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Cartas al director

Pitillos

Creo sinceramente que se están pasando con esta plaga de antifumadores que nos invade. Con sólo decir que de los cuatro o cinco cigarrillos que solía fumar al día he pasado a duplicar mi dosis, convirtiéndome en un empedernido fumador que saborea el placer de lo prohibido. Pero hay algo peor que un fumador, y es aquel ex fumador que intenta convencerte de lo bien que se encuentra ahora y de lo sanísimo que es dejar de fumar.

Considero lógico no fumar en hospitales, autobuses, sitios públicos o simplemente donde haya alguien a quien le moleste y perjudique.

Lo que si me extraña es que el Gobierno, ya sea autonómico o central, y otras entidades no se preocupen de proteger a esos valientes deportistas que recorren nuestras calles en chándal y cinta al pelo aspirando el tonificante y sano oxígeno de la Gran Vía a las siete de la tarde (por citar un ejemplo).

En fin, señores (y aquí entro en el centro de la cuestión), en América existe una nueva moda: el culto al cuerpo.

Fruto de esa pasión por la salud surge el antitabaquismo (ellos lo inventan, ellos lo prohíben), y aquí, como todas las modas que vienen de Yanquilandia, entra con furor.

Que todo el mundo se conciencie de que cada uno tiene derecho a matarse como quiera, y si es un tema de sanidad, que hagan hincapié en muchas empresas, prisiones, barrios bajos de las grandes ciudades o cuarteles militares donde la gente contrae enfermedades, y no por culpa del tabaco.-

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