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Tribuna:

Hambre y cultura

La prepotencia salvaje de nuestra sociedad tecnológica, militar e industrial se manifiesta hoy sin cortapisa alguna a escala planetaria. No contentos con saquear riquezas ajenas, explotar despiadadamente a mujeres y hombres, violar y destruir culturas, inundar el mundo de detritos, contaminar el aire, continentes y mares, fomentar y entretener guerras mortíferas, almacenar armas costosas y extravagantes, cebar la Tierra de ojivas nucleares hasta convertirla en un polvorín, quemar los excedentes de trigo o maíz para mantener los precios, planificar hambre, miseria y enfermedades en nombre de unos valores presuntamente universales pero en verdad ferozmente etnocéntricos y clasistas, nuestros remotos aunque identificables programadores se han fijado por meta trivializar y pervertir la dolorosa visión de sus víctimas transformándola en un exótico y curioso espectáculo: no ya el de los jefes y altos oficiales nazis absortos en la gozosa contemplación en petit comité de sus documentales de amateur sobre los niños y mujeres desnudos introducidos en las cámaras de gas de Auschwitz, sino el destinado al buen eurócrata o norteamericano medio a los que, entre sonrisas dentífricas de deslumbrante blancura y anuncios de muchachas etéreas diafanizadas por las virtudes de un champú natural proteínico, se ofrece en prima, de sobremesa, la visión de esqueletos vivos, piernas quebradizas y ahiladas, vientres deformes, rostros infantiles cubiertos de moscas en ameno y tranquilizador contraste con el entorno de un mundo sereno cuyos problemas son el exceso de calorías, la preservación de la línea mediante curas adelgazadoras y ejercicios gimnásticos, la búsqueda de variadas y aguijadoras dietas caninas, la adquisición incesante de nuevos y eficaces instrumentos de confort doméstico para dichosos padres de familia y amas de casa. La agonía y muerte de millones de inocentes, sacrificados al modelo de sociedad competitiva y brutal, se transforma así en un número más, aburrido a fuerza de reiterado, del ahíto y adormilado telespectador.Frente a una indiferencia y un embotamiento mental 37 afectivo aparentemente sin remedio, ¿habrá que escribir una modesta proposición para la utilización racional de los residuos corporales de los asiáticos y africanos condenados a una consunción paulatina por nuestro sistema de vida y su aberrante escala de prioridades? ¿Deberemos sugerir el envío de los cabellos de las vietnamitas e hindúes -¡los de las africanas no sirven ni para esto!- a los institutos capilares y salones de belleza neoyorquinos y parisienses? ¿El de los dientes, huesos y órganos corporales aprovechables a la floreciente industria médico-farmacéutica? ¿El de la piel de muchacho o muchacha aún tierna, ideal para la fabricación de guantes de textura más fina y suave, a las boutiques de la Quinta Avenida o la Via Veneto? El genio lúcido y visionario de Swift había intuido la hecatombe moral de este catastrófico final de milenio.

¿Qué recurso queda al escritor occidental de hoy contra la indecencia contagiosa de tal espectáculo? El trazado irrisorío de su pluma, ¿puede reemplazar al gesto solidario o caritativo de quien tiende una mano al semejante a punto de ahogarse? Desdichadamente, no. Pero su escritura está amenazada en sus mismas raíces y destinada a devenir un bien de consumo más a menos que se radicalice y vuelva al fuego de sus orígenes. Y aquí el escritor indignado por la barbarie que le rodea asume en su propio campo una responsabilidad inmensa. "Lo más urgente", decía Antonin Artaud, "no me parece tanto defender una cultura cuya existencia no ha salvado jamás a un hombre de la preocupación de vivir mejor y de tener hambre como extraer de lo que se llama la cultura ideas cuya fuerza viva sea idéntica a la del hambre".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de octubre de 1987