Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:LA 'FEALDAD' DEL CENTRO REINA SOFÍA

Un enunciado imposible

CARLOS CASTILLA DEL PINOHace unos días, mi amigo y admirado arquitecto Oriol Bohigas ha escrito y/o pronunciado la siguiente frase: "El Centro Cultural Reina Soria es feo". Este enunciado no es, desde el punto de vista lógico, nada digno de admiración. Pues, si seguimos en el plano meramente lógico, esta frase no puede ser pronunciada, porque no tiene sentido, o, cuando menos, no tiene el sentido que Oriol Bohigas -a juzgar por el contexto en el que la escribe (o la pronuncia)- pretende conferirle.

Esta frase es formal y pretendidamente informativa. Se nos pretende informar de que el citado centro posee la propiedad de ser feo, propiedad que Oriol Bohigas se cree, evidentemente, capaz de detectar, como detectaría si se lo propusiera propiedades tales como la altura de n metros de la fábrica en cuestión, la coloración ocre ladrillo del enfoscado de la fachada, etcétera. Pero este Hospital General no es feo, como tampoco es bello, porque no puede ser ni lo uno ni lo otro, como no puede serlo objeto alguno, sea natural, sea resultado de la creación del hombre, en razón de que fealdad, o su inversa, belleza, no son propiedades de los objetos a los cuales se les atribuyen. Prueba de ello es lo siguiente: ¿qué información se obtiene respecto del edificio citado cuando se dice de él que es feo? Ninguna. Cada cual ha de imaginárselo como pueda. O, mejor dicho, ha de figurarse qué concepto tiene de feo el sujeto de la enunciación y cómo lo aplicaría a un determinado objeto concreto.No ocurre así, obviamente, cuando se dice de ese objeto cuál es su extensión, su altura, su color, su estado de reposo o movimiento, etcétera. Por tanto, el enunciado de Oriol no informa, respecto del objeto en cuestión, absolutamente nada. De otra forma:fealdad, belleza no son, ni lo han sido nunca, predicados de ningún objeto, y, en consecuencia, usarlos como tales compone algo así como una alucinación parcial, en la que se ve en el objeto algo que en el objeto no existe. Mas no sólo es imposible que se nos pueda informar acerca de algo que no existe, como en este caso la fealdad. Es también naturalmente imposible que Oriol Bohigas, que posee muchas capacidades, posea además la de detectar en los o]Metos propiedades que no existen. De manera que se equivoca doblemente; primero, porque atribuye propiedades que no son tales, y segundo, porque se atribuye una capacidad imposible. Si fealdad, belleza, bondad, etcétera, fueran propiedades de algunos objetos, todos aquellos de los cuales se predicara, por ejemplo, que son feos tendrían justamente ese rasgo en común. "La naranja roja" y "la bandera roja", por distintos que sean en tanto que objetos, tienen esta evidenciable propiedad común: la rojez. ¿Qué tienen de común ese hospital del que erróneamente se predica que es feo y algún médico o arquitecto de los que se pudiera decir que son feos?

Pero Oriol Bohigas informa, no obstante, aunque sin pretenderlo, con su dichoso enunciado, si bien de otro objeto y no del hospital que construyera Sabatini. Informa de sí mismo, en el sentido de "persona que, al enfrentarse con el antiguo hospital, hoy Centro Cultural Reina Soria, emite juicios que no son de hecho como si fueran de hecho", lo cual tiene su importancia a la hora de saber a qué atenerse respecto de los instrumentos lógicos del sujeto de la enunciación, en este caso, mi admirado arquitecto barcelonés.

Los juicios de valor se pueden emitir de buena y de mala forma. Buena es, pongamos por caso, decir "este hospital me parece [o locución afin] feo, incluso más feo que El Escorial". Es mala cualquiera enunciación de la forma "X es feo", adecuada para los juicios de hecho, constatativos, inadecuada para los de valor, precisamente porque se inadvierte entonces la categoría valorativa del juicio enunciado. Y al ofrecerlo como juicio de hecho, considera implícitamente cualquier valor como objetivo, es decir, como propiedad del objeto que sea. Y al no serlo, se alucina como en efecto parece que alucina Oriol cuando ve la fealdad al situarse ante el hospital citado.

Las consecuencias de una defectuosa construcción de los juicios de valor, mediante la cual se trata de hacer pasar éstos como juicios de hecho, son serias: quien no comulgue con el emisor de los mismos es considerado incapaz para detectar lo que tan nítidamente parece detectar él. Muchos de los alucinantes denuncian la incapacidad para percibir de aquellos que niegan percibir lo que ellos alucinan. Un incorrecto juicio de valor es, por tanto, una definición errónea de sí mismo ("soy capaz de detectar la fealdad de X") y una definición errónea de los demás ("son incapaces de detectar la fealdad de X"). 0, lo que es lo mismo, el establecimiento de las posiciones de ambos interlocutores en el acto de comunicación: "Poseo esa capacidad, luego soy superior; los demás no la poseen, luego son inferiores".

La exaltación recalificadora de sí mismo está en proporción exactamente inversa a la depreciación descalificadora de los demás. Los juicios de valor incorrectamente enunciados por su defectuoso planteamiento carecen de la propiedad de ser discutibles, y además exigen la paciencia sin límites del que los escucha o los lee. Y comportan para quienes los formulan el triple dogmatismo de creer a pies juntillas: a) que en el ámbito de los valores existe la verdad y que es posible alcanzarla; b) que ellos son poseedores de esa verdad, porque les es dable alcanzarla en todo momento, y c) que los demás, para su desgracia, no sólo están en el error, sino que carecen de la posibilidad de subsanarlo.

Pero el dogmático, imposibilitado de argumentar con lógica, sin posibilidad del recurso al raciocinio cuando se le aprieta para la demostración de la objetividad de su aseveración valorativa, sólo le queda aludir al argumento de autoridad -un seudoargumento, como se sabe-, que es una forma como cualquiera otra de imposición dictatorial. Pero no del tipo del despotismo al uso en la Ilustración -ese despotismo que Oriol también ve en la estructura de la fábrica del hospital que percibe feo-, sino de ese otro, usual en el siglo que corre, que denominamos terrorismo. Pues de la afirmación imposible, pero con carácter de fáctica, "el Hospital General -hoy Centro Cultural Reina Sofía- es feo", a la deseable, y hasta posible, demolición del mismo, se le dejara, no hay más que un paso: el que separa el pensamiento demoledor de su conversión en acción demoledora... ¡Dios nos coja confesados!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de noviembre de 1986