Crítica:Crítica
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La naturalidad en la exposición

Caracteriza actualmente a Weissenberg un clasicismo doblemente entendido como propia madurez y como sabor de un pianismo clásico fundamentado en la naturalidad de la exposición antes que en la exhibición virtuosística.Entre la apabullante perfección técnica de tantos pianistas actuales, de esa "barbarie de la perfección" en expresión de Adorno, por cuanto suele cerrarse sobre sí misma, la indiscutible precisión técnica del pianista búlgaro se recrea ahora en la intención expresiva, en la musicalidad.

Reputado como pianista romántico, la claridad -demostrada en algunas versiones que nos ha dejado de compositores del clasicismo- y un temperamento ciertamente analítico le permiten abordar con equilibrio, como Arrau, el piano contrastado de Schumann. Equilibrio repetido entre los consabidos Florestán y Eusebius, trasuntos literarios del compositor.

Recital de Alexis Weissenberg

Alexis Weissenberg, piano. Obras de Robert Schumann: Scènes d'enfants, opus 15; Fantasía en do mayor, opus 17; Estudios sinfónicos, opus 13. Sociedad Filarmónica de Valencia. Palau de la Música. Valencia, 16 de noviembre.

Sin abusar del sforzando ni de la brillantez del gran gesto, más propios de un romanticismo posterior, Weissenberg abordó la Fantasía en do mayor como apasionado manifiesto romántico y acaso con un excesivo andante en el que no mantuvo la obligada mezza voce. El "dolor, la lamentación y la esperanza", estados de ánimo que el propio Schumann atribuía a esta Fantasía, el patetismo de los Estudios sinfónicos y el variado impresionismo poético de las Scènes d'enfants no tienen precisamente "el aroma fáustico, la cruz, la muerte y el túmulo" que definen en parte el romanticismo de la segunda mitad del siglo, en palabras de Nietzsche. El arrebato o el aire melancólico, como también entendió Weissenberg a lo largo del concierto, tienen en Schumann un tono conte-nido, meditabundo, oscilante.

Tanto las Scènes d'enfants como los Estudios sinfónicos fueron expuestos por Weissenberg antes como momentos poéticos (Chopin) que como oratorios (Liszt). En los movimientos animados, como el a menudo mecánico allegro brillante del estudio XII, mantuvo el pianista la naturalidad en la pulsación rítmica. Pero donde destacó, a mi entender, el recital fue en los tiempos lentos, desde la primera escena Des pays mystérieux hasta las obras de Debussy y Chopin ofrecidas al final, y cuyo recogimiento tuvo un impecable sentido de los silencios, nunca amanerados. Con una precisa interpretación de Bach, recordando su primera actuación en la Sociedad Filarmónica en 1952, se cerró el recital y la apasionada respuesta del público.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 17 de noviembre de 1987.

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