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Tribuna:EFECTOS DEL TERRORISMO

Escenas contemporáneas

Ahora que se empieza a hablar del fin del terrorismo puede estar llegando el momento de que la izquierda intente un rearme ideológico para reflexionar sobre este fenómeno que ha mantenido en vilo a la sociedad española durante los últimos 15 años. En estos términos centra el autor su reflexión.

A veces, cuando se observan algunos episodios que nos ofrece el mundo, llegamos a la conclusión de que los problemas humanos son una cuestión de podredumbre, de miseria visceral. Otras, es un asunto de falta de inteligencia. Ésta es la explicación somera que, en España, hemos acabado por darle a la ruina moral de algunos hombres que no han sabido unir a su ínfima capacidad intelectual más que un culto ciego a la muerte. Porque matar ha sido siempre lo más sencillo, y por eso el exterminio humano ha constituido una forma de punición entre las sociedades primarias. Las colectividades complejas, por el contrario, han hecho de la eliminación de las prácticas mortuorias una de las señales de su vocación civilizadora. Por eso, los profesionales de la muerte de todas las ideologías suelen ser hábiles en la destrucción, pero pobres en el pensamiento.Es lógico, por ello, que la acción política de los ángeles exterminadores modernos carezca de la menor inteligencia. El coeficiente intelectual que ha guiado a los pistoleros que empiezan a dar señales de cansancio es el que se refleja en la pedestre rudeza con que sus portavoces acostumbran a comunicar el triunfal logro de la explosión, el ametrallamiento, o el secuestro. La falta de entendimiento entre esta caterva de mafiosos y un grupo civilizado no se fundamenta en las diferencias de fuerza, o de estrategias, o de idearios, sino en los distintos niveles de intelección. La capacidad de raciocinio que poseen les hace sospechar que pueden ser temidos, pero nunca respetados. Ni siquiera han matado por una elección entire diversas opciones, sino porque no sabían hacer otra cosa.

Por eso, el tipo de enfrentamiento que han planteado ha resultado tan complicado. Los poderes públicos debieran haber tenido muy presente que para combatirlos hacían falta, además de medidas policiales y políticas, tratamientos psiquiátricos. Equipos de especialistas en la curación de enfermos irrefrenablemente violentos y con pocas luces mentales debieran haber sido enviados a las líneas de vanguardia que trataban de neutralizar la acción (te los terroristas.El mundo está tan del revés en estos momentos, desde el punto de vista de las ideas, que cualquier grupo incapaz de hacer el menor esfuerzo intelectual se acredita por su simple brutalidad. Así es como justifican los Estados muchos de sus desmanes, y así es como resulta imposible recabar de estas cuadrillas de rebeldes, asilvestrados la aceptación de unas normas de convivencia que atentan contra la estabilidad de sus hábitos primarios. De ahí que la elemental y bárbara producción de cadáveres se haya convertido en el argumento dramatizador de una forma de vida que no ha tenido otra meta que el cerril culto a un localismo patológico que ha anegado este país como una plaga bíblica. Éste es el clima que propicia ceremonias medievales en las que, cual si de circos romanos se tratara, las muchedumbres han vitoreado a los asesinos y les han pedido más muertes -"ETA, mátalos"- en presencia de las víctimas, y hasta de sus deudos.

Instintos

Y todavía han tenido la desfachatez de dirigirse a las gentes de bien reivindicando una ascendencia supuestamente revolucionaria para disimular sus instintos sanguinarios. Con este sustrato moral se puede adivinar el futuro que nos espera. El espíritu del fascismo se ha integrado en la sociedad contemporánea, como tantas otras cosas, bien con el rostro amable que pone la derecha para conculcar las libertades en nombre de la democracia, bien con la faz torva de unos enajenados que invocan la tradiciónrevolucionaria para justificar su bárbara criminalidad.

El daño que el terrorismo ha causado a la izquierda es irreparable. El único y esencial argumento que el pensamiento progresista ha esgrimido a lo largo de casi dos siglos como signo netamente distintivo propio ha sido la superioridad moral de sus postulados. Los terroristas han contribuido decisivamente a darle la puntilla legitimando el crimen como una empresa de filiación izquierdista. Y no digamos estos terroristas españoles, auténticos fanáticos de algo tan cavernícola como es el nacionalismo.No se puede reconocer en estos memos violentos al hombre heredero de la tradición ilustrada, que es el que ha nutrido la conciencia crítica desde la Revolución Francesa. No es posible alentar un soplo de esperanza social culta en un proyecto inspirado por hatajos de bandoleros que no tienen otro norte que el de la supervivencia estomacal. Porque ¿acaso hombres que matan a sangre fría, con una delectación medieval, pueden haber tenido una idea social avanzada? ¿Cómo es posible que durante años se haya aplicado el tiro en la nuca sin la más mínima contrición, sin una mueca de aflicción, a mujeres, niños, ancianos, civiles o militares?

El modelo que ha inspirado a estos zánganos de la metralleta ha sido el del oscurantismo de los déspotas atrabiliarios. Son hijos del integrismo más retardatario que ha producido la historia de España, que ni siquiera conocen, y en la que nunca han faltado émulos de la ejecución. Por eso se entienden tan bien con algunos sectores de la santa madre Iglesia, que habitualmente encuentran la palabra adecuada para comprender una crueldad en la que no les faltan identidades comunes. Hay que recordar a esos curas, con su habitual dogmatismo, justificando a personajes que han sido capaces de dispararle a una joven embarazada, de saltarle los sesos a un anciano desprevenido, de apretar el gatillo y cazar por la espalda a un guardia, dejándole tieso a 20 centímetros de distancia.

Sólo nos ha faltado ya de toda esta historia mórbida y repugnante la escenificación de las guaridas de los asesinos; verlos mientras esperaban en el quicio de un portal la llegada de un condenado; observarlos cuando acercaban el ánima de la pistola a la sien de las víctimas que, probablemente, seguirán cayendo todavía antes de que los representantes de los ejecutores, los dirigentes de Herri Batasuna, empiecen a arrastrarse por los salones oficiales en busca de una respetabilidad que acabarán ganándose.

Luis Saavedra es profesor de Sociología de la universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de abril de 1988