XXXVI FESTIVAL DE SANTANDER

La cultura se contagia

Con dos actuaciones de la Orquesta de Cámara de Europa dirigida por Claudio Abbado se iniciaron los días 1 y 2, en la plaza Porticada, los ciclos del XXXVI Festival Internacional de Santander. Raro empeño que, a través de los tiempos y las mudanzas, ha logrado continuidad y dinámica ascendente. "La cultura", como escribe Camilo José Cela en el pórtico del libro-programa, «se contagia gozosamente y alborozadamente se transmite".

He aquí el fondo, la intención y la sustancia de unos festivales de amplia convocatoria popular, fundados e impulsados desde el primer día hasta la fecha por personas y entidades de Cantabria para demostrar, por esta vez al menos, que las iniciativas o patrocinios oficiales pueden no ser aislantes sino todo lo contrario: movilizadoras y convocantes.Mientras suena la sinfonía del XXXVI Festival Internacional, avanza a ojos vista la construcción del Palacio de los Festivales, obra del aquitecto Sáenz de Oiza, con la intervencIón del ingeniero acústico alemán Lothar Kramer, que ya asesora a García de Paredes en la construcción del Auditorio Manuel de Falla de Granada.

El Festival Internacional santanderino tendrá, pues, a partir de 1989, nuevo y esplendoroso ámbito; pero ¿quién le pondrá puertas a la plaza Porticada a la hora de los espectáculos y audiciones multitudinarias, en los que 3.000 asistentes se disputan un lugar en el llano o el graderío de la joven y, sin embargo, ya tradicional plaza de Velarde? Creo que nadie, y una buena demostración la hemos tenido ahora en el tono, la afluencia y el "aplauso innumerable" -por decirlo con términos del desaparecido Gerardo Diego- ante la Joven Orquesta de Cámara Europea y su director, el milanés Claudio Abbado, nombre guía entre los, maestros de su generación.

La Orquesta de Cámara Europea se separa de lo que hoy conocemos como orquestas y conjuntos barrocos para seguir el suelo tempranamente instaurado por Manuel de Falla con la Orquesta Bética de Sevilla. Esto es, una formación de profesores-solistas, apta para clarificar el clasicismo de Haydn y Mozart, el primer Beethoven, el más temprano Schubert, el paisajismo expresivo y arquitectural de la Sinfonía Italiana o la Escocesa de Mendelssohn, el sonido orquestal de Brahms en su Serenata o la gracia neoclásica del Pulcinella, de Stravinsky.

Comedido Abbado

En todo su repertorio, Claudio Abbado, comedido en el gesto y la expresión, seguro en el criterio, explicativo en la textura, luminoso en el cantar, logró de sus jóvenes y estupendos músicos, europeos versiones ejemplares: bien fraseada, exactamente articulada y acentuada. Como su poder de comunicación es grande, la respuesta del público a las propuestas de Abbado se produce unánime y clamorosa para renovarse en las propinas: obertura de Las bodas de Fígaro, de Mozart, o Danza de Rosamunda, de Schubert.El Festival Internacional está en marcha y a lo largo de un mes ofrecerá un amplio programa de conciertos, recitales, ballets y teatro, sin olvidar la interesante extensión a los diversos pueblos, ciudades y centros culturales de la región. A finales de agosto, el XXXVI Festival se clausurará con la reposición de Atlántida, la obra póstuma de Falla completada por Ernesto Halffter. Dirigirá Rafael Frühbeck de Burgos a la Sinfónica de Londres, el Orfeón Donostiarra y los solistas Victoria de los Ángeles, Vicente Sardinero y Manuel Cid. El concierto tendrá carácter de homenaje al que fuera director del Orfeón Donostiarra Antón Ayestarán, muerto el pasado año, que tantos triunfos cosechara en esta plaza Porticada.

Otro recuerdo importante: el del compositor y director orensano, afincado en León, Ángel Barja, fallecido este mismo año en plena madurez, ya que no había cumplido todavía la cincuentena. En materia de estrenos, conviene destacar la primera, audición del cuarteto del granadino José García Roma, escrito por encargo del Festival, y la misa pro pacis de Javier Busto, que el propio autor dirigirá al coro Eskfaia.

Santander, ya abarrotado, suma la actividad de su Festival Internacional, la pasión que rodea al concurso de piano Paloma O'Shea, ya en sus jornadas finales, la extraordinaria animación del Sardinero en sus noches sin fin. Podríamos resumir el panorama como un constante intercambio entre el claustro universitario y la plaza popular, a través del cual daríamos toda la razón a Camilo José Cela en cuanto a la cultura como contagio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 03 de agosto de 1987.