), Clarence Clemons (saxos tenor y barítono, coros), Patti Scialfa (coros, guitarras), Edward Manion (saxo), Mario Cruz (saxo), Mark Pender (trompeta), Mike Spengler (trompeta), Richard La Bamba Rosemberg (trombón)

Madrid, 2 de agosto.

Este grado de catarsis únicamente puede lograrse cuando a un espectáculo planificado para satisfacer las necesidades del público se añaden los elementos ideológicos precisos para lograr la comunicación total. A juzgar por el éxito obtenido por Bruce Springsteen en todo el mundo, las ideas plasmadas en los textos de sus canciones trascienden lo típicamente norteamericano para alcanzar una universalidad que, en muchos casos, se desarrolla a través de la intuición más que por un conocimiento profundo, obstaculizado por el desconocimiento del idioma.

Lo que canta Springsteen atrae por lo primario. Es la persona de baja extracción social, que quiere escapar de su situación a través de una huida en busca de la tierra prometida —como titula una de sus canciones—, basada únicamente en la voluntad personal de superación. Este moderno new deal lo expone a través de un lenguaje genuinamente norteamericano, incorporando coches, carreteras, amores perdidos y una desesperanzada esperanza, sin alcanzar nunca ese nuevo Shangri La, con lo que el ciclo comienza y acaba en el propio Springsteen.

Entrega personal

El cantante norteamericano expresa sus ideas a través de un sentido del espectáculo que mezcla la sencillez y el exceso, buscando la espectacularidad por el camino de la entrega personal y no de la aparatosidad técnica. La imagen de Bruce Springsteen prende por lo elemental y directa, y su música alcanza el paroxismo por la energía y la fuerza. Convierte la sencillez en desmesura extravertida, y ante tamaña demostración de desgaste físico, la rendición entregada del público parece ser la única opción.

Es un obrero de lujo, con un planteamiento del concierto medido y estudiado al detalle. Cada movimiento de cadera, giro de cabeza o acercamiento a Patti Scialfa tiene una repercusión inmediata en la música, luces, cámaras de vídeo y público. Bajo una apariencia de espontaneidad, Springsteen ha realizado en toda su gira las mismas actitudes escénicas, y es en este convertir en natural lo mil veces experimentado donde el cantante sustenta otro de sus atractivos y presenta sus contrasentidos. Fue significativa la imagen de Springsteen rozando las manos de quienes se apiñaban en las primeras filas, seguido de un fornido guardaespaldas que disminuía la intensidad de un concierto emocionante.

Su inseparable E Street Band demostró ser un grupo de músicos sin fisuras. Apoyados por un magnífico sonido, recorrieron las fuentes que inspiran a Springsteen, rock and roll y soul, y están a la altura que exige un líder que se ha convertido en la máxima estrella del rock actual. Esto significa que también tiene que pagar su cuota de concesiones a la galería, sobrecargando su actuación de dramatismo y poses de abatimiento. Fueron los aspectos más teatrales, que también impactaron en unos espectadores que continúan siendo tratados de forma desconsiderada, obligándoles a un hacinamiento injusto.

A pesar de las incomodidades, el receptivo público de Madrid respondió al arrollador impulso de un Springsteen que aguantó y superó esta intensa comunicación de ida y vuelta en un maratoniano concierto que satisfizo con creces las expectativas creadas. Fue un magnífico concierto y los asistentes aceptaron que Bruce Springsteen les había dado todo, aunque al final de su gira parezca sobre pasado por su propia entrega, acumulando los tics ensayados restándole naturalidad. Hoy, Springsteen se encuentra en el punto más alto de su carrera, y dilema no se plantea como ídolo de masas sino como músico entre el cliché y la espontaneidad creadora. Como equilibrista entre la sencillez y el exceso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de agosto de 1988