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Tribuna:VIAJEROS DE VERANOPOR TIERRAS DE PORTUGAL / y 5

El director y su museo

Cuando el viajero estaba en Alcoutin vio en un altivo monte un castillo redondo y macizo, con más aire de torre amputada que de construcción militar compleja. Por la amplitud de las vistas, valdría la pena subir hasta allí, pensó. No fue. Creía, engañado por la perspectiva, que el monte estaba aún en territorio portugués. En fin, para, llegar allá sería preciso atravesar el Guadiana, contratar barquero, mostrar pasaporte, y entonces ya sería diferente el viaje. Del otro lado es ya Sanlúcar y otro hablar. Pero las dos villas, puestas sobre el espejo de agua, han de verse en el espejo una de otra, el mismo albor de casas, los mismos planos de belén. En risa y lágrimas tampoco debe de ser mucha la diferencia.El viajero, allá adonde llega, si puede ser, conversa. Todos los motivos son buenos, y este de una antigua capilla transformada en carpintería y depósito de cajones, si no es el mejor de todos, basta al menos para el caso. Tanto más cuanto que en el fondo hay un altar y un santo encima de él. El viajero pide permiso para entrar, y la imagen es tan bonita, un san Antonio con el niño al cuello... ¿Cómo se explica que esté aquí, entre martillazos y trabajo de garlopa, sin una oración que lo consuele? La charla sigue fuera, en los escalones de lo que fue capilla, y el hombre, bajo, seco de carnes, rozando los 60 años, si es que no los rebasó, responde: "Venía aguas abajo cuando la guerra de España, y yo lo cogí". No es imposible, piensa el viajero, la guerra fue hace cuarenta años y pico, tendría. el salvador unos 15. "¡Ah! Vender no lo vendo. Está ahí para. quien quiera verlo. Y es bastante".

Se aproxima entonces un carabinero, curioso de por sí o por obligación de autoridad. Es joven, de cara alargada, sonríe siempre. No dirá una palabra durante toda. la charla. "El otro día vino por aquí el cura, Es flaco, todo curvado; entró y se arrodilló ante el san Antonio; estuvo ahí todo el tiempo que quiso y luego va y me dice, en esa lengua suya estropajosa, sí, estropajosa, que el cura es irlandés, lleva aquí un año, que dicen que vino huido de su tierra, estuvo ocho días en una barrica de alquitrán cuando fue de unas persecuciones que hubo allá, cuándo, ah, eso sí que no lo sé, y ahora vive ahí, me dijo que el santo debería estar en la iglesia en compañía con los otros santos, y yo voy y le digo que como alguien se atreva a echarle mano, voy y le doy con un listón que lo dejo rascándose para lo que le queda de vida, qué me dices; el cura se largó, cuando pasa por aquí baja ahora la cabeza como si viese al diablo". Todos se ríen, el viajero hace coro, pero en el fondo siente pena del cura, tan solo en tierra extraña, y que sólo quería tener ese santo por compañía, tal vez no tenga en su iglesia un san Antonio.

Descubrimiento

La iglesia se ve desde allí. Queda en lo alto de unas escaleras y tiene un bello portal renacentista. El viajero va a hacer la visita acostumbrada, a ver si encuentra las puertas cerradas y el cura ausente. Pero éste es irlandés, fue instruido en la idea de que la iglesia es para estar abierta, y si no hay otro que cuide de ella, por fuerza ha de estar dentro. Allí estaba, sentado en un banco. Al oír los pasos, se levantó, saludó con un solemne ademán de cabeza y volvió a sentarse. El viajero, intimidado, ni abrió la boca. Miró los magníficos capiteles de las columnas de la nave, el bajorrelieve del baptisterio, y volvió a salir. En caballetes, del lado de dentro de la puerta, había pegados prospectos religiosos, el horario de las misas, otros papeles, uno en portugués, casi todos en inglés. El viajero, de repente, no sabe de qué tierra es.

En Olhâo compró unas uvas en el mercado e hizo un descubrimiento. Las uvas, comidas en los muelles de los pescadores, no son buenas, pero el descubrimiento, y dispensen la inmodestia del viajero, era genial. Tiene que ver con aquella historia del rey moro del Algarve que se casó con la princesa nórdica, princesa que moría de añoranzas de sus nevadas tierras, lo que al rey le causaba gran pena porque le tenía mucho amor. Sabido es cómo el astuto monarca resolvió el caso: mandó plantar miles, millones de almendros, y un día, florecidos todos, hizo abrir las ventanas del palacio donde la princesa lentamente se extinguía. La pobre señora, viendo cubiertos los campos de flores blancas, las tomó por nieve y se curó. Ésta es la leyenda de los almendros: no se sabe qué pasó luego, cuando las flores se convirtieron en almendras, y nadie lo preguntó.

Ahora bien, el viajero hace la pregunta siguiente: ¿cómo fue posible que la princesa, si era tan grave la enfermedad de consunción en que había caído, aguantara con vida durante todo el tiempo que millones de almendros precisan para crecer y fructificar? Bien se ve que la historia es falsa. La verdad la descubrió el viajero, y aquí la tienen. El palacio real estaba en una ciudad o en un lugar importante, como éste, y alrededor había casas, muros, en fin, lo que en las ciudades hay, todos pintados de los colores que a sus dueños más gusto les daban. Blanco había poco. Entonces el rey, viendo que se le moría la princesa, mandó publicar un bando diciendo que todas las casas se pintaran de blanco y que ese trabajo fuese hecho por todos en un día cierto, de la noche a la mañana. Y así fue. Cuando la princesa se asomó a la ventana, vio la ciudad cubierta de blanco, y entonces sí, sin peligro de que esas flores se marchitaran y cayeran, se curó la princesa. Y la cosa no queda aquí. Almendros no los hay en el Alentejo, pero las casas son blancas. ¿Por qué? Muy sencillo: porque el rey moro del Algarve mandaba también en aquella provincia y la orden fue para todos. El viajero acaba de comerse las uvas, vuelve a estudiar su descubrimiento, lo encuentra sólido y arroja la leyenda de los almendros a las malvas.

El Museo de Faro es uno de esos de llevar y traer, es decir, de los que tienen un guía que lleva al grupo, se para todo el tiempo que sea preciso, y quien llega después tiene que esperar a que esté de vuelta. No hay más remedio, son las soluciones de la pobreza: cuando no hay platos para toda la familia se sirve en una fuente común; cuando no hay guardianes para todas las salas, entran los visitantes por veces.

Está el viajero en estas reflexiones, esperando pacientemente o, al contrario, mostrando su impaciencia con paseos en el espacioso atrio que da hacia el claustro del que fue antiguo convento de la Asunción, cuando repara en un hombre de cansada edad, allí sentado, ante el escritorio donde siempre posaron sus codos y pereza los incontables ordenanzas de la tierra portuguesa. El hombre tiene el rostro blando de quien sabe de la vida lo bastante para tomarla en serio y reírse de ella y de sí mismo. Sonríe levemente el hombre. El viajero interrumpe su paseo para mostrar que se ha dado cuenta, y se inicia el diálogo: "Hay que tener paciencia. Los que andan por ahí dentro no van a tardar ya". Responde el viajero: "Paciencia tengo. Pero quien viaja no siempre tiene tiempo para perderlo así". Dice el hombre: 'Debería haber un guardia en cada sala, pero no hay presupuesto". Dice el viajero: "Con todo este turismo, no debería faltar. ¿Adónde va el dinero?". Dice el hombre: "¡Ah! Eso sí que no lo sé. ¿Quiere saber una cosa? Hace un montón de tiempo pedimos material para rotular las obras expuestas, y sólo ahora acabamos de recibirlo".

Impaciencia

El viajero vuelve a su idea fija: ."Debería haber guardias. Uno a veces entra en un museo sólo para volver a ver una obra. O. una sala. Si tiene que ir acompañado y le apetece estarse una hora en esa sala o ante esa obra, ¿cómo lo hace aquí, en este museo? 0 en Aveiro, o en Braganza. Qué sé yo". El hombre sonríe de nuevo. Se le iluminan mucho los ojos, y repite: "Tiene razón. A veces le apetece a uno quedarse una hora ante una obra". Y dicho esto, se levanta, atraviesa el atrio, entró en un cuarto del fondo y volvió a salir, con un folleto en la mano. Y le dijo al viajero: "Como veo que usted se interesa por estas cosas, tengo el placer de ofrecerle la historia de esta casa". Sorprendido, el viajero recibe el folleto, da las gracias de manera trivial, y en media docena de segundos ocurren varias cosas: viene el guía con los visitantes, entran otras cuatro personas, hojea el viajero el librito, desaparece el hombre del escritorio.

Allá dentro, visto el folleto con más atención, se entera el viajero de que el hombre del escritorio es el director del museo. Allí, sentado en el lugar de los ordenanzas que no existen, con su aire fatigado, quejándose de la falta de presupuesto, cubriendo con su sonrisa los pesares antiguos y recientes, es el director. El viajero ha visitado todas las salas, encontró unas mejores que otras, aceptó o no aceptó lo que temporalmente se expone, pero entendió en seguida que el Museo de Faro es obra de amor y de tenacidad. Y, atención, en lo que de mejor tiene, resulta incluso un museo importante. Véase la sala dedicada a las ruinas de Milreu, el espolio romano o visigótico, los ejemplares románicos, góticos y manuelinos, repárese en cómo fueron creados ambientes que favorecen a ciertas piezas o conjuntos, y la excelente colocación de los azulejos, los diagramas didácticos, los mosaicos reinstalados. Y no quedaría aquí la noticia si tuviera más espacio. Espacio para organizar los fondos, dinero para adquirirlos y mantenerlos, eso es lo que el Museo de Faro necesita. Quien lo ame, ya sabe. Termina la visita, y el viajero, ya en el vestíbulo, busca al director. No está allí. Fue a cualquier sitio escondido de este mundo suyo, tal vez por no ver en el rostro del viajero una sombra de desagrado. Si así es, se ha engañado. Al viajero le gustan todos los museos. Ha visto muchos. Pero éste era el primero en el que el director estaba sentado, tranquilamente sentado, en la mesa del ordenanza. El director y su constante, continuo amor.

Y ahora, camino del Finisterre del Sur. Por esta banda se despide el mundo. Casi en línea recta avanza el viajero hacia la punta de Sagres. Luego, contorneando la bahía, hacia el cabo de San Vicente. El viento, fortísimo, sopla del lado de tierra. Hay aquí una rosa de los vientos que ayudará a marcar el rumbo. Para mandar las naves a las descubiertas de la especiería están favorables el viento y la marea. Pero el viajero tiene que volver a casa. No podría avanzar más. De aquí al mar son más de 40 metros a pico. Las olas baten allá abajo contra las piedras. Nada se oye. Es como un sueño. Éste es el país del regreso. El viaje ha llegado a su fin.

No es verdad. El viaje no acaba nunca. Son los viajeros los que llegan al fin. E incluso ellos pueden prolongarse en memoria, recuerdo, narración. Cuando un viajero se siente en la arena de la playa y diga: "No hay nada más que ver", díganle que no es así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Es preciso ver lo que no ha sido visto; ver otra vez lo que ya se vio; ver en la primavera lo que se vio en verano; ver de día lo que se vio de noche; con sol, donde lluvia había; ver la sembradura verde, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Es preciso volver a los pasos que fueron dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos junto a ellos. Es preciso volver a iniciar el viaje. Siempre. El viajero vuelve pronto.

Traduccíón de Basilio Losada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de julio de 1988