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Editorial:

El sueño del gran Magreb

EL ACUERDO por el que, el pasado lunes, Argelia y Marruecos, tras 12 años de hostilidad, restablecían relaciones diplomáticas es motivo de satisfacción para la comunidad internacional. Llega en un momento fundamental no sólo para, los protagonistas del pacto, sino para el mundo árabe, en general, y el equilibrio mediterráneo, en particular. Doce años sin relaciones y con una guerra larvada entre los dos vecinos producen tensiones que afectan no sólo al desarrollo interno de cada uno, sino a su posición frente a los países del entorno. Todo era mirado con sospecha: acuerdos con España, maníobras conjuntas con EE UU, anuncios de unión política con Libia, aparecían distorsionados por la rivalidad fratricida.El sueño de un islam poderoso y unido se desvanece. Son demasiadas las guerras y excesivamente agudas las diferencias sociales y políticas entre los países que quieren revivir el ideal de Mahoma. Lo único que puede darles un mínimo común denominador es la cuestión palestina. El presidente argelino, Benyedid, quiere que todos los líderes árabes acudan a la cumbre de Argel el próximo 7 de junio. No será fácil que ello ocurra, pero es beneficioso que el rey Hassan de Marruecos haya puesto la paz con Argelia como condición a su presencia. La paz es ahora un hecho, y la presencia marroquí en la cumbre argelina queda garantizada. Y es importante que asistan también a ella niasivamente los regímenes árabes conservadores; sería la única manera de convencer a EE UU de que la paz es posible en Palestina y de que el islam está dispuesto a garantizarla.

En el ámbito regional, el acuerdo argelino-marroquí acerca en cierta medida el ideal del gran Magreb con el que sueña Hassan; al menos no es descabefiado pensar en una. unidad de influencia que finalmente agrupe a Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania. Una región sin guerras que socaven los cimientos de las economías marroquí y argelina tiene oportunidad de desarrollarse poderosamente. Marruecos sería el puente del norte de África con la Europa democrática y con EE UU, y Argelia, un régimen socialista cada vez más moderado, podría ejercer su influencia en el Mediterráneo y en sus hermanos más problemáticos del Este.

Respecto al Sáhara, el acuerdo permite mirar por fin más allá de la guerra como única solución y concebir soluciones originales, compatibles con los esfuerzos de compromiso de las Naciones Unidas y de la Organización para la Unidad Africana. A Hassan, entre otras cosas, le ha de facilitar la reintegración en la disciplina de esta última, con lo que ella misma volvería a adquirir, además, credibilidad y eficacia. El Frente Polisario ya ha respirado con alivio, aceptando la paz entre mentor y enemigo como buen augurio Fiara el futuro de su territorio.

Finalmente, para España, la nueva situación es también una buena noticia. Durante los pasados años, nuestras relaciones con Argelia y Marruecos han estado teñidas de la desconfianza que Madrid sembró en la región con su patoso tratamiento del problema saharaui. Con demasiada frecuencia se cedió a la tentación de jugar con el desequilibrio magrebí, creyendo que favorecer alternativamente a uno y a otro país obraba en beneficio español. Esta ceguera provoca irredentismo en Ceuta y Melilla, dificultades con los contratos de gas argelino, escarceos innecesariamente irritantes con EE UU. La paz beneficiará a todos a la hora de resolver, mediante el diálogo, cuestiones tan espinosas como la situación de ETA en Argelia o el futuro de nuestras plazas de soberanía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de mayo de 1988